ANALISIS NACIONAL - ¿HERRAMIENTA FINANCIERA DEL GOBIERNO O INSTRUMENTO DEL PROGRAMA?

Presupuesto en río revuelto

Supongo que se sobrentiende la distinción entre programa electoral y financiación de un plan de gobierno. Extremando la explicación de la diferencia por si ella no fuera clara: lo que está sucediendo en materia presupuestal se asemeja al deseo de comprar con plata porciones grandes de equidad, justicia o buena educación. Esos postulados y valores inspiran el plan de gobierno de la izquierda pero sería un error fenomenal en las condiciones actuales del país, confundir presupuesto, como plan de gobierno y presupuesto como instrumento principal de ejecución programática.

Ello no supone que los objetivos del presupuesto, en tanto plan financiero del gobierno, deba asegurar tan sólo que el país tenga un superávit primario comprometido en el programa. Ello es obvio. Pero, naturalmente, los votantes de la izquierda no van a entender la importancia de los equilibrios como prerrequisito del cambio si el gobierno no intenta, además, explicar que el Estado no es el agente de cambio principal en este país. No lo es en sus actuales relaciones con la sociedad, no lo es por su conformación histórica, no lo es por las limitaciones de la política en escenario de globalización y no lo es, sobre todo, porque el Estado moderno es fuerte y dominante asegurando que los ciudadanos se responsabilicen de construir el cambio. Pero en este país ni siquiera estamos frente a este tipo de dilemas elementales.

 

Avaricia

Sobre todas las cosas es necesario asegurar el equilibrio fiscal de tal manera y con un margen que en su misma dimensión indique la grandeza de la meta y obligue a que la comprensión de que éste debe ser, realmente, un presupuesto diferente. Y esto no es sólo un problema de asegurarnos entre todos que el superávit sea realmente el requerido por el programa. Esto de por sí, es obligatorio. Empero, la avaricia presupuestal debería poder explicarse con la ambición de quien quiere convencer realmente sobre la viabilidad del cambio. Y esto ya no es un problema de números sino de precisiones necesarias sobre las relaciones del Estado y los individuos en el proceso del cambio.

Si el debate sobre el proyecto de gobierno comienza por su financiamiento y ésta, necesariamente, es una discusión de confrontación y puja corporativa, entonces habremos perdido la oportunidad de concentrarnos en una discusión mayor y, sobre todo, anterior. Si es el ministro de Economía el que debe asumir la responsabilidad de encuadrar el proyecto de gobierno arrinconado detrás de una negación presupuestal, entonces corremos el riesgo de que la negación sea entendida como negación del mismo cambio.

El presidente Tabaré Vázquez no sólo debería secundar a su ministro de Economía como ha sido de estilo en estas cosas. Debería intentar utilizar esta discusión para explicar que el objetivo es cambiar pero que este presupuesto no puede reprogramar toda la virtud sino, en el mejor de los casos, contribuir a afirmar los delicados equilibrios a partir de los cuales este país pudiera reimaginarse mañana. Esta debería ser la victoria principal de la discusión presupuestal. En caso contrario el saldo será una sumatoria amplia de insatisfacciones parciales. *

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