ANALISIS NACIONAL - AL NIVEL DEBIDO

Ha comenzado la discusión principal

La tentación de volver a pensar con la ambición y la esperanza de antaño produce una embriagadora sensación de libertad y poder. Comparable a aquella que producía en la adolescencia de los sesenta la posibilidad de recorrer atajos rápidos que nos aproximaran a la felicidad pública. Celebramos los equilibrios, aún los de la pobreza y en el mejor de los casos nos hemos acostumbrado a especular sobre eventuales derrames de riqueza que, en el correr de los próximos decenios nos permitirían ir mejorando la bestial marginación, objeto de nuestras críticas cotidianas. Pero, a veces, la vida nos coloca frente a circunstancias en las cuales se produce una convergencia excepcional de posibilidades de avanzar más rápido y, sobre todo, con más seguridad en aquella aproximación con la utopía inicial.

 

¿De que se trata ahora?

En los sesenta nos inyectábamos adrenalina pura disponible entonces en grandes bidones de utopía, esperanza y la épica heroica de una Latinoamérica que hasta aquellos años, hacía historia en un mundo bipolar. Jóvenes sin antecedentes de duelo ni ponderación de riesgo alguno, debimos aprender a los garrotazos el riesgo que presupone merodear en los atajos que generalmente se les ofrecen a los pobres. Ahora, casi medio siglo después y a poco de simular alguno de los efectos derivados de una negociación exitosa de libre comercio con los EEUU, paradójicamente, sentimos un poco de aquella emoción pérdida. ¿Cómo explicarnos a nosotros antes que a nadie que un eventual acuerdo comercial con aquella representación histórica del mal pudiera, quizás, constituirse en el único catalizador disponible para que la reacción del cambio prometido pueda precipitarse en marcos de mínimas seguridades?

Admito las dificultades reales de iniciar una discusión relativamente educada sobre el tema. Pero, ¿qué hacer en contrario? ¿La opción es declinar la convicción? ¿Es sano y soportable renegar del privilegio de comprender que el libre comercio no es una regalía de los poderosos sino una conquista de los desesperados? ¿Sería posible vivir con el riesgo diario del fracaso de la esperanza en el cambio por no animarse a iniciar la discusión enterada acerca de qué supone realmente la posibilidad de firmar TLCs con EEUU, Europa o China? ¿Pudiéramos soportarnos si accediéramos a transitar en elaboraciones costumbristas mientras nos paguen un salario y disfrutemos de una pobre y egoísta «seguridad social»? No. Es preciso discutir este tema del TLC siempre y cuando iniciemos ese difícil proceso de aproximaciones sucesivas a la comprensión arrancando del otro extremo del problema respondiéndonos una pregunta que no osa ser pronunciada de frente: ¿puede el cambio sostenerse y progresar en un escenario de vulnerabilidad extrema? Esa primera pregunta tiene una respuesta clara: No. Uruguay carece de tiempo para reintegrar su sociedad, reconquistar su soberanía y darle de comer y educar a sus hijos pobres, en el escaso lapso que media entre la proposición del cambio y la recolección de sus primeros frutos. Simplemente porque el concepto de cambio alude a un proceso dinámico, necesariamente vinculado con un entorno que en el mundo moderno reproduce valor y virtud en velocidades y cantidades fantásticas.

Dicho de otra manera, aún si las transformaciones que promete el gobierno de izquierda prosperaran y nos empeñáramos en cubrir sus riesgos encerrándonos más en la región ese proceso sería insuficiente para ir, al menos, cerrando la brecha con el resto del mundo.

La ambición del cambio ya no podía sostenerse sin imaginar como podíamos saltearnos el proyecto de Itamarati que ni siquiera es el de Lula, o la recreación infinita del peronismo argentino sin establecer vínculos de otra calidad con el mundo.

 

¿Carne, arroz, o reglas?

Esa discusión, muy similar a la de los albores de la independencia, va a precipitarse por las propias exigencias de las transformaciones que pone en marcha el programa de gobierno. ¿Se trata realmente de vender más carne, lácteos, arroz o software o de replantearse con ambición y valor recrear un país cuyas normas y disciplinas sean capaz de ofrecer las garantías que hasta hoy ni siquiera prometía el discurso político tradicional? ¿Es posible realmente ladear la interrogante acerca de cómo hará este país para crecer a tasas acumulativas del 4% durante diez años sin que los fenomenales riesgos disuadan inevitablemente a los inversores, sean nacionales o extranjeros? Entiendo que esa discusión no sea soportable y deba desplazarse si la única alternativa disponible es la del enano gritón: andar de la mano de vecinos que en cuanto nos descuidamos nos tiran sus miserias por encima de la frontera.

Debe saberse que soslayar interrogantes elementales vinculadas al riesgo de sustentabilidad del cambio supone aceptar vivir sobre un volcán que acumula pobreza y vejez a velocidades desconocidas en este país.

El gobierno está haciendo lo políticamente correcto y, probablemente algo más, en el margen. Pero todos sabemos que, aún ampliando esa acción hacia una reforma más autoritaria, el riesgo va a crecer en relación directa a nuestra propia incapacidad de ir resguardando esos cambios con garantías de otra naturaleza. En eso también se está trabajando pero ni la pena vale intentar saber si el disciplinamiento, la regulación autoritaria, la reeducación y las garantías van a ser provistas en la calidad y el tiempo disponible. La hipótesis de nuevas fracturas o discontinuidades fuertes es, realmente aterradora en las condiciones de marginación que vive este país.

Uruguay tiene suficiente democracia y tolerancia social como para afrontar la discusión de una decisión insoslayable.

A diferencia de los países pobres que firman acuerdos que sólo entienden sus elites, Este país ha sido colocado frente a un desafío que con crisis o sin crisis, no podía afrontarse por la administración anterior. Ahora en los umbrales del reiniciarla es preciso hablar claro.

Explicar sobre todo, que con los TLCs no se ingresa tan sólo a un programa de desgravación arancelaria y enlaces comerciales con grandes mercados. Ese fue el error de diagnóstico que pautó toda la política comercial uruguaya desde abril de 1991. Asegurar la realización de la producción agregada sería un motivo estimulante pero insuficiente. Lo que realmente importa discutir y comprender consiste en cuánta disciplina y seguros podemos y nos animamos a internalizar mediante estos acuerdos. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje