ANALISIS NACIONAL - CHINA ACEPTA LA COMPETENCIA Y EXPONE ALGO MAS QUE SU TIPO DE CAMBIO

La provocación china y nosotros mismos

La porción dominante de la discusión pública uruguaya es progresivamente reductora, con sus secuelas jibarizantes. Alguien tiene que ayudarnos a salir de la discusión de precios relativos y medidas de políticas activas animadas por altruistas propósitos de equidad e inclusión social de corto plazo. De seguir así se nos va a ir ampliando la brecha con un mundo que cambia fantásticamente. Así nos vamos encerrando en un círculo de pobreza y desesperanza. Es que, necesariamente, esa discusión nos obliga a seguir desde muy lejos una realidad que tiene su propia dinámica y, presumiblemente, en un ámbito de razonabilidad general va a ir contribuyendo a que se mantengan los equilibrios y se concreten los cambios. Pero necesitamos incorporarnos a la discusión de la modernidad, entenderla, entusiasmarnos de nuevo en ella. A Uruguay no le va mal en la economía y, probablemente desde una visión comprensiva del cambio, tampoco le vaya mal en la política. El problema es que, en el empeño por intentar entender los complejos diseños y la aún más difícil ejecución de las políticas, los ciudadanos nos encolumnamos detrás de un sistema de comunicación que, por diversas razones, no contribuye en nada a generar esperanza y confianza cuando intenta traducir la acción de la élite de gobierno. Uruguay reproduce la nueva realidad latinoamericana: regionalismos más cerrados, participación más amplia y desinformada de los ciudadanos en el quehacer del Estado y un progresivo malestar democrático. El problema es que en ese delicado tránsito es obvio que Uruguay no tiene los mismos intereses que el resto de América Latina ni los del MERCOSUR. Mientras el mundo se abre, los uruguayos creemos poder pervivir en una región crecientemente cerrada.

 

Diferenciación soberana real

Empero, hasta ahora, por razones diferentes, los gobiernos han rehusado buscar en la sociedad civil el apoyo necesario para liderarnos: proponiéndonos realmente un camino de diferenciación nacional que nos explique la razón de ser uruguayos. En términos económicos: el diferenciador que motive a los uruguayos a encontrar razones comunes de convivencia y esfuerzo. Yo creo que en esa indefinición de misión constitucional residen los factores principales del riesgo soberano. A esta altura debería ser obvio que Uruguay no tiene un «riesgo país» de sesenta puntos inferior a la de Brasil en una perspectiva de mediano largo plazo según la metodología dominante en el monopolizado mercado de la calificación de riesgo. Su riesgo «soberano» es infinitamente mayor. No es de ahora, pero ahora, Uruguay continúa careciendo de una aspiración de política exterior vinculada a la misión constitucional y, sobre todo, capaz de generar al resto del programa de gobierno datos y orientaciones más útiles. La política exterior no se puede hacer desde el Ministerio de Economía. No sucede así en ningún país apreciado en sus aspiraciones de soberanía. Palocci y Meirelles manejan los equilibrios y auspician el clima de inversión y reforma, pero Itamaratí es el espolón y la fortaleza estratégica de Brasil.

 

Los chinos piquetean la gran muralla

El miércoles pasado los uruguayos nos despertamos con la novedad de que el Banco del Pueblo Chino dispuso la flexibilización del régimen de tipo de cambio fijo, subvaluado e indiferente al resto de las variables económicas y sociales. La novedad no fue la revalorización del 2.1% acotada de ahora en más por la indexación con una canasta de monedas y un régimen de bandas del 0.3% en ambos sentidos. El valor de la noticia, sin embargo no pasa por la mayor o menor «competitividad» del comercio reciproco o el riesgo de la volatilidad potencial de los mercados internacionales de cambio. Lo realmente nuevo derivado de la noticia es, nada más ni nada menos que la confirmación de una hipótesis impresionante: la incorporación ahora más acelerada de bastante más de un tercio de la humanidad a un mundo de obligaciones y derechos compartidos. La decisión china que conmueve al mundo es un hito de exposición más franca de China al mundo globalizado que le impone desafíos inéditos de política para un continente de tradiciones milenarias excluyentes. De ahora en más el gobierno chino deberá acelerar todas las reformas estructurales para que la espita cambiaria abierta no se transforme en un mar de especulación y desequilibrio interno. El sistema bancario, provisional, la estructura del Estado, las relaciones de lo público lo privado, todo está ahora en cuestión y tiene un timming obligado por la señal cambiaria del miércoles pasado. No es cierto que la decisión haya sido «impuesta» a los chinos por Greenspan, Snow o Trichet.. Los chinos tienen sus razones muy propias para definir el tempo de sus cambios. Lo importante es que se concreten y sean sostenibles. Empero, son infinitos los problemas que tienen a partir de ahora los gobernantes chinos. Además de los equilibrios institucionales, aquellos derivados de las mejoras del salario y la capacidad adquisitiva del mercado interno o, algunos nada menores como sus relaciones políticas con sus vecinos asiáticos. Empero, desde una lectura uruguaya utilitaria de la provocación china importa rescatar la aceptación del desafío de exponerse más y competir de acuerdo a normas progresivamente mejores sin especular con expectativas que alientan discusiones confusas. Gran parte de esa apuesta a la exclusión cuasi subversiva que China había alimentado, para si y para el resto del mundo se ha basado en la ilusión de autarquías y voluntarismos que ya no se pueden sostener con guerras, esclavitud y pobreza. *

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