Presentan vinos uruguayos en Londres en el marco de una gira europea
Hasta comienzos de los años 90, la viticultura uruguaya seguía tranquilamente el camino trazado a fines del siglo XIX por los inmigrantes italianos y españoles: vinos de mesa producidos por empresas familiares para el público local.
La emergencia de un mercado común de la región, el Mercosur –formado por Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay–, presionó a los productores uruguayos a realizar una revolución de calidad para afrontar la competencia.
Uno de los protagonistas de esta revolución fue el Instituto Nacional de Vitivinicultura (Inavi), organismo público creado en 1987, que financió un plan de reconversión del sector.
Durante una década, las cepas de poca calidad comenzaron a ser reemplazadas por cepas más nobles.
Las instalaciones fueron modernizadas y varias empresas extranjeras llegaron para emprender proyectos de cooperación, provenientes de Francia (Boisset, Hermanos Lurton y Bernard Magrez, presidente del grupo William Pitters) y España (Freixenet).
Combinación de madurez y elegancia
Carlos Pizzorno, heredero de una empresa familiar fundada por un inmigrante llegado desde las Islas Canarias a fines del siglo XIX, participó en esta transformación, al invertir 100.000 dólares para modernizar sus instalaciones y plantar 15 hectáreas de cepas francesas.
«Si quería continuar con el vino tenía que cambiar», dijo el productor, que cuenta con los consejos de un asesor neocelandés y, al tiempo que produce vinos de mesa para el mercado local, exporta vinos de alta calidad más redituables.
Pizzorno pertenece a la Asociación de Bodegas Exportadoras, lanzada en 1999, cuyos miembros intentan mantener una presencia constante en los principales mercados internacionales.
Para distinguirse de otros países del nuevo mundo y de sus vinos bañados de sol, sus productores buscan resaltar las cualidades de la producción uruguaya, marcada por un clima lluvioso en invierno y fuertes calores en verano debido a la proximidad con el Atlántico.
En el marco de esta estrategia, el tannat, cepa originaria del suroeste de Francia, se convirtió en un estandarte para acompañar la carne, principal exportación uruguaya.
La combinación
«Uruguay combina la madurez y la fruta de los vinos del Nuevo Mundo con la elegancia y la acidez de aquellos del Viejo (Europa)», afirmó Daniel Pisano, de la empresa del mismo nombre y presidente de la Asociación de Bodegas Exportadoras.
«Uruguay siempre miró hacia Europa, tenemos las condiciones de producción y de elaboración del Nuevo Mundo, pero nuestro modelo es el europeo», indicó Juan Luis Bouza, que produce vinos de alta calidad –especialmente de cepas españolas como el tempranillo o el albarino– después de comprar junto a su esposa una propiedad cerca de Montevideo.
Todos reconocen que la principal dificultad es pertenecer a un pequeño país que no es conocido en el sector vitivinícola.
«Buscamos ubicar a Uruguay en el seno del mercado internacional, pero para un pequeño país es difícil, no podemos luchar contra monstruos como Argentina o Chile, nos falta buscar mercados nicho», explicó Pisano. Aunque las exportaciones se frenaron por la crisis de 2002, un 10% de las bodegas del país –una treintena de las 300 registradas– prosigue sus esfuerzos. Este jueves 23 sus representantes darán a conocer sus vinos en Londres en el marco de una gira por el Norte de Europa.
En 2003, el principal mercado fue Brasil (62%), seguido de Gran Bretaña (5%), Francia (4%), Bélgica (4%) y Estados Unidos (5%), por un monto de entre 5 y 6 millones de dólares. *
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