El Ejecutivo deberá utilizar hasta el límite los instrumentos disponibles
La ciudadanía está prestando escasa atención a las advertencias con las cuales el ministro Astori ha encabezado cada una de sus exposiciones informando que el crecimiento y la propia estabilidad no son sustentables sin reformas estructurales y que este año debe ser el año de la Reforma. Esta afirmación ha sido escuchada con poca atención. Probablemente, el grado de abstracción y la proposición constante del activismo gubernamental sumado al impacto del conflicto con la Argentina no nos haya permitido entender bien que es lo que quiere decir el ministro cuando realiza este tipo de advertencias. Los ciudadanos somos bombardeados diariamente con una panoplia infernal de proposiciones y anuncios; en ese marco tendemos a pensar que es más importante que se mejore la red vial o se compre tal o cual unidad térmica que avance o no el tratamiento de las iniciativas reformistas. Esta evanescencia de la atención comprende a gran parte de los ejecutivos del gobierno y a una parte sustancial de los representantes. De tal manera, «lo urgente» se va fagocitando lo esencial. Es natural que la ciudadanía no alcance a entender que se quiere decir cuando los funcionarios que manejan las cuentas antepongan las modificaciones estructurales a todo lo demás. El problema es que no lo entiendan los representantes y el resto del poder ejecutivo. Si esto fuera así estaríamos adentrándonos en un escenario sumamente peligroso: aquel al cual nos empuja la propia inercia de un proyecto de cambio, desentendido por los mas y comprendido en su íntima racionalidad tan sólo por un puñado de autoridades, unos pocos ciudadanos y unos cuantos especuladores. Este es un riesgo normal en países de leve institucionalidad, con demasiadas asignaturas pendientes. Y en los cuales, además, la extensión de la pobreza y la marginación han producido desintegración social y ese terrible «malestar en democracia», viejo síndrome recreado en nuevos formatos. Cuando el equipo económico se pone cargoso con la principalidad de las reformas no está haciendo otra cosa que recordar que sin la modificación de los códigos y normas sobre los cuales se hizo la vieja política, el país permanecerá allí, sospechado de insolvencia, frágil y expuesto.
Las fracasadas reformas ensayadas en gran parte de Latinoamérica dejan una lección bien explicada por Fernando H. Cardoso: las reformas no prosperan en sociedades desintegradas. La moraleja establece un plan de integración previo a la proposición de las reformas implícitas del cambio. El proyecto uruguayo parte de un escenario un tanto diferente: el del tránsito de la hiperintegración descripta por Real de Azúa y la desintegración cuya dinámica informa mes a mes la encuesta de hogares del INE. Si se evade la seductora discusión intelectual el problema es bien concreto: esas reformas, sistémicas y con un calendario común, ¿serán o no aprobadas en los tiempos disponibles? No hay una respuesta clara a esa pregunta en el Uruguay de hoy ni existen los planes de contingencia frente a un eventual fracaso del programa. El único plan de contingencia posible es el propio plan reformista. No hay plataforma para el cambio y la inclusión real si las antiguas relaciones del poder subsisten.
El punto débil del programa reformista consiste en el enorme temor a la oposición corporativa sin entender que su neutralización no pasa por la ampliación de la consulta y la negociación con sus defectuosas representaciones. sino con la afirmación de la autoridad de las instituciones formales del sistema republicano. No puede ser que la ciudadanía se confunda viendo a su gobierno abriendo la consulta sobre la reforma tributaria en una misma línea de jerarquía, en la sede de la Asociación Rural, en ADM, la sede del Partido Socialista, el Colegio de Contadores, o en el seno de la Comisión de Hacienda de Diputados. Hace un año se desglosó de la Ley presupuestal un proyecto emblemático como el que creaba el Sistema Nacional Integrado de Salud porqué no estaba pronto: empero, para satisfacción de la fuerza política se abrió la consulta con «las fuerzas vivas» del sector salud: hoy ya no tenemos esperanza de reforma estructural ni tampoco expectativas de modernización de su obsoleta institucionalidad. Allí el poder se ha fagocitado la esperanza de los cambios y lo máximo que estamos esperando es una relativa mejora de la gestión de un ASSE descentralizado…
El gobierno debe evitar a toda costa que el mercado comience a sospechar un eventual fracaso de las reformas. El ámbito de la explicación y la confrontación natural debe radicarse en el palacio legislativo y allí se deben obtener las victorias: lograr la media sanción del proyecto de ley que reforma el régimen de competencia y una aproximación a un borrador definitivo de la reforma tributaria en la cámara baja; lograr en el senado, al menos, los votos necesarios del oficialismo, o sin ellos, el de las coaliciones que sean necesarias, a los efectos que podamos mantener la esperanza de tener la nueva e imprescindible una carta orgánica del Banco Central antes de fin de año. En ese lapso debe lograrse un texto potable de lo que hoy aún es un anteproyecto esencial para el éxito de todo lo demás: el que modifica el actual régimen de quiebras.
Si en esto se resume la oportunidad y el riesgo del cambio, el ministerio de economía y el propio presidente deberían rever su estrategia de consulta abierta y centrarse exclusivamente en la discusión de las comisiones y plenarios legislativos. Ya verán los representantes cómo hacen para interpretar la voluntad de sus mandantes realizando las consultas de orden con especialistas e interesados. En el escaso tiempo disponible el poder ejecutivo debería ocuparse exclusivamente de sus roles principales respecto a las reformas: precisarlas y mejorarlas tanto cuanto sea posible e instalarse en el legislativo para lograr su aprobación urgente. En estas emergencias, el lugar donde deben encontrarse las mayorías más amplias posibles es allí. Y es allí dónde debemos concentrar los ciudadanos la confianza en que estos son los escenarios, y no otros, en los cuales veremos al ejecutivo utilizar los instrumentos democráticos hasta los extremos que sean necesarios. *
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