Señales de modernización contractual y regulación fuerte
En los próximos meses se acumularan en la agenda de los uruguayos tareas que aún resulta difícil precisar pero que, en cambio, pueden ser intuidas con mayor o menor precisión. Andamos más rápido que nunca hacia zonas imprecisas con la convicción de que hay cuentas sin saldar y con la sospecha que la discusión a la cual accede la enorme mayoría de los uruguayos se aleja progresivamente de los problemas principales. La sensación de inquietud y malestar social persiste y no hay cifra ni dicho que sea capaz de posibilitar una recomposición de confianza de la magnitud y velocidad necesaria. Naturalmente esta sensación no es patrimonio exclusivo de los uruguayos. Parte considerable de la humanidad avanza con esa sensación a cuestas: vive y muta con extraordinaria rapidez hacia estadios de relacionamiento en procesos que no alcanza a conocer. Percibe la dimensión del desafío y se teme a si misma en la misma medida que se reconoce más responsable que nunca de los resultados. Es interesante al respecto observar el vaciamiento de religión y utopía que caracteriza a las áreas más dinámicas, y su crecimiento casi simétrico en las zonas dónde caen los marginados del mundo. Pero más vale ocuparnos de lo que nos sucede a los uruguayos en tanto ciudadanos expuestos a ésta emergencia, enfrentados a una batería de opciones novedosas, todas ellas tan insoslayables como inevitablemente agresivas.
Vulnerabilidad y fortalezas
Vamos a transitar ese escenario de cambio con una sensación creciente de vulnerabilidad y desconfianza. Nunca los uruguayos hemos sido tan pobres y viejos y jamás hemos vivido una etapa dinámica de la historia, tan solos y con tantas cuentas. Probablemente hayamos llegado a este momento con una acumulación fenomenal de asignaturas pendientes y mala educación para participar activamente en este proceso. Sin embargo, es probable que, en términos relativos, tengamos aún un capital social mejor al que hoy parece caracterizar, al menos, a esta América Latina que se cae del mapa. Tal hipótesis tiene su fundamento. Hay en este país una tolerancia social excepcional que ha salvado con éxito delicadas pruebas recientes. Ese comportamiento cívico, razonable, que la mayoría de las veces es observada como una debilidad exasperante y otras como una fortaleza, tiene una explicación vinculada a la cantidad de años de ejercicio de la democracia que los uruguayos hemos disfrutado en relación a la peripecia latinoamericana y de nuestros vecinos en particular. Hay algunas experiencias de comportamiento social reciente que permitirían alentar la esperanza de que, efectivamente, esa «acumulación democrática» de los uruguayos sea uno de los diferenciales capaces de posibilitar un tránsito exitoso en la emergencia que se avecina. En esa perspectiva no es poco lo que Uruguay dispone para ingresar a esos escenarios más delicados que se avecinan: estabilidad macroeconómica, esfuerzo de reconstrucción social explicito, saldo medianamente aceptable del cambio de representación democrática, reconocimiento más o menos explicito del fin de un período de encantamientos variados son, entre otros, pilares que no deberíamos subestimar. Sobre todo, si además del agregado de autoestima social que conlleva ese reconocimiento, él contribuye a proponernos una participación ciudadana más activa y responsable en la profundización, precisamente, de ese principio diferenciador: una institucionalidad mejor.
La vía rápida
El fortalecimiento de las instituciones, la actualización de los códigos y la aceptación que la regulación fuerte es una exigencia inevitable, son principios que están en la base de una acción de gobierno que ha adquirido condición de política de estado luego de la crisis de 2002 y que el gobierno actual se prepara a consagrar. He aquí, en ese nodo de la política en curso, la vía rápida que pudiera aproximarnos en los tiempos requeridos a la recomposición de la confianza pública. Si no sucede nada extraño, en el segundo semestre del año se habrá completado la disposición de una nueva legislación de competencia, dispondremos de una legislación de quiebras y concursos; probablemente celebremos mejoras sustantivas en la autonomía y poder de la autoridad monetaria y bancaria y a mediados de año debería haber finalizado la reestructura del administrador tributario. En ese entonces parecerán más expuestas las corresponsabilidades de funcionarios y gerentes. Finalmente, quizás, los aumentos presupuestales votados para el poder judicial y un mayor reconocimiento social de la responsabilidad de los jueces sean capaces de mejorar sustancialmente la administración de justicia. No es imposible incluso, que en este proceso, gobierno y oposición, observados con exigencias nuevas por una ciudadanía más atenta, sean capaces de mejorar los mecanismos democráticos de participación y representación.
Riesgos y advertencias
De hecho, en esta vía rápida, el principio de autorregulación va a ser subrogado por un largo período a una participación más activa de las instituciones en el juzgamiento de las conductas personales en relación a esos contratos que se procuran modernizar. Es inevitable un aumento del autoritarismo del Estado en el juzgamiento de los individuos cuyas conductas graviten en el éxito de este proceso de modernización que, repito, no se dispara con la asunción del gobierno de izquierda sino que tiene sus orígenes en las operaciones de salida de la crisis abismal de 2002. Por aquí deberá comenzar otra discusión demasiado postergada: las fronteras reales de una ética profesional que, cuya elaboración y comprensión en las elites no debería ser manejada con la levedad con la cual leíamos a Vaz Ferreira en las viejas aulas. Mientras leemos y elaboramos de nuevo nuestros propios planes de vida, quizás sea bueno ir sabiendo en las áreas de decisión y asesoramiento profesional que la elección de esa vía rápida de legislación exigente y regulación fuerte supone que hay cosas que, definitivamente, no se pueden seguir haciendo como antes. Los empresarios van a tardar un poco más, aún, en entender como funciona la experiencia. Quienes tenemos funciones profesionales en relación a las distintas vertientes de conductas que comprende esa vía rápida deberíamos entenderlo antes, casi por instinto de preservación. *
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