Ganando batallas, perdiendo la guerra
El gobierno posee una estrategia de largo plazo para combatir en esa intersección bélica entre lo viejo y lo nuevo, incluyendo obsolescencias heredadas y otras que el mismo agrega.
En esa estrategia lo nuevo ha venido abriéndose paso y ha ganado batallas importantes. Empero, alcanza que aparezcan incidencias menores, casi insignificantes en su incidencia real sobre el curso de las cosas la reapertura presidencial de la discusión con un grupo de deudores, por ejemplo- para que la confusión se reinstale con sus secuelas, esas si muy prácticas y significativas sobre la confianza. Esa es la batalla estratégica. El gobierno no lo ignora. Empero, no pude o no se anima a concentrarse totalmente en esos puntos neurálgicos de la amplia confrontación. Este es un problema central de la gestión gubernamental y debe ser resuelto con variantes fuertes en la política del Poder Ejecutivo en particular. Esto es anterior a los problemas de la comunicación. No importa mucho cómo comunican los Ministros su gestión sino como se percibe la subordinación de su gestión a la estrategia central. Eso es lo que debe ser articulado de otra manera. Eso es lo que va a ser comunicado naturalmente en los lugares dónde la transición y el cambio necesitan con desesperación más y más confianza.
Maldita confusión
El balance integrado de estos cien días es sumamente confuso para quienes deben tomar decisiones de riesgo. Esta confusión emergiendo de una transición de la naturaleza que vivimos era previsible. Tan previsible como el tiempo que está tiene para ser despejada. El Poder Ejecutivo en sentido amplio debe entender que su labor en este tiempo no es resolver todo lo que no se resolvió antes sino ganar confianza todas las horas de todos los días en una batalla decisiva y contra reloj. Lo demás, realmente, importa menos. Ello no desmerece el empeño para incluir, proteger y reunir la sociedad casi desintegrada y sin afecto alguno. Tampoco el empeño en estabilizar y reformar.
Pero ahora, insisto, las señales de disciplinamiento y buena praxis de gobierno emanadas de la acción de los nuevos administradores no están siendo suficientes. No hay éxito en el área de la economía, de la asistencia social o de la propia apertura política que haya realizado el gobierno en estos casi cuatro meses de gestión que no haya sido neutralizado y revertido en términos de generación de confianza. Esa confianza en suspenso no es la que miden los indicadores de adhesión u opinión del presidente o su gestión.
La confianza que vale y cuesta es la que anima o desanima a quienes tienen que adoptar decisiones de riesgo; comprendiendo en este conjunto a centenares de miles de uruguayos que aún no han ingresado en los territorios de la marginalidad y operan todos los días, de una manera u otra en eso que en este país y en cualquier lugar del mundo se llama mercado.
La gestión en la vitrina
El gobierno ha tenido demasiados éxitos iniciales para que en la cuenta de resultados los resultados sean tan escasos. Este es un problema central que no debe ser soslayado con exotismos reiterados. No es admisible que un gobierno de izquierda emule a los pasados en celebración cargosa de los éxitos y finja demencia frente a las dificultades. Afortunadamente su gestión está demasiado expuesta para intentar eludir la explicitación de las dificultades ¿Es que el gobierno espera que los beneficios del crecimiento o la escasa redistribución de la renta que puede hacerse en estas circunstancias sean suficientes para ganar bienestar popular descuidando la estrategia central y arriesgando por esta vía de multiplicidad de activismo confuso la escasa confianza de los ahorristas e inversores nacionales?.
¿Alguien supone que bombardeando la política monetaria o sugiriendo medidas de intervención mayor en el mercado de cambios se pueda ganar esa confianza?
¿O es peor aún la hipótesis que implícitamente soslaya este tema de la confianza? Quizás alguien suponga que forzando la depreciación del peso, aumentando el impuesto inflacionario, insuflando actividad en algunas áreas obsoletas de la economía o manejando los precios nominales incluyendo el salario, nos topemos de pronto con más ahorro e inversión genuina… Todo el Poder Ejecutivo ha sido advertido sobre la inconveniencia de esta opción; y con exóticas excepciones comprende el dilema. Lo que probablemente todo el Poder Ejecutivo no pueda entender aún es el tiempo que tiene para uniformizar y disciplinar su gestión encolumnando toda la acción de gobierno detrás de lo principal.
La urgencia
Con la excepción de los precios del petróleo y los problemas energéticos, la prolongada transición uruguaya navega en el mejor de los mundos.
Temporalmente se han agregado problemas de competitividad cambiaria, tendencia reciente y que ya ha comenzado a ser revertida por las dificultades que tienen los países vecinos y los propios EEUU de conjugar tipos de cambio altos con inflación baja siendo este un prerrequisito de salubridad vital reconocido por todos.
Los precios de los commodities exportados por Uruguay en particular siguen disfrutando de un momento excepcional y la principal economía del mundo ha aceptado comerse toda la carne que este país pueda producir.
Han caído las tasas de largo plazo y ahora parece suspenderse también el aumento de las tasas de corto plazo, incluyendo las que en Brasil nos complicaban un poco las cosas. El mercado internacional de crédito privado evalúa a Uruguay bajo el riesgo brasileño y le permite, apenas salido del umbral del default financiarse a largo plazo con tasas menores al 10%.
Esa bonanza externa no será permanente y 2006 será un año particularmente difícil, entre otras cosas por cómo se está presentando ya la campaña electoral brasileña. Uruguay depende de ese entorno cambiante y los uruguayos hemos aprendido a incorporar ese riesgo aumentando aún más nuestra adversión tradicional al riesgo.
Anticipaciones
Permanencia de la desconfianza interna y tendencia al desmejoramiento del marco externo son términos de una ecuación cuyo resultado explica la precipitación de una caída del nivel de actividad que tiene múltiples expresiones e indicadores pero que, sobretodo, es claramente percibida por la gente. Todos los indicadores de producción y los últimos conocidos de comercialización indica.
En el deterioro o lo insinúan. Lo mismo sucede con los indicadores de comercialización de activos, bienes y servicios.
En unos días más la superintendencia de instituciones financieras completará la información del conjunto del sistema bancario al término de mayo con los datos de los bancos públicos.
Los disponibles para la Banca Privada indican una recuperación muy escasa del ahorro y menor aún del crédito. El mercado no logra siquiera apelar al uso de instrumentos como el fideicomiso financiero o de garantía para mejorar el financiamiento de la inversión. Esta es la situación y más vale irla explicando, hacia fuera y hacia adentro del gobierno antes que la gente intuya que, nuevamente, se la menosprecia en su capacidad de comprensión de los problemas complejos. *
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