Análisis Nacional:ANTES DE INICIAR LA NEGOCIACION

El pragmatismo norteamericano y las debilidades institucionales locales

Además, esa convocatoria contiene un ruego: la asunción de un diálogo interno diferente al de los roles usuales de la política, capaz de agregar garantías y valor a la difícil negociación que principia.

La negociación definirá pronto, no más allá de diciembre, cuales serán los escenarios aproximados sobre los cuales los uruguayos con mínimo margen de maniobra haremos las cosas en el futuro. En la percepción del desenlace de esta etapa anticiparemos parte importante de lo que pudiera ser este paisito en los próximos veinte años. Hay un corte difícil de soslayar, allí, al término de este tramo de cuatro meses que median entre la Convocatoria de Punta Cala y la existencia o no de un proyecto de ley que enviará el presidente Bush al Congreso no más allá del 15 de diciembre próximo.1 Para Uruguay y los EEUU, la negociación es de Estado. Difiere en tanto, para los dos países, de los atributos que tiene el resto de las acciones de gobierno. En particular, en el juego interno, no es posible iniciar con expectativas de éxito una negociación de este tipo en los mismos formatos de relación viciada de defectos que existe actualmente, tanto en EEUU como en nuestro país. Eso lo han entendido perfectamente los norteamericanos cuando en el inicio de la actual administración las elites del gobierno pese a contar con mayorías republicanas diseñaron una estrategia de política exterior que intentara revertir la caída acelerada que sufría la competitividad norteamericana en un mundo en el cual, Europa y Asía comenzaban a invitar al ahorro y la inversión global en términos desusados para la historia de la postguerra. El pragmatismo norteamericano se puso en marcha favorecido de alguna manera por los variados cachetazos del 11 de setiembre. Ofensiva de la nación en el plano militar, pero sobre todo, defensa del poderío económico estructural de la Nación. El razonamiento de las elites de Washington era sencillo. El tiempo del liberalismo comercial multilateral promovido desde el incierto plan de Doha no era conciliable con el tiempo que requerían los EEUU para hacer jugar plenamente su mayor competitividad relativa y convencer de ello a sus propios inversores. De allí surgió la estrategia de un bilateralismo alternativo o paralelo a la negociación multilateral. ¿Tan sólo para abrir mercados en un mundo abroquelado de protección de todo tipo? No. Sobre todo para reestablecer las pistas de la competencia al interior de un país que venía perdiendo la batalla de la competitividad real a una velocidad fantástica. En cinco años EEUU que a ese entonces era una de las economías más cerradas del mundo en materia de bienes, al menos, ha pasado a tener TLC con doce países y una agenda de discusión legislativa de internalización o cierre de acuerdos con seis o siete países más. Naturalmente esto no se podía hacer sin que el Ejecutivo pudiera manejar las complejas negociaciones internacionales que alterarían fuertemente las relaciones internas de poder en un escenario de discusión permanente entre el Ejecutivo y el Congreso. Nuevamente el pragmatismo norteamericano resolvió el problema con la aprobación de un Trade Pomotion Authorithy (TPA o fast track en la jerga), temporal y renovable con mayorías amplias. Ello le permitió a la administración Bush llevar al Congreso proyectos de apertura comercial en un formato que neutralizaba el juego inhibitorio de los lobbies interesados en mantener sus porciones de mercado interno lo más lejanas a la competencia externa. Todo la relación de poder entre el Estado, los ciudadanos y las corporaciones se concentró al término de cada proyecto desactivando el juego clientelístico brutal que ha afectado a la economía norteamericana en sus mismos cimientos. En las próximas horas cuando parta desde la oficina de Eissenstatt en el United State Trade Departament al Congreso la comunicación formal del inicio de la negociación con Uruguay, esto no generará más que algún perdido comunicado de los ganaderos o de la industria del vestido. Nadie va a complicarle la vida a Eissenstatt o a ninguno de los funcionarios que se deban jugar personal y profesionalmente en las mesas de negociación binacional.

 

Debilidad y oportunidad

Los uruguayos tenemos una debilidad que multiplica el riesgo de la negociación a la enésima y que poco tiene que ver con la competitividad de tal o cual sector, las compras gubernamentales o los derechos de propiedad de la genética vegetal. La debilidad, otra vez de nuevo, surge de la incapacidad de nuestro sistema de reglas y disciplinas incluyendo las del juego de los Poderes del Estado.. Esta negociación se inicia con un Ejecutivo hostigado en su capacidad de negociación. Aquí no sólo no hay fastrack que nos salve de una discusión infinita post negociación. Sino que, además, la discusión bélica de la política menuda amenaza derrumbar la ya escasa capacidad negociadora que dispone el Estado. Aquí los empresarios quieren un TLC pero ya han armado sus equipos para defender a sus pares menos competitivos y mañana veremos los comunicados de patrones y trabajadores defendiendo los mercados de diez manzanas afectados por la competencia o negociando dentro de las Cámaras, por si y para si, las ampliaciones progresivas de acceso al suculento mercado. Ellos saben como funciona la ausencia de un mecanismo de delegación de confianza para negociar; ellos saben con qué facilidad se abren en la negociación las puertas que vinculan la sala dónde discuten los negociadores públicos con la habitación contigua o la «casa de al lado» en la jerga, dónde se concentra el terrible poder del clientelismo social  el de los malos empresario y peores trabajadores.

El gobierno de la izquierda ha lanzado una convocatoria de una dimensión histórica no sólo por la meta en si, sino por su representación de lo nuevo que la inercia de los cambios comienza a producir en el interior de la villa. Una de esas novedades tiene que ver con la calidad de la discusión en los ámbitos en los cuales esta debe dirimirse y agregar valor real. Esto es, esencialmente, el vínculo que une a un Ejecutivo fuerte, muy fuerte en su capacidad profesional, muy fuerte en su capacidad de liderar las transformaciones en una perspectiva de utilidad pública y muy fuerte también para, con arreglo a estas dos precondiciones, reestablecer un encuentro con el Poder Legislativo que agregue ideas, adecue normas obsoletas a la exigencia de lo nuevo, transparencia y efectos didácticos sobre los ciudadanos. *

 

1 El gobierno uruguayo tiene un lapso más prolongado que el norteamericano para ingresar ese proyecto en el Poder Legislativo dadas las exigencias derivadas del fast track y el calendario electoral en los EEUU.

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