Crisis de la integración y convergencia de acuerdos comerciales
Osvaldo Rosales es un viejo conocido en los ámbitos de discusión del progresismo latinoamericano, incluyendo unos cuantos producidos en los albores de la recomposición democrática uruguaya. Ha sido coordinador del programa económico en la campaña electoral de Eduardo Frei y del ex presidente Ricardo Lago. Ha sido el jefe de la negociación del TLC chileno con EEUU, y actualmente es el director de la División de Comercio Internacional e Integración de Cepal. LA REPUBLICA ha considerado adecuado incorporar a la incipiente discusión nacional de un acuerdo comercial amplio con los EEUU, la opinión de Rosales. Empero, en esta oportunidad hemos creído conveniente reproducir el último trabajo del profesor chileno, en esa línea de contextualización previa y necesaria en la cual deberíamos instalar la discusión nacional. En este caso, Rosales ubica la explicación de los TLC latinoamericanos en esa perspectiva propuesta desde el primer renglón de la matriz de orientación de la discusión ciudadana publicada por el diario en su edición de ayer: la del bloqueo del desarrollo de pequeñas economías en el contexto de las experiencias de integración latinoamericanas. NdeR.
P. OSVALDO ROSALES – [email protected]
La integración regional es necesaria y urgente
A las razones tradicionales que avalan la integración se agregan exigencias derivadas de la actual fase de globalización, tales como la necesidad de alianzas internacionales estratégicas en los planos de producción, logística, comercialización, inversión y tecnología. Las exigencias de competitividad e innovación tecnológica se acrecientan, en tanto el salto competitivo de China, Asia e India redefine drásticamente el mapa mundial de intercambios y ventajas comparativas. Mercados ampliados, certidumbre jurídica y convergencia en normas y disciplinas, sumados a avances en infraestructura, energía y conectividad, son hoy exigencias para crecer con equidad.
La integración, además de los beneficios asociados al libre comercio, supone la gradual coordinación macroeconómica y en diversas políticas y normas más allá del campo comercial, incluyendo infraestructura, energía y ámbitos regulatorios, además de migración, previsión, salud, educación, medio ambiente, entre los más importantes.
La experiencia europea incluye también políticas para reducir las asimetrías económicas entre sus miembros, para estimular la cohesión social en sus respectivas sociedades y para dotarse de una institucionalidad comunitaria que refleje el sentir balanceado del conjunto de sus integrantes.
Insatisfacción es sudamericana
Los resultados de la integración regional distan demasiado de lo anterior y más bien prima un generalizado clima de insatisfacción. Esa insatisfacción es más marcada en el espacio sudamericano, donde el incumplimiento -a veces reiterado- de lo acordado erosiona la credibilidad política de la integración y la certidumbre jurídica, impidiendo que las principales apuestas de inversión radiquen en los esquemas de integración. Sin un trato adecuado de las asimetrías, los países más pequeños no sienten que la actual integración sea el mejor escenario para sus necesidades de crecimiento económico y diversificación exportadora. La integración actual tampoco aborda temas clave para la competitividad, tales como servicios, inversiones, comercio electrónico, innovación tecnológica, facilitación de comercio, logística y transporte aéreo y marítimo. Los esquemas de integración no se están constituyendo en plataforma de aprendizaje para exportar a terceros mercados ni en negociaciones serias y efectivas con grandes socios, tal cual rezaba el predicamento de integrarse para reforzar el poder negociador con economías industrializadas.
Centroamérica renueva sus esquemas de integración
En Centroamérica el debate es distinto. Allí impera una lógica de geometría variable, con diversidad de velocidades en el proceso de integración y aceptación de las negociaciones de países miembro con terceros extraacuerdo. Al negociar el Cafta, los países centroamericanos decidieron aplicar entre ellos lo que cada uno ha establecido con Estados Unidos, con lo que buscan modernizar su propio esquema de integración, incorporando compromisos nuevos en servicios, inversiones y otros ámbitos. Así, generan condiciones para una zona económica ampliada, con disciplinas comunes y con perspectivas de sostener que los acuerdos bilaterales de libre comercio (ALC) habrían conducido a una crisis de la integración regional es poco realista y no da cuenta de las severas insuficiencias de nuestros esquemas de integración. La crisis de la integración es bastante anterior a dichos ALC, y es posible que sean justamente tales negociaciones las que aceleren la puesta al día en los esfuerzos de integración. Mientras en Centroamérica se estima que el Cafta abre espacios para renovar y profundizar la integración, en América del Sur esa conclusión es menos compartida entre los diversos gobiernos. Los acuerdos del tipo Norte Sur son de mayor cobertura y los compromisos más profundos y vinculantes que los que se conciben en nuestra integración regional, con lo cual sus impulsores creen que aportan más a la construcción de competitividad. Con todo, generan amplios debates sobre su conveniencia económica y política. Los ALC en América Latina también pueden leerse como reacción de los países que, enfrentados a la incertidumbre de las negociaciones en la OMC y al estancamiento de la integración, buscan oportunidades para el crecimiento en negociaciones bilaterales con terceros, sin que ello pueda legítimamente interpretarse como desinterés en la integración regional. Lo relevante en Sudamérica es concordar en un diagnóstico sobre las debilidades de la integración y en propuestas que la pongan al día, aceptando la diversidad de estrategias comerciales, preservando logros y facilitando la gradual convergencia de la diversidad de acuerdos en un itinerario y un programa de trabajo realistas que partan por reconocer la urgencia de una renovada integración regional.
Debilidades en la integración pueden otorgarle sentido a las negociaciones Norte-Sur
En ausencia de buenas noticias en el plano multilateral y en la integración regional, no debiera sorprender que países de tamaño pequeño y mediano busquen negociaciones de libre comercio con economías industrializadas como Estados Unidos o la Unión Europea, tras ganancias de acceso a mercado en economías de gran tamaño. Once países de la región más los 14 caribeños envían al mercado norteamericano el 40% o más de sus exportaciones y, por tanto, tiene sentido económico y comercial que tales países deseen asegurar y profundizar un acceso estable a ese mercado. Menos sentido tiene deducir de ello connotaciones políticas. Dado que el debate en el Congreso norteamericano sobre inversiones extranjeras, manufacturas chinas y outsourcing muestra señales proteccionistas, estos acuerdos bilaterales con Estados Unidos operan también como un seguro frente a eventuales escenarios de menor fluidez comercial.
Favorecer la convergencia de acuerdos
Aceptando las diferencias de tamaño y de orientaciones comerciales, es necesario preservar los logros de los procesos de integración, promoviendo la convergencia en temas comerciales y no comerciales.
Por cierto, cada esquema de integración debe interrogarse a sí mismo respecto de sus aportes al crecimiento y la competitividad de los países que los componen.
La integración debe acercarse más al sector privado, buscando congruencia entre éste y las iniciativas p
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