ANALISIS NACIONAL: ¿SOLO ASTORI VA A EXPLICAR QUE SUCEDE?

Desde el pretil y aguardando la asunción plena de liderazgo

Lo primero es la realidad. Sin conocerla y registrarla los individuos y los países son débiles. La gente y el mundo ya se han acostumbrado a percibirlas en sus compañeros de ruta.

Las opciones son obvias. Uno anda con la gente o, si no puede superar sus debilidades -razón de vida por opción o defecto, que no deja de ser aceptable-, comienza de una manera u otra a evitar los caminos en los cuales anda el prójimo que lo desprecia. A nivel soberano pasa lo mismo. Los países afrontan sus debilidades e intentan corregirlas pidiendo -sólo para ello la ayuda necesaria- o desaparecen. La hipótesis de que es posible, en la modernidad, mantener la unidad nacional, la población y las tradiciones haciendo lo que se quiera, frecuentando cuanto atajo se encuentre por ejemplo, sencillamente no existe. Los países que se evaden de la realidad y no encuentran a tiempo las formas de revolverse contra sus debilidades se encaminan a su destrucción.

Más allá de lo que piensen sus ciudadanos, tributarios de heredades de diferente tipo, el mundo, comenzando por sus propios ciudadanos, los va a percibir así: países que se encaminan a su desaparición. Si este era un presupuesto de principios de la modernidad es ahora, cuando tantos pretenden abortarla con alborozadas celebraciones del acceso a la post, una exigencia aceptada y madura de la especie. En el mundo explotan los flagelos heredados de la vieja sociedad mercantilista, bipolar y comercialmente abroquelada por gobiernos complacientes con las grandes corporaciones industriales.

Esas son las cuentas del pasado y no, precisamente, las consecuencias del presente.

El propio riesgo de la hecatombe recordado diariamente por Palestina no ha impedido que la humanidad confunda los choques naturales de civilizaciones que se van confundiendo en intersecciones más profundas, con su sentido ancestral de realidad. El mundo de hoy no es peor que el pasado. La humanidad convive con los riesgos del cambio, los sufre en guerras localizadas o en la exposición abierta de sus miserias fenomenales. «Ser humano es también un deber» recuerda Savater citando a Greene. Empero, ese mundo cada vez más de todos, va enfrentando con los dolores naturales la angustiosa realidad de la especie. Su empeño es el conocimiento. La humanidad ha privilegiado sus funciones de relación para ir, conociéndose a si misma en su habitat real. Ello, de por si, supone un fantástico espectáculo. Esa es la sociedad del conocimiento y la información. La sociedad en red, es también aquella que afrontando el riesgo fenomenal de reconocerse peligrosamente injusta, no tiene temores de afrontar el riesgo mayor, el de desconocerse.

 

Uruguay y el cambio

Uruguay ha venido, insospechadamente, pugnando por transitar ese camino de todos. Entre aquella sociedad cerrada y soberbia de los 50 a hoy, este país ha venido aferrándose al tránsito de la humanidad. Lo ha hecho con todos los dolores del acceso a un mundo diferente. Resistiéndose a la apertura y frecuentando atajos de toda naturaleza. Pero en la perspectiva de décadas, este país ha sorteado el riesgo de la desintegración brusca en varias oportunidades. Ha mantenido, en cambio, un ritmo de acomodación a esa realidad que, ahora, no se compadece con el que exige el nuevo mundo.

En octubre pasado, y por diferentes razones, los uruguayos coincidieron en explotar hasta el extremos posible los recursos democráticos para tentar una aceleración del cambio. Más que por uno de los programas para implementar ese cambio, lo que decidió el ciudadano fue cambiar sus representantes y los administradores de ese cambio. Comenzando por el Presidente de la República, el máximo representante de todos. A la vez esa sociedad se comprometió consigo mismo para andar más rápido en la modernidad. Ese compromiso es un contrato con la realidad. En el fondo de las cosas, en octubre, los uruguayos tentamos exigirnos de otra manera y, para ello, decidimos probar otro staff gerencial. Vale subrayar, por si no se hubiera entendido aún, que esa opción de octubre no apostó sólo a la pericia de esos nuevos administradores de la cosa pública sino a que, ellos fueran capaces de convocar a todos, sin exclusiones, para un esfuerzo decisivo con fundamentos de realidad. Sin que se confundan principios con programas parciales..

Esa transferencia democrática de responsabilidades es temporal. Los nuevos administradores deben saber lo que sus mandantes intuyen pero no pueden conocer y decodificar con facilidad. La sociedad les pide algo más que probidad y pericia. Les esta exigiendo humildad y firmeza en reconocer la realidad para trabajar sobre ella y no sobre las viejas heredades. Los ciudadanos le exigen eso que parece tan simple porque confían en que los nuevos administradores deberían tener menos compromiso con el pasado que el que tuvieron los gobiernos que renunciaron a convocar a sus representados para enfrentar la realidad y, desde ella, subirse al mundo nuevamente.

En resumen, los jefes reales del cambio son ahora los responsables de convocar a todos los uruguayos a acelerar los cambios. Y para ello, en este país al menos, no hay más remedio que afrontar con humildad las propias debilidades, de los uruguayos y de sus representantes.

 

El liderazgo hay que ejercerlo

Lo previo tiene relación obvia con el delicado momento en el cual la izquierda recorre sus primeros tramos en el gobierno. Esta no es una situación normal, en el sentido histórico. Aquella normalidad nos es reproducible.

O las cosas se hacen bien y rápido o, en poco, los uruguayos arriesgaremos todo el potencial de cambio acumulado con tanto dolor en las últimas décadas. De allí que, si no hay convocatorias más agresivas y verticales a conocer qué es lo que está sucediendo y porque hay una sola hoja de ruta y no dos mil iniciativas sueltas, duela lo que duela, la gente va a generar respuestas que, también, van a ir más rápido que nunca, en una dirección razonable o en la búsqueda de los evasivos atajos. Este es, luego de los datos, el fundamento de una convocatoria al ejercicio del liderazgo fuerte que exige, con urgencias nuevas, el cambio prometido. *

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