Una espiral de estabilidad y reforma mediatizada por malas hipótesis
La semana pasada se dio a conocer una serie de buenas noticias en el área económica, las que han sido literalmente aplastadas por una sucesión de malas hipótesis y confrontación en temas menores. Sin inflación en mayo, Uruguay ha consolidado una estabilización de precios que ahora se sitúa en el entorno del 5%, eje hacia el cual convergen las expectativas con las cuales trabaja el mercado para los próximos doce meses. La volatilidad de los componentes de algunos rubros de la canasta del consumo imponen cautela. Precaución que no debería desdibujar la trascendencia del dato. En ese marco de estabilidad, el Poder Ejecutivo ha logrado iniciar formalmente la reforma del administrador de impuestos, continuando las frustradas acciones del gobierno anterior y tras las cuales el ex ministro Atchugarry había colocado todos sus créditos personales y políticos. En esa DGI en transformación hay ahora liderazgo en la conducción, créditos, financiación, normas y auditorías para hacer las cosas bien, rápido y con transparencias muy explícitas. De allí deben surgir otros datos que, además, de mejorar la recaudación impacten positivamente sobre la competitividad y equidad del sistema, sobre la confianza y sobre la propia autoestima ciudadana.
La estabilidad consolidada
Hay otras noticias positivas, pero importa detenerse sobre estas dos porque ellas tienen un potencial didáctico capaz de ayudarnos a entender la esencia de esta política económica. Sea esta compartida o no. El problema es entender en qué estamos. El empeño estabilizador es intrínsecamente virtuoso; la inflación es un impuesto regresivo, cruel en su capacidad de discriminar negativamente en mayor medida aún que la montaña de impuestos explícitos que pagamos los uruguayos. La inflación es un instrumento vil al servicio de gobiernos afectos a ajustar los defectos de su política desparramando pobreza. La Constitución y algunas leyes principales han dispuesto los mecanismos para enfrentar ese flagelo. Empero, los uruguayos no alcanzamos a entender la importancia de mantener el poder adquisitivo de la moneda nacional y menos aún entendemos que supone la estabilización como principio de los cambios. Dado lo cual, la inflación ha sido en nuestra historia una espuria manera de ajustar los déficit de la mala política posibilitado por la admisibilidad de sus víctimas. Es natural en tanto que hoy, cuando Uruguay vuelve a situarse entre los países que en el mundo tienen la inflación controlada, los uruguayos tomemos la buena nueva con una patética indiferencia. No estamos en condiciones de vincular esa estabilidad a la mejora de las condiciones de vida futuras.
Estabilización y Reformas
Pero la estabilización es, sobre todo, un disciplinamiento de los grupos de poder, incluyendo a los gestores de la mala política en el Estado. Disciplinamiento imprescindible para que, justamente, el Estado primero y los privados de inmediato se vean obligados a echar a andar las reformas en un país cuyas estructuras productivas y algunas institucionales se caen a pedazos hace ya unas cuantas décadas. La inflación era, además, una buena excusa.
Sería difícil celebrar la estabilización desprendida del emprendimiento de las reformas en un país con los apremios de Uruguay. De allí que sea tan importante que hoy podamos vincular esa afirmación de estabilidad con el principio de operaciones de fuerte transformación. Es imperativo que esta dinámica de estabilidad de precios y reformas sea comprendida en su esencia porque este proceso será enfrentado y combatido en relación directa con la profundidad que este adquiera.
Dicho de otra manera, si la sociedad civil no alcanza a comprender a tiempo el valor de la estabilidad y las reformas comprometiéndose con su éxito, a la larga o a la corta, ese proceso abortará. Este riesgo es apreciado y se descuenta en el presente. Los uruguayos estamos relativamente esperanzados con la posibilidad del cambio pero tememos lo que desconocemos. De hecho, parte considerable de la acumulación que posibilitó la victoria de la izquierda en octubre se fundamentó en la oposición al cambio. Esa anticipación de las reacciones que motivará la ejecución de las reformas, conjuntamente con otros factores, como la incertidumbre cambiaria tiende a aumentar la desconfianza. Esta es una de las explicaciones posibles del enlentecimiento del nivel de actividad que se habría comprobado en mayo. La población advierte que algo nuevo está sucediendo, un poco más allá del discurso público de sus representantes. Y advierte que ese proceso cuya esencia desconoce va a generar confrontaciones inevitables en el corto y mediano plazo. Nace en consecuencia una retracción en la actividad comercial y financiera.
Permanencia de la desconfianza
El comportamiento de los ahorristas sigue siendo extremadamente conservador y el sistema bancario está lejos de poder cumplir su función de multiplicador del dinero primario. Los nuevos instrumentos de facilitación del crédito chocan con diferentes escollos y, en definitiva, el crédito interno no tiene la expansión que podía esperarse. El problema es si esto puede ser revertido en el corto y mediano plazo. Porque si no es así, será muy difícil mantener el crecimiento. Allí hay un problema que el BCU deberá considerar, cuando a fin de mes realice la discusión trimestral de ajuste de su política monetaria. Pero la base del problema de desconfianza no va mejorar con eventuales flexibilizaciones mayores de la política monetaria.
El problema es de confianza en las conductas del nuevo gobierno. Y eso es absolutamente natural. La estabilización no sólo posibilita los cambios sino que su éxito acelera el proceso y coloca al gobierno frente a una aceleración de los cambios. Es natural que la gente sospeche que es más difícil hacer las cosas apropiadas y en tiempo que ganar una elección.
El gobierno parece tener claro cuál es la dificultad y dónde es necesario acumular más confianza. Empero la única manera de enfrentar las dudas que lo cuestionan es mantener una línea de coherencia, ofensiva y comunicación profesional con la sociedad.
Debe haber buenas noticias y ellas deben ser informadas y explicadas de tal manera que, las malas no se fagociten los pequeños saldos de confianza que se vayan ganado. La semana pasada fue pródiga en buenas noticias, pero al gobierno volvió a faltarle convicción para vincularlas y explicarlas. *
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