Se profundiza la brecha entre elites y ciudadanos
El gobierno le ha impreso a las proposiciones del cambio estructural una dinámica que, aunque previsible, amenaza ampliar en demasía esa brecha que media entre la capacidad de producción de las elites de gobierno sujetas al imperativo reformador y la capacidad de comprensión de las poleas de transmisión usuales de la información de calidad. La preocupación frente a la dinámica propositiva del gobierno y esa dificultad creciente de comprensión ciudadana estaría afirmándose sobre el aumento de esa sensación de disconformidad que no debería tener razón de ser real pero que no es posible negar. Esas elites productoras de reformas tales como la tributaria o la del Banco Central u otras más complicadas aún como las que modifican el régimen de competencia o la legislación de quiebra, no tienen posibilidad alguna de endentecer esa producción de anteproyectos, proyectos de ley y cambios fuertes de la regulación administrativa. Sin esos cambios, realmente, es imposible construir confianza. Y sin la regeneración de los mínimos de confianza perdidos, la sustentabilidad de los cambios se cae a pedazos.
En tanto el problema de los enlaces entre las elites y la comprensión ciudadana, al menos la activa esa que aún tiene la posibilidad de formularse interrogantes que excedan el ámbito individual- es un problema central. Convocar a la gente o al periodismo a prestarle una atención más jerarquizada a lo importante en detrimento de lo impactante es un recurso formal, debe hacerse pero no es posible esperar respuestas demasiado útiles. Los problemas de la comunicación de la reforma son, también, problemas estructurales. Si bien ese enlace de los ciudadanos con sus gobernantes mejorará en la medida que mejoren esas relaciones estructurales, entre otras las de los contratos o la buena educación de cómo vivir en democracia, no parece haber demasiado tiempo para esperar que la comprensión ciudadana deje de distanciarse de los ejecutores de políticas. No hay mucho tiempo para esperar que esto decante naturalmente de un proceso virtuoso de cambio-comprensión-involucramiento social.
Los tiempos escasos
Si la consideración con la cual debe observar la ciudadanía la acción de gobierno no mejora rápidamente y nos aproximamos así al año eje del actual período de gobierno hay dos alternativas: a.) que la calidad de las reformas se diluya en mil concesiones obligadas por el terror del aislamiento político o, b.) un aumento del autoritarismo gubernamental para intentar mantener las proposiciones actuales sin erosiones conciliatorias excesivas.
Dudo mucho que estemos aún a tiempo de evitar estas alternativas. La primera generaría automáticamente una confirmación de la razón de la especulación más negativa: la incapacidad de este gobierno, aún con sus mayorías, de sustentar el crecimiento y el desarrollo en la modificación de las causas que lo han trabado históricamente. Esta hipótesis genera simulaciones económicas y socio políticas en las cuales es mejor no pensar. La otra alternativa: el aumento del autoritarismo reformista, también, impone simulaciones difíciles de conciliar con nuestra idiosincrasia nacional.
Pese a ese escepticismo es obvio que se deben ensayar algunas variantes en la comunicación actual de esas elites, incluyendo al propio presidente, Dr. Vázquez con la ciudadanía. Continuar ampliando la enunciación y la comunicación de los cambios, a veces con una inercia instrumental de campaña electoral, comienza a chocar con los limites de ciertas tolerancias y la necesidades ciudadanas de cerrar sus cuentas de confianza.
Esas cuentas no se pueden seguir resumiendo en índices de comportamiento fiscal, endeudamiento o, incluso y pese a las cifras del INE del jueves- en el aumento del empleo. Todo eso está bien a condición que se use con la consideración y los lugares correspondientes. Hace rato ya que las oficinas generan una cantidad de información imprescindible pero que no es asimilable por la gente normal.
Si el gobierno, en su asunción responsable de lo que se juega esta administración está seguro que detrás de las cifras se están produciendo esas mejoras de la institucionalidad capaz de tornar el contrato democrático en un instrumento útil, el gobierno debe centrar su comunicación en eso y no en la publicidad de noventa y siete medidas emergentes de un diálogo con las «fuerzas vivas». Ello supone reducir las zonas de la desinteligencia y el conflicto a dos o tres cuestiones básicas: la estabilidad como valor; la aptitud profesional de este gobierno para diseñar y ejecutar los cambios; el mantenimiento del empeño de inclusión social en un sentido amplio, cuya comunicación debe sobreponerse a la publicidad de los acuerdos o desacuerdos naturales del Estado con las corporaciones.
Los argentinos suelen organizar la tranquilidad interna generando conflictos en las fronteras. Uruguay no sólo no puede hacer esto por diferentes razones sino que, a diferencia de allá, aquí quizás aún estemos a tiempo de apelar a un sistema de representación política con mil insuficiencias pero que aún es evaluado por sus valores. Y apelar supone eso, apelar realmente a él: Para lo cual, también, es necesario revisar la forma mediante la cual el gobierno y sus equipos arman, discuten y comunican las reformas en ámbitos muy corporativos y luego esperan que las mayorías parlamentarias formales alcancen para aprobarlas. *
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