ANALISIS NACIONAL - ¿INOCENCIA O PRAGMATISMO MAYOR EN EL DIALOGO CON DEUDORES?

Las señales del presidente Vázquez

Inesperadamente el Presidente de la República decidió el miércoles pasado que frente a una eventual escalada de movilización de deudores provenientes del sector agropecuario era conveniente intervenir personalmente en la distensión del conflicto.

Con su visita a la carpa instalada frente al Palacio Legislativo y su invitación a la reunión del día de hoy, el doctor Tabaré Vázquez quiso producir una señal potente en relación a cómo iría a conducirse el gobierno de aquí en más en relación a la resolución de temas esenciales.

La línea de acción del Presidente es clara y más allá de las inconveniencias parciales tiene un objetivo principal al cual se subordinan todos los demás.

Ese objetivo es la afirmación de la institución presidencial cómo garantía de hegemonía del gobierno en relación con el resto de los actores y, en particular, de fuerte dominancia a la interna de su propia fuerza de gobierno.

Vázquez tiene un razonamiento muy pragmático frente a la evolución de una situación crecientemente compleja y cuyo desenlace inevitable es el deterioro de los créditos de opinión pública y tolerancia interna.

Esa visión presidencial repara en el debilitamiento institucional heredado, en las propias debilidades de un gobierno apoyado en una fuerza extraordinariamente corporativizada y en la necesidad de ir preservando niveles mínimos de integración nacional y social.

En poco, la crisis natural de los cambios mezclará a perdedores y ganadores de antaño con los del futuro.

La capacidad de manejar esas crisis dependerá entonces de cómo se halle el entorno de la economía, pero sobre todas las cosas, dependerá de cómo lleguen las instituciones a esos escenarios bélicos.

Y sobre todo dependerá del estado de la evolución de la relación corporación/Estado, asumiendo que el Estado es la suma de las instituciones de administración y representación democrática.

El presidente sabe que la evolución de esa relación es progresivamente negativa.

Y, en tanto, va a intentar afirmar el presidencialismo agregando a su propio liderazgo acciones y decisiones que observadas en esta perspectiva son explicables y sólo en esa perspectiva de riesgo, compartibles.

Lo que no quiere decir que sus efectos parciales deban ser considerados.

Entre otras razones para contribuir a que el propio presidente pondere lo más exactamente posible el costo de estas acciones de intervención directa y, pueda, en la hora de decisiones mayores evaluar el costo implícito que tiene el hecho de que un presidente de la República pase por arriba de sus ministros y legisladores, altere potencialmente una estrategia de resolución del tema y vaya a negociar con un grupo de deudores de dudosa representatividad.

 

El costo de lo inexplicable

El Presidente está advertido perfectamente sobre cuál es el costo de ese tipo de acciones tanto como el de la prolongación de una negociación extraña para quien observe este problema del sobreendeudamiento con abstracción del contexto.

Empero, quizás sea positivo recordar alguno de esos efectos que en términos de señales operan sobre las expectativas de los ciudadanos respecto a ciertos temas especialmente delicados en el área del crédito, el ahorro y la inversión.

Ni los ahorristas ni los empresarios y mucho menos las familias están en condiciones de entender la estrategia presidencial como insumo para mantener equilibrios y garantías de estabilidad general.

Es imposible que las decisiones de un ahorrista al fin del vencimiento de sus plazos fijos o de reprogramación de sus depósitos acorralados en la crisis pueda imaginar un escenario de esta naturaleza.

Su racionalidad elemental lo llevará a jerarquizar en su decisión las señales más obvias y explícitas de riesgo.

Ese ciudadano verá a su Presidente negociando con gente que ostensiblemente no quiere ni puede pagar nada y le costará entreverlo en una estrategia más general.

Y aunque lo pudiera hacer no tendrá ninguna posibilidad de imaginar si esa costosa intervención de hoy mejorará o no el clima de seguridad contractual y político general en la cual se definirá ese asuntillo de recuperar sus ahorros en los tiempos y las formas convenidas en el contrato de depósito.

Algo similar o peor sucede con los empresarios con capacidad de mantenerse en el giro frente a la restricción natural del crédito bancario.

¿A qué efectos deberían elaborar proyectos de riesgo con coberturas adecuadas, capaces de agregar valor y proveer trabajo genuino, si el Presidente se empeña en dar señales que nadie puede fundirse trabajando…?

El Presidente conoce los costos de estas acciones. Sabe perfectamente que cada una de ellas impacta sobre la solvencia y las hojas de balances de las instituciones financieras más expuestas a las alternativas de un contubernio permanente de esta naturaleza.

El Presidente sabe perfectamente que de continuar el tratamiento del endeudamiento en estos parámetros la competencia de los bancos oficiales en relación a las instituciones financieras privadas irá haciéndose insostenible.

Quizás en aquella perspectiva de riesgo institucional creciente la estrategia presidencial respecto al endeudamiento sea plausible.

Empero, si es así y se reiterara en los conflictos del cambio, quizás haya que ir pensando en acciones paliativas de otra naturaleza para preservar el crecimiento.

O lo que es peor, habrá que ir pensando en un plan alternativo al programado. *

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