La perspectiva desde un pequeño país (I)
El viernes en la noche a dos meses de la desaparición física de Luis Stolovich, en el lugar de sus primeros encuentros sociales y culturales, la vieja casona del Zhitlovsky, su familia, los condiscípulos o compañeros de tantas batallas y la comunidad judía que habitó, nos reunimos para ofrecerle un tierno homenaje y, sobre todo, suscribir entre todos un compromiso a futuro: multiplicar la provocación intelectual de su legado: releer sus libros en la clave reclamada por Foucault para la utilización de los documentos. La historia no está muerta -decía el gran francés- esta muerta la historia de las murallas construida por los libros cerrados. Luis fue construyendo pensamiento partiendo de sus propios documentos y series, desestructurándolos para poder rearmar las nuevas guías. Hagamos lo que nos prometimos: partamos de aquellos documentos para repensarlos, reimaginando lo nuevo y, sobre todo hagamos, lo que Luis enseñaba: utilicémoslo con valentía sin renunciar en principio al ejercicio. De todas las plataformas sugeridas en esos documentos de Stolovich, vamos a trasladar una, que debería auspiciar una discusión autoexigente sobre los acuerdos comerciales que comienzan a negociarse. El siguiente es un extracto de una ponencia de Stolovich que pudiera ser utilizada como contribución a un enfoque ambicioso de los temas de la propiedad intelectual, derechos de autor, etcétera, en la negociación de los TLCs o la propia negociación regional. Pero antes que nada la introducción elegida es necesaria para intentar ubicarnos en el marco teórico, bien ignoto en estas latitudes, en el cual se relacionan la economía y la cultura.* J.J.
Las actividades culturales constituyen un fenómeno económico de relevancia, que moviliza cuantiosos recursos, genera riqueza y empleo. Las denominadas industrias culturales (industrias del ocio, de la información, de la comunicación) se caracterizan internacionalmente por una extraordinaria dinámica, encontrándose entre las de mayor ritmo de crecimiento.
En Estados Unidos las industrias del copyright alcanzaron en 2000 un valor de producción de U$S 680 mil millones, equivalentes al 7,5% del PBI y emplean a 7,6 millones de personas; su participación en el PBI más que se duplicó en las últimas dos décadas desde 1997 las industrias del copyright lideran el ranking norteamericano de exportadores, delante de la agricultura y la industria automotriz. El peso del sector cultural alcanzaba cifras entre 3 5% en los principales países desarrollados, superando en importancia a industrias como las del automóvil o la química.
Cifras similares, e incluso superiores, se alcanzan en los países del Mercosur. En Argentina las industrias culturales -incluyendo actividades conexas- representan el 4,1% del PBI superando a otros sectores como la producción de automóviles, de tabaco, cuero, químicos y farmacéuticos; en Brasil superan el 6%.
La importancia adquirida por los productos culturales en el comercio internacional de bienes -y sobre todo de servicios- determinó que los derechos intelectuales, asociados a su creación y producción, sean objeto de particular interés en las negociaciones comerciales internacionales contemporáneas. Los debates en torno a estos derechos tuvieron uno de sus principales escenarios en la Ronda Uruguay del GATT (hoy OMC-Organización Mundial de Comercio).
Para algunos autores, las industrias culturales pasaron de la periferia al corazón de la economía, siendo definitorias de la nueva sociedad de la información; para otros estaríamos transitando desde la producción industrial a la producción cultural como característica de nuestra época. Se ha clausurado la época en que la cultura era considerada actividad suntuaria e improductiva..
Las ausencias teóricas
Pese a estas tendencias, ha existido un divorcio entre quienes se ocupan de la economía y quienes se dedican a la cultura.
La teoría económica no incluyó, en el pasado, a las actividades culturales. Para Adam Smith o David Ricardo, el gasto en las artes no contribuía a la riqueza de la nación. Smith veía la cultura como el dominio por esencia del trabajo no productivo, aunque no dejaba de reconocer -implícitamente- los efectos externos del gasto en cultura.. Alfred Marshall señalaba la imposibilidad de evaluar objetos que, como los artísticos, eran únicos en su género, no teniendo equivalente ni concurrente.
Pero, progresivamente, se fueron sentando las bases de una «economía de la cultura», gracias a los trabajos de diversos autores: William Baumol, William Bowen, Gary Becker, George J. Stigler, Alan Peacock, Peter J. Alexander, la Escuela de Elección Pública, entre otros. Al reconocimiento de la economía de la cultura, como ámbito específico de la ciencia, han contribuido tres factores:
1. la propensión de las actividades culturales a generar flujos de ingresos y de empleo,
2. la necesidad de evaluar las decisiones culturales, que implican recursos económicos, y
3. en el plano teórico, el desarrollo de la economía política hacia campos nuevos.
Dado lo incipiente de la disciplina, en los estudios empíricos de Economía de la Cultura la perspectiva dominante ha sido la de evaluar los impactos económicos de la cultura; impactos directos e indirectos, sean de alcance global (incidencia en el PBI del valor agregado por el conjunto de las actividades culturales), sean de un alcance limitado a los efectos de una actividad específica (por ejemplo: un festival o un museo) sobre una determinada localización geográfica.
«Todos estos estudios pretenden medir el efecto económico que se desprende del gasto interior en consumo e inversión, así como el gasto exterior en bienes y servicios del sector cultural, y su impacto directo, indirecto e inducido sobre la producción, el valor añadido, el empleo, la demanda de importaciones o cualquier otra magnitud económica relevante para el propio sector y el resto de ramas de actividad de una economía»
Gran parte de los estudios de impacto económico de la cultura han tenido, y tienen, una finalidad instrumentalista: fundamentar la necesidad de incrementar los aportes económicos, públicos y privados, necesarios para financiar las actividades culturales.
Más allá de la importancia de estos estudios económicos, y de lo discutible si los apoyos a la cultura deben fundamentarse en los impactos económico-sociales de las actividades culturales o en los valores intrínsecos de la cultura, queremos enfatizar en otro enfoque de las relaciones entre Economía y Cultura.
El desafío cultural de la economía
La Cultura no es simplemente un factor de dinamización del crecimiento económico (PBI, empleo, comercio exterior, etc.) en el mundo contemporáneo, aunque este argumento sea fundamental para algunos políticos cuyas decisiones afectan los presupuestos de cultura.
Es también un gran desafío para la Ciencia Económica y para los diferentes marcos teóricos de la Economía. La Cultura, con sus innovaciones y con sus especificidades, no sólo exige elaborar un instrumental teórico y metodológico específico, lo cual ya de por sí es un desafío. Exige crecientemente un replanteamiento del pensamiento económico. Si estamos transitando hacia una «economía de la información» o hacia «una economía de la creatividad», desplazando al viejo mundo industrial de bienes tangibles por la producción de intangibles ¿no habrá que replantearse muchas de las teorías y enfoques del pensamiento económico? En tal sentido, la Cultura es un desafío para la Economía. Más aún, cabe plantearse si la Economía como ciencia es capaz, por sí mi
sma, de responder a estos desafíos.
Y si, por tanto, se debe utilizar el instrumental teórico y metodológico exclusivamente proveniente de la ciencia económica o si hay que considerar necesariamente también factores extraeconómicos, en tanto «los bienes culturales no son sólo mercancías, sino recursos para la producción de arte y diversidad, identidad nacional y soberanía cultural, acceso al conocimiento y a visiones plurales del mundo«.
Por tanto, las relaciones entre Economía y Cultura no deberían observarse sólo con una perspectiva instrumentalista, para justificar más gastos e inversiones en actividades e instituciones culturales. Tampoco la Ciencia Económica debería estar sólo al servicio de evaluar políticas culturales, con la finalidad de otorgarle a éstas una cierta racionalidad; o sólo como una guía para la gestión de las empresas e instituciones culturales. Esas perspectivas deben, además, complementarse con enfoques teóricos la ciencia por la ciencia misma, el conocimiento por el conocimiento mismo- que, a su vez, son indispensables a la corta o a la larga- para las demás perspectivas.
Este enfoque, a su vez, lo queremos hacer desde el Sur, por más dificultades que haya y por más que esas dificultades hagan parecer imposible el logro del propósito.
Los autores que incursionaron en la Economía de la Cultura han ido aportando reflexiones, hipótesis, estudios empíricos que en algunos casos, son contradictorios o complementarios entre sí y la mayoría de las veces terminan planteando nuevos interrogantes o perplejidades aún mayores de las que partieron. Hay entonces vacíos teóricos que, en la medida que avanzan los estudios empíricos se hace necesario ir aclarando.
Sus aportes teóricos, metodológicos y empíricos corresponden a sus realidades, a sus contextos sociales y culturales que son bien distintos de los latinoamericanos. Entonces, ¿sus observaciones, hipótesis, reflexiones, etc. son aplicables a nuestras realidades? ¿No sería necesario contrastar sus afirmaciones con la realidad concreta de nuestros países y, a partir de allí, intentar realizar aportes de alcance más general?
Esto lo planteamos no sólo a partir del Sur, sino desde un país que, como el Uruguay, por su escala pequeña, presenta algunos problemas diferentes a los de los grandes mercados latinoamericanos. Las restricciones relativas a la escala, con sus implicancias, sin duda estará permeando todos los análisis lo cual probablemente tenga semejanza con la realidad de otros países o regiones dentro de otros países.
* El texto ha sido extractado de CULTURE, DEVELOPMENT, ECONOMY, una ponencia presentada por Stolovich en el Centro de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Nueva York en abril de 2002. Forma parte de una intención de divulgación de textos contribuyentes a la forja de los nuevos marcos de discusión nacional. Los subtítulos son responsabilidad del editor de la Separata Económica. *
Te recomendamos
quejas
Empresarios reclaman ante OIT que Consejos de Salarios no fijen las condiciones laborales
La inclusión de Uruguay en la lista negra de la OIT (ya había ocurrido en 2019) responde a una queja empresarial por la ley de 2009. Mientras el gobierno la califica de “desmesurada”, el ministro Juan Castillo destaca el valor del diálogo...
Compartí tu opinión con toda la comunidad