La inflación de enero recrea la peor especulación
La inflación de enero duplicó la que esperaba el mercado. El aumento de los precios minoristas ascendió al 1,37% acumulando prácticamente un 6% en el curso de los últimos doce meses. El dato aportado por el Instituto Nacional de Estadísticas el pasado jueves ha desatado naturales especulaciones, cuyo reflejo informativo ha sido atenuado por la dominancia del desenlace de la crisis de Cofac. Sin embargo, en el análisis corriente de riesgos el tema de la cooperativa ya había sido descontado y la centralidad del debate se concentra prioritariamente en el análisis de lo que está sucediendo con la inflación y, sobre todo, en la previsión acerca de cuál será realmente de aquí en más la capacidad -o la voluntad- de cumplir la nueva meta inflacionaria del programa oficial para el año que se inicia. Como se sabe, en diciembre pasado, el Ministerio de Economía y el Banco Central anunciaron que el rango objetivo en el que crecerían los precios minoristas en 2006 sería del 4.5%-6.5%.
¿…sorpresa?
El dato del jueves sorprendió al mercado y se constituyó inmediatamente en un argumento fuerte para quienes aducen que el actual gobierno ha obligado al Banco Central a soslayar su principal responsabilidad constitucional: mantener la capacidad adquisitiva de la moneda nacional subrogándola por objetivos que al BCU debieran resultarle secundarios. Esta crítica se integra, además, con el señalamiento de las dificultades demostradas por el propio BCU en cuanto a que, por primera vez desde que se ha implementado la actual política monetaria como respuesta a la crisis financiera y cambiaria de 2002, no pudo cumplir ni la meta inflacionaria de 2005 ni mantuvo los preanuncios del programa monetario del año. Esta crítica sugiere que el BCU pudiera haber utilizado sus instrumentos corrientes de política, inclusive la compra de divisas en otras condiciones sin tener que adecuarla a partir de la obligación de comprar dólares. Esta discusión central ya se había insinuado a partir de noviembre pasado, fecha en la cual el BCU comenzó a corregir y flexibilizar su política intentando conciliar la solución de sus propios errores de estimación de demanda de dinero con las solicitudes emanadas de Economía respecto a mantener el precio políticamente potable del dólar. El anuncio de mediados de noviembre acerca de que el BCU compraría en los dos últimos meses del año unos ciento cuarenta millones de dólares para «inyectar más pesos y cumplir el programa monetario» fue leído con más realismo por el mercado, como un anuncio formal de la voluntad del MEF de no dejar caer el precio del dólar por debajo de los veintitrés pesos, aunque ello implicara imponerle al BCU la exigencia de esterilizar todos los pesos que la compra de divisas generara y que excedieran la demanda real. Efectivamente, frente a la directiva de política, el BCU aceptó acelerar la expansión que ya le estaba imprimiendo al dinero primario sobre el cual puede incidir pero, ahora, en magnitudes que desbordarían ampliamente sus objetivos operativos preanunciados a no ser que se arriesgara a pagar tasas de interés extremadamente elevadas para retirar del mercado todos los pesos que excedieran la demanda real. El 19 de diciembre el BCU comunicó que abandonaba el programa y se arrogaba la potestad de manejar con la flexibilidad que fuera necesaria la cantidad de dinero que dispondría el mercado. Agregó, además, que los interesados en saber que estaba pasando con la cantidad de dinero deberían dejar de preocuparse de ahora en más de la evolución de la base monetaria para ir atendiendo la evolución de la variable que «importa», la cantidad de medios de pago, M1 – aquel dinero primario que constituía hasta ahora la meta operativa-, más el multiplicador bancario -la cantidad de pesos a la vista y caja de ahorro disponible en la cuentas del sistema financiero. En suma, ante la realidad a la que se enfrentaba, el BCU le explicaba al mercado que su capacidad de manejo independiente de la política monetaria había sido afectada y, en tanto, no estaba ya en condiciones de mantener su compromiso monetario explícito y mucho menos de informarlo. Del 19 de diciembre a la fecha el BCU ha sido rodeado de una barrera de opacidad que dificulta enormemente continuar los programas de seguimiento y comunicación que analistas y operadores del mercado habían conformado para ir siguiendo lo que quizás sea el eslabón más delicado de la cadena de riesgos que tiene la economía: la capacidad institucional y técnica que tiene el BCU para preservar la economía de rebrotes inflacionarios que dañen el ingreso real de los ciudadanos y, sobre todo, afecten la credibilidad institucional.
Otra expectativa
La inflación de enero es el dato que le faltaba a la especulación que asume de inmediato el mercado cuando suceden este tipo de cosas. La encuesta de expectativas de inflación de enero ya adelantaba que la inflación para los doce meses próximos se aproximaría al techo del rango del programa oficial. Lamentablemente al dejar su compromiso operativo, el BCU también dejó de lado la consulta sobre las expectativas que los agentes tienen respecto a la capacidad del BCU de cumplir metas en esta materia. En la encuestas de expectativas económicas de diciembre, una cuarta parte de los consultados ya adelantaba que el BCU rebasaría sus metas de base monetaria. Naturalmente, en la encuesta de enero ya no hay consulta sobre la capacidad de cumplimiento del programa monetario para el trimestre en curso. En resumen, el cuadro de la nueva especulación se conforma sobre: a) la inflación 2006 será igual o mayor a la del techo programado; 6.5%. b) el BCU tiene márgenes de independencia menores a los necesarios para hacer creíble cualquier programa monetario capaz de enfrentar con éxito un rebrote inflacionario. c) este escenario se complementa ahora con un aumento del riesgo inflacionario propio e importado.
El gobierno ha insinuado una explicación de la inflación de enero y de las dificultades del BCU relativamente atendible. Sin embargo, es obvio que la estabilidad sobre la cual se fue procesando la salida de la crisis ha sido desafiada. En otro andarivel, la Argentina ya ha vuelto a las mil componendas de políticos, empresarios y sindicalistas para intentar frenar una inflación que, para los sectores de menores ingresos, ya supera el 16%. Allá no hay ningún cambio político real en proceso y, en cambio, las viejas estructuras de poder estaban aguardando la inflación para continuar produciendo miseria y desintegración. Uruguay vive un proceso en el cual, ahora, las reformas en discusión exigen la estabilidad como condición necesaria. Si alguien decidiera que no importa mucho un poco más de inflación y que es intrascendente que el BCU pueda cumplir con independencia real su primera obligación constitucional estaríamos en muy poco tiempo padeciendo a plenitud el doloroso síndrome argentino. *
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