LA PROMOCION DEL PILAR REFORMISTA DEL PROGRAMA DE GOBIERNO AVANZA CON UNA LENTITUD EXPRESIVA

La comunicación y las reformas en un país con problemas severos de integración

Premisa uno: la comunicación es un instrumento de relación. Premisa dos: la comunicación es una variable dependiente. Premisa tres: no existe una calificación de la comunicación independiente de la calificación del proyecto global de la relación. En otra vertiente convergente: Premisa uno: desde Vigotski, la comunicación y el pensamiento componen un conjunto íntegro, que diferencia a la especie humana del resto de los seres más o menos vivos. Premisa dos: el gran diferenciador competitivo que logran los diferentes subconjuntos de la especie humana es la calidad de su relacionamiento íntimo. En suma: la discusión sobre la calidad de la comunicación es dependiente de otra discusión mayor: la ambición y la evolución del plan de relacionamiento que acuerden los individuos para vivir mejor en comunidad.

En esta línea de racionalismo elemental, intento entender porqué, el ostensible desmejoramiento de la comunicación, observada como señal, pudiera ser una advertencia no sólo sobre la degradación de la capacidad de pensar con ambición diferenciadora que tiene la media de la sociedad uruguayas, sino, además, porque este tipo de obviedad es racionales no logran ser incorporadas a la matriz en la cuál, ciertas elites combaten con pericia y cierto heroísmo por los cambios prometidos. En esta línea de reflexiones se me ocurre que, quizás, esas elites  incluyendo en este país al sector más inteligente del gobierno y al propio presidente- comienzan a perder la batalla de la comunicación y la confianza asociada a ella.

La pregunta inquietante debería alentar respuestas nuevas acerca de la calidad real del diagnóstico que manejan esas elites y al cual responde el programa del cambio que ejecutan. Por las premisas expuestas más arriba descarto que la comunicación, en si, sea una causa principal de la precipitación de malestar actual. Lo que, en cambio parece obvio es que en el área de la comunicación han comenzado a aparecer señales que obligan a pensar en si es correcta o no la estrategia que esa comunicación intenta explicar sin resultados positivos.

 

Integración y/o Reforma

A esta altura de las cosas, cuando el empeño en imponer las reformas  más allá del pésimo encastre con la reinvención de las rendiciones de cuentas generosas- está dejando saldos de fuerte inconformidad y confusión, uno debería preguntarse con cierta valentía intelectual si una sociedad fracturada, sin representación política adecuada, cuyas funciones de relación son reguladas por un Estado desvencijado, puede efectivamente avanzar en reformas de calidad como si se estuviera operando en un laboratorio.

Las primeras respuestas son inquietantes. De hecho, la realidad de hoy rompe los ojos: la promoción del pilar reformistas del programa de gobierno avanza con una lentitud expresiva, apuntalado tan sólo por una esperanza de disciplinas casi militares de la única fuerza política que apoya las dos o tres reformas principales.

Es ostensible que en esa dialéctica de impulso elitista y la respuesta social, la calidad de las reformas no sólo pierden calidad  lo que sucede en la RT es muy expresivo-, sino que, ahora ese juego natural de tensiones parecería estar fomentando las peores realidades de desintegración y desconfianza social. Si la promoción y la comunicación de la Reforma Tributaria logran reactivar cuanto agrupamiento de interés parcial, incluidos el renacimiento chicotacista de los cincuenta, entonces, el saldo del empeño por las reformas, en términos de transformación y cambio real es negativo y peligroso.

Sobre todo si el objetivo es construir más confianza en el juego inteligente de la institucionalidad democrática.

 

¿Revisar la estrategia?

Lo interesante de la discusión actual sobre la comunicación no es si el presidente estuvo bien o mal, si los medios deben o no identificarse partidariamente: lo interesante es la ostensible dificultad que tiene esta sociedad, desintegrada en su institucionalidad democrática para aceptar un plan de reformas estructurales cuyo diseño parece haber subestimado los riesgos de esa desintegración Volviendo al inicio, la ambición primera del cambio es el logro de un equilibrio tal que permita reformar integrando, o mejor dicho, integrar reformando. Si este último fuera el orden de prioridades es probable que la estrategia de la reforma deba ser rápidamente revisada. Con una única prioridad: cada iniciativa debe ser promovida no desde el consenso porque eso es imposible a la hora de reformar; pero si desde mayorías suficientes instaladas en el ámbito de la representación democrática.

De otra manera, el componente de la comunicación de ese plan va a seguir privilegiando «consultas a los interesados» como si esas reformas no fueran, esencialmente, reformas que deben mejorar la vida y las relaciones de los ciudadanos en su conjunto. En ese escenario, la didáctica de los profesores sucumbe frente a la publicidad de los grupos de poder. La única estrategia reformista pasible de ser comunicada con éxito es sociedades desintegradas es aquella que mantiene su ambición de cambio pero que no está dispuesta a correr riesgos infantiles aislando progresivamente a sus elites responsables.

Y para ello, en democracia, el único salvoconducto disponible para cambiar es lo que el plan del continuismo centro izquierda brasileño está logrando en estos últimos doce años: hacer las reformas sin que ellas permitan activar las resistencias de los perdedores utilizando la desintegración social. En suma, el gobierno debería evaluar su comunicación pero sobre la base previa de repensar sus alianzas y desde dónde es necesario comunicar la utilidad ciudadana de las reformas en democracia. *

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