El gobierno completa el programa expuesto en diciembre
Seguramente con el consentimiento del Presidente de la República y un núcleo de ministros que cubre el riesgo de bloqueos iniciales, Astori ha creído conveniente zanjar rápidamente los fosos que hace rato vienen distanciando en este país a los equipos profesionales con el personal político y, en otro corte, a los ministerios de economía y los cancilleres. Como se sabe, ni en esta administración ni en las anteriores, las intersecciones de las dos vertientes de elaboración y ejecución de la política comercial han funcionado armónicamente.
En tanto, además de las complejidades del problema de la política comercial en su acepción estrictamente profesional cualquiera de los asuntos principales en debate tiene una resolución imperfecta y cara en términos de comprensión y confianza pública. Esto es lo que sucederá también con un eventual Tratado de Libre Comercio con los EEUU. Independientemente de ello Astori sabe perfectamente que sin movimientos complementarios y fuertes en el área comercial y lo que de esta se desprende en relación al clima de la inversión y las disciplinas. el programa económico de este gobierno presenta un riesgo insoportable.
Paralelamente, el ministro y seguramente el presidente parecen haber entendido que esta es la oportunidad de desbloquear la apertura hacia un nuevo relacionamiento de la fuerza política con el resto del sistema político proponiendo acciones que construyan políticas de estado decisivas. Esta es también, una oportunidad a estos efectos. Dado lo cual se ha iniciado un camino sin retorno, preámbulo de un encadenamiento de sucesos de consecuencias muy interesantes. Si esos eventos funcionaran adecuadamente Uruguay va a ir conformando una plataforma más sólida sobre la cual armar y consolidar las reformas.
Comercio, disciplinas e inversión
Tengo una opinión extremista y casi intolerante respecto al tiempo que nos tomamos los uruguayos para resolver los problema del relacionamiento internacional. En algún Hoy por Hoy de fines del 2001 coincidimos con Porto y Lorenzo respecto a que la salida de la crisis de aquel entonces convertida en catástrofe unos meses después-, debía contemplar una serie de acciones vinculadas a regenerar garantías y confianzas ya demasiado erosionadas en el área financiera, cambiaria, etcétera. Pero sobre todas las cosas, la coincidencia estribaba en que la anticipación del desastre en ciernes dependía de los cambios que se pudieran procesar en la política exterior.
Ya en aquel entonces la exigencia de cambios dramáticos capaces de alejarnos de las dependencias regionales y transportarnos realmente al mundo era vital no sólo para mejorar el comercio sino, principalmente, para internalizar disciplinas y normas que permitieran disminuir la insoportable fragilidad que tenía Uruguay en aquel entonces. El gobierno de entonces también tenía diferencias internas sustanciales que lo maniataban a la hora de redefinir cualquier variante de política exterior y la oposición ya no tenía participación que le permitiera comprender al menos la urgencia en afrontar cambios de entidad. Luego, la crisis de 2002 y 2003 canceló cualquier avance en el área, a no ser la vinculación impuesta por el salvataje multilateral con participación casi exclusivamente personal de algunos técnicos y la presidencia. Esta, además, carecía ya de todo crédito capaz de permitirle liderar nada menos que una reingeniería del relacionamiento externo.
La crisis interrumpió también el principio de una negociación compleja que en Washington vinculaba en aquel entonces a la embajada uruguaya y el gobierno norteamericano a través de Robert Zoellick. Luego, la invasión de Irak y los condicionantes de los procesos electorales de EEUU y Uruguay más los bloqueos fuertes de Brasil a cualquier negociación con EEUU, Europa o quién fuera nos sumieron, nuevamente, en la anomia del Mercosur.
El cepo regional
Volvimos al sur buscando pistas a tientas, en una comarca habitada por poblaciones más pobres y desintegradas aún que la nuestra y lo que es peor con valores más confusos aún que los nuestros. Durante los dos últimos años hemos reinventado cualquier motivo capaz de mejorar la esquizofrenia de añorar el MERCOSUR de Las Leñas y Ouro Preto, mientras todo el comercio, la inversión y nuestros mejores recursos, incluyendo a los chiquilines nos vinculan al norte.
Ahora esto ya no da para más. Todos los procesos de reforma vinculados con el cambio dependen más que del comercio, de vínculos disciplinantes a la interna. La crisis y las oportunidades tienen componentes cada vez más institucionales y menos comerciales.
El riesgo y las tasas de interés se forman en un test cotidiano sobre las posibilidades que tiene este país de mejorar su vulnerabilidad. En tanto, era lógico que el Ministro Astori estuviera buscando su oportunidad de imponer la discusión de tema.
Esa oportunidad se la ofreció Búsqueda y Astori la aprovecho espléndidamente. Era infantil suponer que toda la estrategia expuesta por el equipo económico en diciembre no se complementaría de inmediato con variantes dramáticas en las relaciones comerciales e internacionales.
La estrategia de desarrollo sustentable con riesgo acotado presupone aumentos de impacto en la inversión. Eso no está disponible internamente ni tampoco es un problema que se pueda resolver con petrodólares o regalías. Toda la estrategia de estabilización y reforma se tambalearía si ese mismo equipo económico no hacía algo para tornarla creíble. . El problema no es cuánta carne y con qué arancel se puede vender en el mundo. Ya la discusión de los 90 sobre si privilegiar en política comercial el acceso a los mercados o la eliminación de los subsidios es obsoleta.
El problema es la radicación de inversiones externas directas. Allí está la guerra y el conflicto: basta observar lo que sucede actualmente en los puentes del litoral. Porque allí, en ese proceso de radicación de la inversión externa directa y sus normas complementarias reside, única y exclusivamente, la posibilidad de solucionar por la vía de la exigencia externa lo que no podemos resolver solos, encerrados en la comarca. Los tratados comerciales, vinculados con los de la protección de la inversión abren una vía de ida y vuelta a algo más que los bienes y servicios.
Sobre esa vía se tienden los puentes de la inversión y el intercambio tecnológico real y masivo. Estos acuerdos de libre comercio con unión aduanera incluida o sin ella, son cada vez más frecuentes en el mundo y complementan un multilarismo que no se fortalece porque los débiles se unan sino porque ellos, ahora, se suman a la competencia global y en ella exponen, o no, sus fortalezas institucionales. Lo demás es un problema de precios relativos. Ojalá no perdamos la oportunidad, al menos, de intentar entender que es lo que realmente ha comenzado a precipitarse en estos días. *
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