Análisis nacional: SALIDAS DE EMERGENCIA

Esta región ya no es la misma de ayer

Gran parte de la tranquilidad con la cual Uruguay está pudiendo realizar su transición política se debe, exclusivamente, a la estabilidad regional de los dos últimos años. Sin ella y con los riesgos que se desprendían de nuestro propio calendario político 2004-2005, estaríamos bien lejos de estar instalando este gobierno y mucho más distantes aún estaríamos, de poder abrir la discusión sobre reformas complejas como lo estamos haciendo. Pero ese tiempo se va terminado.

Ya no será posible gobernar el cambio disociados y confrontados en un Mercosur sin sentido ni afectos, tomando riesgos excesivos de socios con más problemas que nosotros. Hasta ahora la transición no contó con apoyo regional pero, al menos, no debió enfrentarse con los desequilibrios periódicos de los vecinos.

Dispusimos de un tiempo muy limitado para hacer las cosas principales: recomponer la unidad social poscrisis bancaria y de la deuda; elegir e instalar el nuevo gobierno; afirmar la estabilidad e iniciar las reformas. Ese tiempo no alcanzó para entrever la encerrona regional. Y menos aun alcanzó para reimaginar con toda la audacia y la inteligencia disponible una estrategia de blindaje nacional capaz de preservarnos de las inevitables crisis periódicas que sufrirían inevitablemente los vecinos.

En esta perspectiva era obvio que a ese subconjunto de gobierno ocupado en armonizar políticas y programa, le iba a resultar imposible afrontar, también, los problemas que el impacto de la desestabilización regional impondrían al ya problemático plan del cambio. Las dificultades políticas internas de la fuerza del gobierno, aislada del resto del espectro político, fueron dilatando la solución a un problema cuya solución exigía, previamente, resolver lo que durante todo el primer año de gobierno ha sido la desvinculación inédita de la política económica y las relaciones internacionales formales del país.

Si la sociedad necesita normas y reguladores fuertes que disciplinen a los poderosos, los países necesitan preservar su soberanía en un contexto de disciplinas y asociaciones afines. En el Uruguay nos debemos esa discusión y ahora esa carencia de añares nos imposibilita siquiera la posibilidad de imaginar las mínimas acciones que en materia de relacionamiento externo sean capaces de ayudarnos a ordenar la casa y construir las habitaciones de los hijos.

 

Lecciones

Nos olvidamos reiteradamente de las lecciones más cercanas. En 2002, la salida a la crisis más fenomenal de la historia reciente del país fue diseñada por una elite gubernamental y costeada por los pobres con un gran componente de endeudamiento, además. Pero, en realidad, esa salida comprensiva se apoyó, en los escasos créditos que a Uruguay le quedaban con los organismos multilaterales y la amistad o cercanía de Bush y Batlle. Aquella crisis era estructural y estalló a partir de los desequilibrios generados en la región por la devaluación brasileña y la nueva ruptura institucional argentina, más allá del desfalco bancario.

Salimos de allí sobrevolando una región humeante sin rastros de Mercosur ni nada que se le pareciera. ¿Es que alguien puede imaginarse que Uruguay está en condiciones de reiterar aquella experiencia de recomposición nacional y social? ¿Con qué? ¿Con quién? ¿Quién pagaría ahora la factura? Lavagna provocó su despido exactamente en el punto en el cual los sucesivos ministros de economía dejan de poder hacer las cosas: allí donde la economía se enfrenta a lo que la economía por sí sola no puede ni debe intentar hacer: asumir la responsabilidad de utilizar sus instrumentos para modificar la patología institucional de países gobernados por corporaciones fuertes y Estados débiles.

Ni Cavallo con un modelo diferente pudo hacerlo, ni Lavagna quiso siquiera afrontarlo. Los problemas del vecino distan de ser los de la inflación derivados de la mala conducta de los supermercados y los peores almaceneros. Ni siquiera tienen que ver con las relaciones de lo cambiario y monetario y, naturalmente, tampoco, con la ausencia de «estímulos» a la inversión. Otra vez de nuevo, los problemas de los argentinos derivan de su absoluta negación de realidad. Esa que los obliga en proporciones aun mayores y muchísimo más graves que las nuestras, a sentirse porteros del granero del mundo viviendo en palacios de antaño, jugando a la política de roles y recreando para siniestras conveniencias grupales el negocio del federalismo y el centralismo. En Brasil las cosas son un poco diferentes porque allí, quizás, haya una débil esperanza de reafirmación institucional. Pero Uruguay no puede tomar sin seguro alguno todo el riesgo de un desequilibrio que pudiera potenciarse en cualquier momento. Brasil tampoco está llegando a completar sus tareas de relacionamiento externo en el tiempo que dispone.

Las elites se ahogan en el juego político corporativo convenientemente alimentado por las concesiones que la Constitución del 88 debió hacerle a los caudillos estaduales. Por ahora, el presidente Lula ha logrado un frágil pacto signado por Russfold –la sucesora de Dirceu–Palocci y Meirelles. Un poco más de inflación, un poco más de cierre, un poco más de bilateralismo con Argentina y un esfuerzo más con Venezuela, todo ello atado por un compromiso fiscal y monetario nada menor pero, al fin, dependiente del juego político del año electoral.

 

Señales

¿Qué podría hacer Uruguay, con el realismo del caso, para intentar al menos, insinuar un plan de contingencia frente a los impactos inevitables de las crisis regionales? A esta altura muy poco. Pero al menos, el gobierno debe dar señales de responsabilidad en el sentido de ir conformando pequeñas alianzas de las cuales emerjan, quizás, señales más tranquilizantes o esperanzadoras de las que tenemos ahora en cuanto a que el gobierno avanza hacia un redireccionamiento de su política exterior.

No sólo para seguir vendiendo carne y lácteos o parte del talento que nos queda, sino para abrir salidas de emergencia a una degradación inminente de la situación en la región. Es seguro que en esa dirección de dominio casi exclusivamente presidencial, el gobierno afrontaría de inmediato nuevos conflictos internos.

Pero es seguro también que cualquiera de los costos imaginables en estas áreas domésticas serían mínimos frente a los que se desencadenarían en esa hipótesis de un país chico y desvalido encerrado en una crisis regional más. *

NR. Esta columna fue escrita sin que el autor conociera la renuncia aparentemente presentada por el canciller Reinaldo Gargano.

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