ANALISIS NACIONAL: ENTRE LA REINSERCION EXTERNA Y LAS REFORMAS

Las resistencias culturales se concentran sobre la reasunción de soberanía

Los cuatro gobiernos previos se posicionaron de manera relativamente similar frente a la coyuntura y ensayaron proposiciones de política más diferenciadas cuando debieron enfrentarse a la exigencia de reformar en marcos de razonabilidad democrática. O sea que, con sus matices, los sucesivos gobiernos posdictadura afrontaron las tareas de la estabilización, equilibrio y apertura –en materia económica–, apelando a los instrumentos disponibles, sin inventar demasiado.

Esos cuatro gobiernos previos tuvieron otro factor común: todos ellos construyeron sus programas de desarrollo sobre un eje común: el respeto esperanzado de la integración regional como un espacio bastante más amplio que el de una mera unión aduanera. Durante veinte años esa esperanza desdibujó la responsabilidad de construir una identidad nacional efectivamente soberana, y sobre todo, hábil para subir a un país destrozado por la dictadura y sus veinte años previos de desencuentros, a un mundo que había comenzado a girar en espirales imposibles de ser seguidos por la conflictiva cultura nacional.

En esa perspectiva de lejanías y miedos, las tareas de la modernización democrática en un mundo incomprensible resultaban inalcanzables y los sucesivos gobierno más las elites se convencieron, nos convencieron que nada había más allá de unas pobres murallas, hipotéticamente ampliadas a una unión aduanera de vecinos damnificados por el poder imperial. Esa irresponsabilidad en la construcción de soberanía efectiva devino de aquella incomprensión de los que estaba sucediendo en el mundo. Claro que este país tuvo problemas agregados que sobre todo afectaron a las elites responsables de generar esa producción de pensamiento soberano.

Esa forja nacional de un pensamiento de país necesariamente debía surgir y desarrollarse en los ámbitos académicos, allí dónde se produce el pensamiento dominante efectivo; esa suma compleja de aprendizajes que a la postre determina los fundamentos y la calidad de las políticas. Desde la reconstrucción democrática no hubo en esos ámbitos aproximación alguna a la crisis de inserción externa que se estaba gestando.

 

Negación de la crisis  de inserción externa

Sin esa presión, los sucesivos gobiernos, incluyendo los de la Universidad autónoma se enfrascaron en los problemas de la reconstrucción democrática y la estabilidad sin pretender entender qué es lo que estaba sucediendo con un mundo en el cual el desarrollo de las fuerzas productivas y la ambición humana estaban modificando todos los mapas. El Uruguay empobrecido culturalmente suponía que el juego del poder podría hacerse en aquellos escenarios previos a los setenta.

Si alguna sospecha prosperó en algún momento, la irresponsabilidad cultural de las viejas elites legitimadas por los golpes recibidos la descansó sobre ese seguro que Sarney y Alfonsin le habían concedido graciosamente a sus pequeños vecinos. Acabábamos de dejar de entrever el mundo a través de la esperanza de la solución comprehensiva del socialismo triunfante para enfrascarnos, de inmediato en una visión tan infantil e irresponsable como aquella: el paradigma del MERCOSUR solidario en el cual compartiríamos las mismas penas y alegrías con los hermanos del «espacio determinante».

Naturalmente ese mismo descanso nos llevó en nuestra pertenecia al grupo de Cairns a imaginarnos defendidos por los negociadores brasileños y australianos en las rondas de comercio. Veinte años más de pensamiento menor y ambición nacional sumisa. Las elites reinstalaron la dependencia talenteando desde los cien mil estudios de competitividad ordenados sobre esos presupuestos de dependencia aceptada.

Cuando pasaron cinco años del «relanzamiento» del bloque en Ouro Preto, descubrimos que la devaluación brasileña del 99 era funcional con un proyecto diferente, en el cual se explicaba con violencia brutal la ausencia absoluta de cualquier intento serio de armonización macroeconómica o articulación efectiva de las políticas monetarias y fiscales. Las elites no entendían la nueva economía  la de la competencia global, la de las finanzas y el riesgo, la de las normas y las del Estado fuerte en funciones de regulación desconocidas en estos lares- porque sencillamente, las exigencias de lo nuevo en términos de políticas nacionales contrariaban todas las relaciones de poder, las de producción tradicional de bienes y servicios, pero sobre todo, las de producción de cultura.

 

El cierre como alternativa del cambio

Hoy volvemos a asomarnos a ese abismo de la dependencia en el cual caímos en los momentos de definiciones históricas.

Las elites en su amplia acepción de conjunto productor de pensamiento vuelven a buscar atajos que desdibujen la responsabilidad de construir soberanía real. Vuelven a enfrentar, como antes, con la sutileza de la razón absurda, una iniciativa formal de reinstalar el país en el mundo. No necesito explicar cómo la defensa de esas elites dominantes amenaza bloquear la decisión del gobierno nacional en el ámbito del mayor gravitación de la acción del nuevo gobierno: la reasunción de una soberanía activa con sus tareas vinculadas al reformismo y las políticas del cambio.

Y esto no tiene que ver tan sólo con el TLC por más centralidad que este asunto haya adquirido en la discusión nacional. El gobierno de la izquierda se prepara para una batalla decisiva para el país desde una semiclandestinidad frente a las viejas esferas del poder real. Esta confrontación se extiende a todo el escenario de diseño, consulta, discusión y ejecución de las reformas. Pero, particularmente ser verifica allí dónde los puntos de ruptura son más sensible y están más expuestos: la reconstrucción del pensamiento y la ambición de soberanía. Ejercicio que el gobierno ha asumido con valentía, en los tiempos que dispone, no en los laxos cronogramas en los cuales están acostumbrados a trabajar las burocracias del intelecto nacional. Este gobierno se ha equivocado en múltiples cosas. Casi todas previsibles. Sin embargo nos ha sorprendido a todos y con nosotros a esas elites culturales y a los empresarios del clientelismo pretérito con una acción fuerte sobre el punto central de línea enemiga. Allí decía Clauswitz, el estratega de la guerra, que había que apuntar los escasos cañones de los ejércitos pequeños.

Allí apunta la acción del gobierno. Ha decidido negociar un contrato que modifica todo el relacionamiento externo del país no sólo porque establecerá cambios relevantes en las decisiones del mercado y sus relaciones de producción actuales, sino porque instala al país frente a una hipótesis de reasunción de soberanía real. Esa decisión está tomada y no tiene marcha atrás. Lo que si es incierto es el resultado de esa negociación, más que en términos de relación con el «eje del mal», en relación a los vínculos que ese contrato que se firmará con los EEUU tendrá con el juego interno del poder en este país. Pero esos son los problemas de un Estado que parece querer asumir las responsabilidades de librar las batallas de la soberanía.

Ojalá podamos intentar entendernos desde la tolerancia de la inteligencia y no debamos utilizar el autoritarismo extremo para laudar las inevitables confrontaciones que advendrán. *

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