Los acuerdos son tan caros como indispensables
El riesgo de que, nuevamente, se frustre un acuerdo político relativamente amplio agrega un matiz pesimista a la percepción de los desenlaces próximos. El problema es bien sencillo. Sin un acuerdo político no se pueden realizar las reformas estructurales e inmediatas que contiene el programa de gobierno. Sin él es vana la discusión que emerge naturalmente en materia de política internacional o cualquier otra adecuación fuerte que las circunstancias externas le impusieran al país. Sin aquellas reformas y este margen de adecuación, la vulnerabilidad del crecimiento es demasiado elevada y pronto ingresaremos en un escenario de especulación que este país no está en condiciones de soportar. En las últimas semanas se habían venido produciendo aproximaciones que generaban expectativas considerables sobre el logro de ciertos acuerdos que pudieran posibilitar avances en el logro de un estado de afinidad inicial para el tratamiento de temas que son esencialmente de Estado y, que por definición, no pueden ser encarados sin mayorías legislativas y aquiescencias mínimas en el resto del espectro político.
Ahora esos acuerdos han quedado reducidos a una negociación que, con toda su importancia, como sin duda tiene la reintegración de los organismos de contralor, es menor frente a los imperativos transformadores, que tienen su tiempo y sus exigencias. Esas transformaciones tienen están agendadas. No se pueden dilatar indefinidamente; 2006 es un año en el cual el gobierno y su promesa de cambio se jugarán todos sus créditos. No sólo por el calendario electoral, sino porque la bonhomía del entorno comercial y financiero de la economía no se mantendrá por mucho tiempo más. No tengo duda alguna en cuanto a que sin otro relacionamiento político, capaz de neutralizar la oposición y la utilización de los desencuentros naturales que producirá la discusión de las reformas, sencillamente, estas no van a prosperar. Al menos en el tiempo que hay para comenzar a ejecutarlas.
Presupuestos que se internalizan mal
Es inimaginable que no se pueda avanzar en esa línea de inteligencias mínimas. Algo está sucediendo que no logra siquiera aproximar la negociación a una exposición mayor y sobre todo más fundamentada. ¿Es un problema de generosidad escasa? ¿No son suficientes los cargos y responsabilidades que se le ofrecen a la oposición? ¿Es que ella actúa con menos razonabilidad que la que la antecedió y está dispuesta a precipitar una situación cuyos resultados en materia de pérdida de riqueza y aumento de la fractura social la oposición conoce, quizás con más fundamentos que el propio gobierno?
Sospecho que la respuesta a estas preguntas tiene que ver con el estado de la comunicación interna en los núcleos más íntimos del gobierno. Hasta ahora la razón de la fuerza y la lógica elemental le ha alcanzado a este gobierno para comprender lo que, esencialmente, necesitaba para instalarse sin que los ruidos y roces perturbaran en demasía ese ya de por sí, complicado proceso. Más aún, la madurez del capital de la izquierda en su amplia acepción le ha permitido a este gobierno completar una agenda de acción reformista que ha logrado un óptimo razonable entre la racionalidad precisa de su propio programa y el de las fuerzas políticas y sociales sobre las cuales se sustenta. El Frente Amplio puede defender ese programa de gobierno sin rupturas expuestas, entre otras razones, porque ha demostrado ser eficiente en la solución de nudos que permanecían entorpeciendo la salida democrática y que nadie, hasta ahora había osado desatar. El gobierno pudo instalarse, continuar administrando correctamente la salida de la crisis financiera y de deuda heredadas e, incluso, ha demostrado fortalezas que han frustrado unas cuantas especulaciones con el desastre. Empero, eso ya no alcanza. Es más: lo logrado le imprime al proceso que adviene una dinámica de realidad y exigencia que no estaba en los planes de nadie. Esta dinamización del proceso tiene un correlato de expectativas ciudadanas que lo enriquecen.
La gente pide más, no sólo porque no puede dejar de hacerlo sino porque advierte que algo nuevo es posible. Hay varios indicadores que advierten sobre este nuevo estado de expectativas exigentes. Uno de los más recientes y dramáticos es el intento de volver al mercado de trabajo de unos cuantos miles de ciudadanos que han recomenzado la búsqueda de empleos en una economía que aún no logra encaminarse a proveerlos.[i]
Andariveles contiguos
El gobierno no podrá seguir avanzando mucho más en la satisfacción de tales expectativas si no logra activar el multiplicador de la iniciativa privada capaz de sustentar el crecimiento con más inversión, y crear el trabajo que no se puede proveer con obra pública ni puede ser sustituido con asistencialismo alguno.
Su acción va a concentrarse en satisfacer esa dinámica reformista que su propio éxito inicial ha provocado. Pero ello debe ser complementado con respuestas fuertes que proviniendo del seno de la sociedad consoliden un nuevo estado de confianza capaz de sustentar la estabilidad, jerarquizar el cambio y neutralizar el conflicto.
Esa emergencia de la acción social en esta dirección constructiva sólo pude ser disparada a partir de la recepción de señales que hoy no se advierten sobre una predisposición más marcada del gobierno a rodear su acción de mayorías ciudadanas con representación política más amplias que las actuales. Ese es el legado de un presupuesto de razonabilidad elemental que le permitió a Fernando Henrique habilitar entre 1994 y 2002 la plataforma sobre la cual la izquierda brasileña integrada plenamente en la sociedad y la federación lidia como puede con un mundo del cual veinte años atrás Brasil parecía definitivamente desintegrado. *
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