Progresismo, gobierno y poder
En tanto unos la descartan por dura, compleja y hasta dolorosa. Otros, en cambio, profundizan en ella porque, abstraídos de los condicionamientos e imperativos que imponen los afectos, saben que según sean de ahora en más las relaciones del progresismo y el poder variaran precios relativos, rentas y también mayor o menor pobreza.
Tal vez deberíamos recrear algunas de las discusiones de los sesenta. La crisis, en toda su dimensión estructural, ha destruido capital de toda clase y referencias básicas, valores incluidos.. Frente a un cuadro similar muchos escalones debajo del actual- la sociedad comenzó a padecer en aquellos años problemas muy nuevos cuyas soluciones no estaban disponibles pero que, al menos, se explicitaban con más claridad que en la actualidad. El riesgo institucional, por ejemplo.*
Pero volvamos al punto: una de esas discusiones refería a las relaciones con el poder y el gobierno, en una perspectiva utilitaria, operativa, de lo que en aquel tiempo eran las fuerzas originarias del progresismo de hoy.. Como era natural, con la perspectiva de cuarenta años después, al igual que entonces, los problemas actuales de la aproximación al gobierno no sólo vuelven a distraernos de la discusión principal la del poder-, sino que, de pronto, nos encontramos con toda la acumulación de las fuerzas del cambio orientadas a consolidar por defecto del método y elusión de la discusión principal- precisamente, ese poder. El poder real se caracteriza por no ser fácilmente perceptible desde las comunidades sobre las cuales actúa. ¿Porqué para los uruguayos su identificación precisa debería ser tan simple? Por lo contrario, ese poder es cada vez menos perceptible, suma compleja de grupos económicos y de colectivos usufructuarios de ventajas insostenibles ya para el país. Ese fue el poder que impusó la dictadura. Ese fue el poder que reaccionó también cuando la dictadura ya había cumplido su papel. Ese fue el poder con la cual debió emerger el progresismo lastimado. Igual que en Argentina en el inicio de los ochenta o en Brasil votando la Constitución del 88. Paradójicamente, de allí en más la lucha de reconstitución democrática se articuló funcionalmente con la del mantenimiento del poder real.. Este fue cada vez más dominante y el progresismo ya no pudo avanzar en la identificación y la confrontación del poder real, aquel que durante un medio siglo largo se alimentó de la desgracia social y de la destrucción de la inteligencia colectiva. Esa bestia parda, ese poder ignoto, fue afirmándose detrás de los vidrios esfumados que logró construir y tras los cuales la gente se fue sumiendo en la pobreza, en el exilio y, sobre todo, en el combate con los fantasmas.
La renovación en cohabitación
Ahora tenemos el fenomenal problema de cómo utilizar la oportunidad de la renovación, de un cambio de gobierno, de hombres y mujeres que nos han representado mal-, pero ya no en el camino hacia la modificación de ese poder real que os ata sino, paradójicamente, en una cohabitación al borde del abismo.
Hace un buen rato en este país la gran especulación del capital de riesgo se concentra en saber si la renovación en el gobierno será capaz de enfrentar un poder que no sólo no ha sido dañado sino que, en este ínterin de lucha del progresismo por el gobierno, se ha consolidado y emparentado incestuosamente con los promitentes gobernantes. Ese es el dilema de unos y la obligación de otros. Como se ve el capital de riesgo vuelve a concentrarse en lo más urgente y decisivo.
Ese poder…
Inmersos en esta reflexión se entiende mejor que era aquello que decía Luis Eduardo González cuándo unos cuantos años atrás en un recordado Hoy por Hoy reflexionaba sobre la existencia en Uruguay de un «poder demasiado extendido». González intentaba traducir o socializar su convicción sobre la saturación de la «sociedad fuertemente integrada» que Real de Azúa celebraba sin percepción de riesgo aún. Esa saturación de integración desparramó poder asociado a la capacidad de competencia por renta en las cuales se fueron especializando las corporaciones.
Esa fue una respuesta y una consecuencia del acelerado deterioro de la calidad de la representación política. De allí que los que compran caros análisis de riesgo soberano para especular en mejores condiciones en pro del rendimiento del capital que administran coincidan en dictaminar:
a) Que Uruguay permanece al borde del default más allá de sus nuevos y precarios equilibrios físcales;
b) Que el país se apresta a jugar su última carta, la renovación política.
c) Que el país tiene posibilidades escasas de desarticular las relaciones de producción y poder que lo debilitaron y lo expusieran a riesgos demasiado elevados;
d) Que, eventualmente, la renovación del gobierno cerrará una etapa demasiado prolongada y oscura, después de lo cual, tal vez pueda reiniciarse aquella discusión dejada de lado: la del poder real y su confrontación en democracia.
La razón mayor de la especulación actual consiste en adivinar la capacidad que tendrá la renovación de volver sus armas sobre el poder que ata y regenera pobreza de todo tipo, aunque para ello deba disparar a ciegas en esa habitación en la cual convive con un monstruo cuya sangre no le es totalmente ajena.
En síntesis, podrá o no el progresismo ya en el gobierno enfrentar la displicencia de un funcionario que además de sus reacciones burocráticas se debe a su corporación antes que al ciudadano? Podrá…querrá?
* El riesgo «institucional» no debe ser asimilado simplemente a riesgo de quiebre formal de instituciones, al estilo de golpe de Estado. *
Te recomendamos
quejas
Empresarios reclaman ante OIT que Consejos de Salarios no fijen las condiciones laborales
La inclusión de Uruguay en la lista negra de la OIT (ya había ocurrido en 2019) responde a una queja empresarial por la ley de 2009. Mientras el gobierno la califica de “desmesurada”, el ministro Juan Castillo destaca el valor del diálogo...
Compartí tu opinión con toda la comunidad