El gradualismo es, en esencia, la razón del riesgo mayor
Desde una perspectiva macroeconómica, el desempeño de Uruguay desde la salida de la crisis hasta el presente es excepcional. Los indicadores son de conocimiento público y quizás importe tan sólo relacionarlos a la evolución del contexto en el cual se ha verificado dicho comportamiento.
De 2003 a la fecha Uruguay ha crecido más que el resto de Latinoamérica y ésta, a la vez, crece más que el Norte. El país ha ido eliminando su déficit fiscal y al igual que Latinoamérica ha logrado manejar la inflación estabilizándola en niveles aceptables o «soportables» aunque distantes aún de la estabilidad que disfruta el norte. La inversión de riesgo tiende a duplicarse anualmente y la cuenta corriente que suma el total de los intercambios económicos con el resto del mundo, hasta ahora ha sido relativamente positiva. La apertura de la economía y el perfil de garantías institucionales que aún diferencian al país en la región le ha permitido captar una porción de la IED disponible para América Latina, proporcionalmente mucho mayor a la que han podido captar los vecinos. Esa inversión externa directa ha mejorado la estabilidad del comercio pero, sobre todo, está generando impactos fuertes en otros ámbitos de mayor interés aún: los tecnológicos, los del financiamiento y una suma de elementos de orden cultural que, en definitiva, han empujado al país hacia una reinserción interesante en un mundo nuevo, lleno de desafíos y oportunidades.
Fortaleza y debilidad del continuismo
No es necesario ni conveniente juzgar si «la izquierda» o «la derecha» son más o menos responsables de este proceso que lleva ya cuatro años. Sobre los roles y a pesar de ellos, a veces, Uruguay funda en esa continuidad de políticas tácitamente comunes la esencia de su fortaleza actual. Empero, es necesario saber que este país no hubiera podido usufructuar las notables condiciones de entorno y activar su potencial interno adecuadamente, si no hubiera contado con la extensión de una cobertura de riesgos muy fuerte provista por Brasil.
Desde un ángulo estrictamente de riesgo, el mundo observa al país como una extensión particular del gran vecino. Este, también ha logrado un comportamiento macroeconómico muy aceptable, pero sobre todo le ha mostrado al mundo que puede administrar sus disidencias internas activando los mecanismos de su joven institucionalidad democrática y, sobre todo, le ha demostrado aceptar que la economía tiene sus propias reglas y ámbitos que conviene mantener alejados de la política. El vecino está en el umbral de obtener un investment grade que será el peldaño que le falta para completar las bases del lanzamiento de un proyecto nacional que nadie ha osado contrariar en lo esencial y cuyos orígenes se remontan a 1993.
La empinada pendiente uruguaya
Uruguay escala esos peldaños de la calificación de riesgo con más dificultades que el vecino por diferentes razones. Su fragilidad fue expuesta entre 1998 y 2002. Al país se le está haciendo arduo recuperar lo perdido, particularmente en términos de confianza y tolerancia social. La macreconomía anda todo lo bien que puede andar y un poco mas, pero su reintegración social es aún demasiado lenta y pobre. Cualquier manual de calificación de riesgo ponderará la historia reciente adecuadamente, pero, además, reconocerá en otras áreas la subsistencia de problemas estructurales que no logran ser enfrentados por el gobierno y la sociedad con la prelación necesaria. Hasta hace poco pensábamos que esa reintegración social podías ser provista con éxito y que era conveniente aliviar la tensión impuesta por reformas de mercado que el gobierno ha concentrado en tres o cuatro proyectos de ley principales. Ahora en vista de la precipitación de cambios fuertes en ese delicado entorno, Uruguay se va quedando sin muchas posibilidades de mantener su atractiva diferenciación para seguir captando IED en las proporciones que lo ha estado haciendo. EEUU ya no podrá mantener sus equilibrios internos utilizando la guerra como factor de unidad nacional. Su estabilización y la apertura comercial están comprometidas. Frente a los cambios en puerta, toda la periferia intenta cubrir sus riesgos nuevos.
Nuevamente, el modelo chileno es tan ejemplar como paradigmático. El país trasandino se ha subido literalmente a un enorme avión desde el cual los negociadores y escribanos del gobierno, los representantes políticos y los empresarios utilizando el bilateralismo a extremos inimaginables para garantizar y aumentar sus accesos de mercado si la situación empeorara súbitamente. Y a la vez innovan en mecanismos novedosos intentando estabilizar a futuro independizando dicha estabilidad de las variaciones del precio del cobre, por ejemplo. Uruguay no tiene reservas ni plataformas similares, ni tiempo para modificar errores recientes y, además, comenzará a sufrir los efectos del bloqueo regional.
Frente a ese entorno de riesgo mayor Uruguay mantiene la segunda deuda externa más elevada del planeta y, además, comienza a sentir la presión de cuatro años de ochocientos mil pobres en una sociedad con tasas de movilidad social insignificantes. Esas Reformas que parecen estancarse y están, todas, fuera del cronograma original, son duras y serán resistidas con éxito si ellas no comienzan a ser defendidas de otra manera por la ciudadanía y sus organizaciones sociales. El gobierno no está en condiciones de impulsarlas y gestionarlas con éxito en soledad. Esas iniciativas son necesarias para sustentar el crecimiento pero, sobre todo, son vitales para mejorar decisivamente esa vulnerabilidad expuesta a variaciones imprevisibles del entorno, incluido lo que suceda al fin con Brasil, con ese escudo que la providencia ha extendido desde la frontera este hasta la ribera oriental del río Uruguay.
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