Uruguay ensaya una inserción externa que le permita activar sus verdaderas ventajas
Hasta hace pocos días, nos habíamos acostumbrado a seguir la evolución del riesgo soberano de este país situándolo en el de un conjunto de naciones periféricas con propensión a salir de tal condición. En Latinoamérica, ese conjunto de referencia está integrado por Brasil, Chile, Costa Rica, y quizás Colombia. No más, siempre que esa consideración del «riesgo soberano» se atenga a los parámetros de un mercado normado. Vale la precisión porque esta es una visión, que no tiene porque ser compartida por quienes supongan que los equilibrios y la sustentabilidad del crecimiento se puedan proveer en este país apelando a soluciones políticas o geopolíticas de naturaleza difícil de evaluar por cualquier inversor de riesgo. Incluyendo en tal definición a las familias que, ahora, deciden sus opciones mínimas de gasto, ahorro o inversión con una consideración del riesgo bien diferente de la que podían manejar antes de la crisis de 2002. Uruguay ha venido decayendo relativamente dentro de ese conjunto cuyos «riesgos país» oscilan entre los 180 y los 250 puntos básicos. Empero, antes del bloqueo, ese nivel de riesgo era aceptable para captar IED suficiente y desarrollar el programa de las reformas estructurales.
Atractivos de inversión externa
Integrando ese conjunto de periferia media-alta con respecto al riesgo, los uruguayos comenzamos hace ya un buen rato a intuir que podíamos ser atractivos para la inversión externa. Previamente, la forja de un modelo de estabilidad, crecimiento e inclusión con grados de apertura muy negociados le habían permitido al progresismo brasileño, en su amplia acepción, afrontar desde 1994 un fuerte liderazgo en esta experiencia de estabilidad y credibilidad. La emergencia asiática con sus secuelas de aumento del salario y la incorporación de un tercio del mundo a la negociación multilateral del comercio, más el éxito obtenido por la política monetaria norteamericana para equilibrar un crecimiento fuerte con una inflación del 2% anual pese a los déficit fiscal y comercial, conjuntamente con el regreso de Japón al crecimiento y la superación de algunos desequilibrios serios en Europa, están generando oportunidades y desafíos inéditos. Incluyendo entre estos últimos la obligación de eliminar o disminuir al menos el enorme riesgo energético.
De afirmarse esta perspectiva, el mundo entero competirá por la captación global de una inversión externa directa (IED) que se desparrama sobre el orbe en modalidades y ritmos fantásticos alterando todo el mapa del trabajo, las especializaciones y el comercio. Empero, ahora, esa perspectiva de mecernos con ciertas holguras en ese colchón de riesgos acotados parece haber finalizado.
No es que a raíz de la confrontación con la Argentina ya no esté disponible imaginar al Mercosur como nicho o lugar de cierta confortabilidad en el mundo.
El problema es que, ahora, todos sabemos que el costo de esa vía de integración al mundo simplemente no se puede pagar. Esa comprensión implica entender que esta manera de articularnos con el mundo tiene un precio insoportable en una hipótesis de cambio obligatoria en la interna de este país. El bloqueo de la primera inversión externa directa de gravitación que recepciona Uruguay no es fortuito y pasible de ser aislada en una visión más universal de esa brutal competencia que existe en el mundo por sostener los Estados nacionales en un mundo en el cual la globalización sacude todas las puertas cerradas. Dicho de otra manera, la resistencia argentina y brasileña- a que Uruguay se diferencie en la región como un país en vías de desarrollo independiente, explorando áreas de competencia por la captación de la inversión que genera actividad, empleo, tecnología nacional, normas y reglas es comprensible.
Hasta es entendible la violencia argentina y la aceptación, tan o más brusca de Brasil. El respeto de los contratos y la protección de las inversiones que dan trabajo son activos costosos. Para Argentina el ejemplo uruguayo es un pésimo precedente. Entre otras razones porque no sólo establece una opción a considerar por los inversores de ultramar sino para los argentinos.
Debíamos haber entendido esto antes. Comprender que en cuanto pretendiéramos salirnos un ápice de la división del trabajo imaginada por los socios para Uruguay en la negociación bilateral luso-argentina de 1987/1988 se nos iba a bloquear es una cosa. Admitir el bloqueo es suicida.
Y, obviamente, el gobierno va a intentar salidas que por su calidad y complejidad presentan problemas de naturaleza variada. Una de ellas es su propia calidad y sustentabilidad. Reinsertarse en el mundo de la mano de los ingleses fue en la primera década del siglo pasado una larga experiencia facilitada por las guerras. Hacerlo ahora, desde la iniciativa y la independencia, con éxito y sostenerlo supone pericia y una profesionalidad lejana a nuestras prácticas políticas corrientes y a la calidad de las oficinas públicas involucradas en esa operación.
Politica exterior con dramatismo bélico
De allí que la política exterior del país haya adquirido ese dramatismo bélico, en cuyo comando se ha instalado el presidente de la República. De allí comienza a surtir órdenes más o menos explicitas. Ordenes que comienzan a alinear a técnicos y representantes detrás de un presidente que comienza a utilizar un autoritarismo novedoso. Vamos a vivir en los próximos meses un proceso difícil de comprender para una sociedad que tenía otras perspectivas y que, naturalmente, no va a poder entender la lógica de la confrontación regional y aún menos la estrategia internacional. Por razones obvias ese proceso exige una convocatoria más explicita de la presidencia al resto del sistema político. No es creíble ni sustentable una operación exterior de las dimensiones que está desarrollando la presidencia de la República si ésta no tiene respaldos sólidos en el resto de las fuerzas políticas. Sin él y en medio de la confusión natural y la insatisfacción ciudadana, el escenario en el cual se procesa esa operación que tiene un hito importante en las gestiones que se desarrollan en Washington sumaría riesgos nuevos, con desenlaces difíciles de imaginar. En caso contrario, si como parte de esa operación de reinserción internacional Uruguay retomara la práctica de políticas de estado, de la crisis habrían surgido esperanzas de acelerar los cambios prometidos. *
Claves
* La agresión argentina acordada tácitamente con Brasil no es fortuita.
* Uruguay ha sido bloqueado en su ensayo de ampliación y captación de IED en la región y su diferenciación basada en el respeto a las normas y disciplinas.
* Ello y la desintegración virtual del Mercosur supone un riesgo nuevo y elevado.
* El gobierno ensaya una alternativa compleja frente al bloqueo agresivo.
* Esa estrategia únicamente es sustentable si tiene dimensión de política de Estado.
* Ese eventual acuerdo sobre el punto pudiera extenderse hacia alianzas amplias capaces de acelerar las reformas.
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