ANALISIS NACIONAL: EN MARCHA HACIA EL TLC

Uruguay explora una oportunidad inédita en un escenario nuevo

No hace mucho las incertidumbres del norte en materia de economía y política se desparramaban sobre la periferia en términos exponenciales. Cualquier desequilibrio fuerte en las economías centrales era descontado en la periferia, anticipadamente además. Entre 1998 y el fin del año pasado EEUU creció con extremas dificultades en una progresión de temores que algunos asocian a la multiplicación por dos veces y media del precio de la energía, medida en este caso por el aumento de la gasolina, fluido básico del modo de vida y consumo americano. Efectivamente, en esos ocho años los precios medios del galón de gasolina pasaron de un dólar a los dos cincuenta al finalizar diciembre pasado.

Ese fue, también, el período más interesante para el estudio de cómo una democracia  sin calificativos- se sintió exigida al máximo por agresiones internas y externas inéditas en la historia del coloso del norte. Ese fue precisamente y no por casualidad, el período más destacable de la «era Greenspan», un período de casi veinte años, en el cual los primeros diez fueron de crecimiento y estabilidad. Es a partir de 1998 cuando ese país comienza a sentir los aumentos de sus costos energéticos en un marco de desconfianza creciente, de desgobierno y reasunción del belicismo que pone en tela de juicio la capacidad del sistema republicano de administrar las crisis estructurales. Ese ha sido el período de la recesión con rebrote inflacionario, una mezcla letal para una economía a la cual, cien atentados a las torre le hacen menor daño que tres puntos de aumento de la inflación y el precio del dinero.

 

Aún es prematuro

Aún es prematuro para saber con más precisión que es lo que está sucediendo allí realmente, Pese a lo cual ya hay evidencia sobre la existencia de algunas novedades que no deberían pasar desapercibidas para un país como Uruguay que, más allá de cómo le vaya en los próximos doscientos días de negociación del TLC, expone una notable sensibilidad a las consecuencias acerca de cómo se dirimen las contradicciones básicas en los EEUU.

Esas novedades estarían indicando que la experiencia de la nueva política monetaria norteamericana, pese a las condicionantes políticas, estaría posibilitando la corrección de los desequilibrios mayores; con lo cual, quizás, los norteamericanos y el mundo entero pudieran suponer que adviene un período extenso de estabilidad y crecimiento.

Eso no es poco ni es ajeno. Pero por ahora no deja de ser una hipótesis de simulación necesaria para nuestras propias simulaciones. De ser así, nuestros programas deberían estimar crecimientos sustentables del orden del 4% anual con tasas de inflación del orden del 2.5% y de interés oscilantes entre el 5% y el 6% para el corto y mediano plazo durante los tres o cuatro próximos años. Si tal hipótesis fuera comprobable, aún a riesgo de variaciones imprevistas de corto alcance, los operadores privados y los funcionarios públicos encargados de diseñar políticas de riesgo tendrían ante si un escenario que el mundo no ha conocido: estabilidad y crecimiento en el centro del sistema incluyendo a la OCDE en su conjunto y emergencias de oportunidades de todo tipo en la periferia del sistema. Hay en este escenario una zona crítica, también vinculada a la capacidad de la democracia representativa de los EEUU de solucionar sus contradicciones internas más fuertes: el logro de una apertura significativa en el comercio de bienes y servicios, más correspondiente con la apertura financiera que tiene la economía norteamericana y que, ahora, exige esa salida hacia la competencia global como prerrequisito esencial.

En otras palabras: EEUU necesita la apertura comercial en mayor medida aún que lo que le demanda la periferia. Observado desde el norte, el problema de internalizar cualquier TLC que las elites del gobierno federal impulsen para cerrar el modelo de estabilidad, compone una fenomenal batalla. Los demócratas son los abanderados de la representación corporativa y defensiva que activa todas las salvaguardas culturales y políticas cada vez que sobre el senado norteamericano cae un proyecto de apertura a la competencia global. En la dirección contraria actúan todas las fuerzas de la preservación lógica del sistema.

De allí que sea tan interesante que los uruguayos intentemos, con todo el dolor de los desgarros culturales, desplazar por un período la invocación a todos los saberes aprendidos. Necesitamos ubicar la discusión de ese eje central de la política y la economía que supondrá la compleja negociación del TLC de aquí a junio de 2007 en un contexto que ya no es el mismo a aquel en el cual, desgarrados de dolores propios y ajenos, identificamos todos los palos al big stick yanki. Este ejercicio es vital. No para cuestionarnos todas las identidades ni los afectos más caros, sino para pensar en cómo acceder y utilizar la razón de las cosas. El gobierno no se va a poder ni se puede permitir hacer la negociación con la fuerza y el respaldo nacional obligatorio para un TLC con los EEUU apelando a eufemismos que generen más desconfianza y prevenciones.

Pero el gobierno tampoco puede continuar en este empedrado camino que ha elegido sin apelar a un acuerdo básico en el cual se involucren los representantes políticos elegidos, no por sus pertenencias a los grupos de poder, sino por los ciudadanos a través del voto ciudadano. Desde allí el Estado debe dialogar con las sociedades civiles de representación e intereses tan legítimos, como necesariamente parciales. Y ello debe ser así, también en el armado de la agenda de la negociación iniciada. *

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