Análisi nacional: LA "ALEGRIA PRIMAVERAL" , LAS POSIBILIDADES DE RECOMPOSICION Y EL DESAFIO PERSONAL

La discusión a futuro y nosotros mismos

Ese límite con lo que no se puede amenaza marcar la agenda inmediata de los uruguayos. Todos celebramos los indicadores de la estabilidad y el crecimiento. Muy pocos añoran los desequilibrios. Pero, en general, la sociedad uruguaya no logra construir sus sueños a partir de esas pequeñas victorias.

Cuando lo intenta, como parecería en estos días, ese deseo de cambio se diluye en el regreso a los saberes aprendidos de siempre. Hay un corte notorio entre el regocijo y el entusiasmo actual por las posibilidades del quehacer real en esa zona dura en la cual nos resistimos a actuar. Llegamos hasta ese «wishes full thinkins» intraducible pero cercano a los deseos llenos de ideas; un estadio promotor, lleno de expectativas hasta el límite aquel en el cual el gran estirón presupone una formulación innovadora o una acción arriesgada.

¿Realmente la sociedad habrá perdido su potencial intelectual de cambio y estos momentos de entusiasmo se reducirán al disfrute de estadios más o menos conocidos, en los cuales los desafíos personales no atosiguen en demasía a los individuos? ¿Volverá a detenerse en esos umbrales la aparente predisposición al cambio?

En la historia reciente, el antecedente más notorio ha sido el de la recomposición democrática 84-87. Más vale no recordar la historia. Pero, ahora, ¿cuál es el contenido real de la esperanza y el desbordante optimismo actual? Realmente no creo que eso que todos vivimos y disfrutamos de alguna manera esté vinculado a la alegría que anima a los competidores dispuestos a revolverse contra sus propias limitaciones en los ejercicios previos al inicio de la lid.

Temo realmente que esta alegría primaveral de los uruguayos esté más vinculada a las posibilidades de recomposición que al agresivo desafío personal, que supone la participación de los individuos en el cambio verdadero. Hay unas cuantas evidencias al respecto.

Y todas ellas son explicables. Una es tan ejemplificante como esencialmente riesgosa: esa secular y refleja recurrencia al Estado como santo y seña del cambio. La dominante en la discusión es notoriamente progresiva, y se expresa hace rato en conductas individuales o en la misma lucha por los cargos de una administración cada vez más subsumida y pobre en su confrontación con las corporaciones privadas.

Allí se juega la líbido y el empeño de los políticos. Y, quizás, hasta allí, esa inclinación sea natural. El problema consiste en que ese juego es, de una u otra manera compartido por decenas de miles de individuos con capacidad de incidencia potencial en transformar este momento de optimismo de masas, en centenares y miles de escenarios de cambios reales.

Es allí, en ese vínculo de centenares de miles con sus representantes políticos y sus jerarcas en ámbitos diversos, dónde anida la sospecha de la impotencia. He allí el núcleo cansado, el que no ha completado su duelo histórico y, sobre todo, he allí a los hombres y mujeres golpeados por la represión conservadora, haya sido ésta de derecha o de izquierda. Ese es el eslabón en el cual piensa y trabaja demasiada gente afectada, conciente o inconcientemente, hasta allí, hasta donde anida la conciencia de su enfermedad irreversible.

 

Dominante de lo predecible

En estos dos meses de entusiasmos colectivos hay una discusión que tiene ejes progresivamente dominantes. Uno de ellos es ese movimiento reflejo hacia el Estado y sus salvadoras políticas activas; la propia tranquilidad que supone el recambio de los dirigentes; la expectativa del vínculo automático entre el crecimiento y la redistribución de la renta posibilitado por tal recambio; la predisposición de los organismos internacionales y un entorno propenso a otorgarnos todo el tiempo que necesitemos para hacer las cosas, etcétera, etcétera. En eso está la política y eso es lo que siguen atendiendo los comunicadores. En eso se genera y recrea la discusión de las elites empobrecidas. Pero, ¿quién comienza a decir ahora lo impredecible? Muy pocos.

Pero aún así, aquellos que están dispuestos a asumir los costos de la incomprensión o el agravio actúan fuera de escala, y pocas veces logran articular esa rara impredicibilidad de la idea a una plataforma de ejecución más o menos creíble. Empero, ese es el camino: celebrar y cuidar lo logrado proyectándolo con audacia y duela lo que nos duela en la construcción efectiva del cambio. *

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