ANALISIS NACIONAL - LOS DEPOSITOS A LA VISTA Y LA DESCONFIANZA

El activismo de la burocracia, la confusión de roles y el dilema del cambista

Ningún ciudadano razonable y, sobre todo, responsable, puede exigirle a este gobierno que satisfaga la enorme acumulación de expectativas sociales con las cuales carga arriba esta transición. Es más, los uruguayos no nos podemos pedir a nosotros mismos mucho más de lo que se ha hecho en este período de cambios que, quizás valga tener en cuenta, no arrancó en octubre ni en marzo pasado.

La transición es un continuo que tuvo un disparador potente en la crisis de 2002 y encadena varios procesos complejos que están siendo difíciles de entender. El cambio de los administradores y representantes que se iniciara en octubre y está finalizando en estos días es tan sólo una parte de esa transición en el reencuentro de los uruguayos con la democracia. El cambio de administración con todo su dramatismo debe ser analizado tan sólo como lo que es, un recambio en la delegación transitoria de las responsabilidades individuales al frente de instituciones muy debilitadas.

Ese cambio, sin embargo, esta rodeado de una enormidad de legitimas expectativas. Los hombres y mujeres que hoy se ocupan de la función pública sufren una presión insoportable porque, entre otras cosas, aquella visión reduccionista de la transición los ha transformado en referentes exclusivos para evaluar, cotidianamente, si este país sigue saliendo del abismo o vuelve a asomarse a sus pretiles. De nuevo la misma falacia del poder: un gobierno de responsabilidades excluyentes rodeado de organizaciones de misión «solidaria» y una población irresponsable en su entorno… No fue así. Y no lo es ahora tampoco.

 

La transición crispada de inmediatez

Relativizar un poco la responsabilidad de la nueva burocracia gubernamental contribuye a tranquilizarnos un poco; y es imprescindible para mantener un campo de visión un poco más amplio. La visión alternativa es demasiado inmediata y agresiva; es la que, acertados o no, reproducen cotidianamente los medios: sumatoria necesariamente confusa de múltiples hechos y datos. Y el primero que debe entender este problema importante de la transición  la brecha entre el momento burocrático y aquel proceso continuo más rico, complejo y dilatado es, precisamente, el gobierno. De otra manera, vamos a perder definitivamente la perspectiva. Gobernados y gobernantes vamos a enfrascarnos rápidamente en una confrontación tan ciega como riesgosa sobre responsabilidades mal planteadas. Incluyendo entre ellas, aquellas que atañen a los partidos enfrascados en una política de roles, de ribetes versallescos en los marcos de pobreza y fragmentación social que soporta esta transición.

Estas reflexiones son obligatorias porque los indicadores más «duros» del riesgo nacional han venido degradándose con una rapidez mayor a la prevista. Entre ellos hay algunos que la población no va a poder entender en el corto plazo por más esfuerzo que este haciendo al respecto. Esos indicadores «duros» son los del dinero.

Un cambista de triste memoria solía decir refiriéndose a su trabajo diario: «vivo tenso porque desde que me siento en este escritorio hasta que me voy en la tarde tengo que ganar, todos los días, sin que además nadie pierda confianza en mi.»

Ese hombre perdió un día y al otro, cuando intento refinanciar su caja ya supo que, además de dinero había perdido la confianza, En ese mismo momento supo que todo estaba perdido y comenzó a diseñar su estrategia para trabajar en los circuitos clandestinos de la Ciudad Vieja. Salvando las distancias de todo orden, el gobierno está enfrentado al mismo riesgo que el cambista. Entre otras razones porque, extrañamente, ha decidido aceptar el juego de timbearse sus créditos de confianza en un activismo cotidiano menor e incomprensible si uno no entiende que esa estrategia de los mil frentes superpuestos en miles de intersecciones complejas. Con tiempos y actores cuya gestión burocrática diaria aspira a ser beatificada todos los días en los medios.

Es más, esa incomprensión de la transición determina que el gobierno haya venido pergeñando ámbitos de participación en los cuales resulta cada vez más difícil administrar lo que es, precisamente, la contradicción principal de la transición actual: la oposición de intereses normal que existe entre los intereses generales y las tan legitimas como insoportables reivindicaciones sectoriales. El gobierno parece inclinado a actuar en ese ámbito reducido de la transición exponiendo sus éxitos principales a la sumatoria de mil actos burocráticas menores transformados en batallas de principios o algo así. Para peor, esa predisposición al activismo multiplicado por la creación de espacios «sociales» comienza a ser percibida como inversamente proporcional a la disposición que tiene el gobierno para afirmar la fortaleza del Estado. Con todo lo paradójico que ello pueda parecer. Este gobierno no tiene mucho tiempo para entender que luego de satisfacer los servicios elementales, la única función intransferible que tiene un Estado fuerte en la modernidad es la reguladora.

Extrañamente el gobierno ha venido sustituyendo los organismos reguladores por esos lugares de encuentro de los administradores con los sujetos que deben ser regulados. En la literatura económica estos espacios se identifican como los ámbitos ideales en los cuales las corporaciones logran no sólo «capturar» al regulador sino destruirlo.

 

No es sano ocultar los riesgos

Hay que decirlo, el balance de riesgo no es exactamente el que publicita el ejecutivo y la conducción económica en este momento. Y el riesgo que supone esta tendencia no puede ser contemplado pasivamente por quienes no sólo tienen en este país una responsabilidad ciudadana común sino un compromiso personal con esa transición, con su pasado y sobre todo con su futuro. Es necesaria la celebración de los éxitos principales: la estabilidad y prolijidad en el área económica, la actual aceleración del encuentro final y justo con la memoria, con los desaparecidos y la explicación del dolor, el principio de algunas reformas estructurales y unas cuantas cosas más. Pero, además, es necesario advertir que algo no está funcionando bien en la inteligencia y las formas de esta transición. Este imperativo surge del síndrome del cambista y si algo faltaba para confirmar ese riesgo que no termina de entenderse, la evolución de la relación de los uruguayos con los bancos seguida a través de los depósitos y el crédito es especialmente didáctica. En los medios hay datos suficientes sobre cómo están evolucionando los depósitos de los residentes en el sistema bancario pero quizás valga la pena resumir el estado de ese indicador duro de confianza esencial para mantener esta transición lo más lejos posible del riesgo de fracturas definitivas de la confianza.[1] *

[1] En los cinco meses previos a mayo pasado el sistema bancario ha perdido un 7% más de depósitos a plazo que los que perdió en los cinco meses previos al acto electoral. Este inédito proceso en la estacionalidad de la confianza de los ahorristas y el calendario político se produce paradójicamente en el momento de mayor seguridad interna del sistema bancario nacional en los últimos cincuenta años.

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