ANALISIS NACIONAL

Ahora la desconfianza es más inteligente

Esos datos tienen que ver fundamentalmente con el mercado de trabajo y, en particular, con un número: 120.000. Esos son los empleos que según la encuesta regular de Bloomberg deberían haber sido creados en el mes de febrero.

Si la creación de empleos anda, efectivamente, por allí, otros datos conocidos en los días previos  aumento de la demanda industrial y disminución de la productividad del trabajo actual  se potenciarán y, probablemente, habiliten decisiones inmediatas de la Reserva Federal induciéndola a aumentar sus tasas de interés básicas. Descontando esa probabilidad de aumento del interés que van a pagar las colocaciones en dólares, en los últimos cinco días la moneda norteamericana se ha valorizado frente al euro en proporciones inusuales: 6%.

Si ello se concreta, el mundo volverá a un período de aumento de la iliquidez y el costo del dinero, estadio que abandonara a partir de año 2000, momento en el cual la disminución de las tasas fue uno de los instrumentos con los cuales el gobierno norteamericano enfrentó la crisis.

Uruguay

Las condiciones para trabajar en un mundo de dinero caro no son las mismas de otrora. Empero, desde el ángulo de los países periféricos con problemas endémicos de financiamiento, con bajas tasas de ahorro e inversión, las consecuen- cias son obvias: aumento de las tasas internas, dificultades agregadas de financiamiento del país  y, en tanto, de sus empresas , aumento del riesgo financiero y, particularmente, enlentecimiento del crecimiento.

Antes de que esto se produjera, Uruguay ha venido teniendo que aumentar sus tasas de interés debido a que en el temor a un recrudecimiento inflacionario, la política monetaria ha debido ofrecer tasas de interés más elevadas, para que el sistema financiero consienta en dejar sus excedentes financieros al cuidado del BCU. Pero, además, y esto es lo principal, el precio del dinero en Uruguay ha venido elevándose por encima de las tasas medias de la región y en atención a variables de riesgo propias, que no tienen que ver con la perspectiva de cambios importantes de política, sino  obsérvese la paradoja  con el mantenimiento de lo actual: economía cerrada, corporaciones con elevada capacidad de lobby, debilidad de garantías, etc.

Bajo potencial de cambio en lo esencial

La población ha asumido que Uruguay es un país con bajo potencial de cambio. Esto quiere decir que la diferencia entre lo que creen las grandes mayorías que debe hacerse y lo que se hace es, básicamente, mínimo. Pero lo más interesante es observar que grandes sectores de población con incidencia en la actividad comienza a darse cuenta de que es preciso cambiar cosas bastante más difíciles que la política económica. Todas esas cosas están, de una u otra manera, vinculadas con la libertad y la responsabilidad individual y, complementariamente, en esa zona de confrontación que, en general, los uruguayos asumían que existía pero no sabían cómo identificar y defender. Esa zona de confrontación, de percepción nueva, toca ahora más frontalmente la discusión sobre Estado regulador vs Estado productor, o Estado regulador vs. corporaciones empresariales, gremiales, religiosas, etc.

Hay que observar simplemente cuáles son las jerarquías y énfasis puestos por los partidos en sus nuevos programas, para coincidir que ni estos temas ni aquellos que refieren a la consolidación de las garantías son prioritarios en ninguno de los programas insinuados hasta ahora en el inicio de la campaña electoral.

Comportamientos desconfiados

Empero, la desconfianza es ahora más inteligente. Supone la existencia de una población más advertida que, por ejemplo, cuando puede ahorrar un peso, lo transforma en dólares y lo coloca debajo del colchón o en las cuentas a la vista de un banco. Advertida e inteligente, aún en la comprensión de que entre dejar sus ahorros expuestos a mínimos riesgos en esos lugares inseguros o gastarlos, prefiere esta última opción (explicación tentativa, además, de por qué ha aumentado tanto la demanda agregada en los últimos meses).

Por ahora, esa población más advertida y cauta no tiene ofertas de diferenciación política y liderazgos tras los cuales pudiera imaginarse pudiera recomponer su confianza. Ese conglomerado nuevo de gente, que ha madurado en el temor, probablemente tendrá comportamientos de demanda de mayor calidad de representación política. Ojalá que esta hipótesis fuera real, porque entonces, quizás, los políticos con más interés real en el cambio fueran más enfáticos en la oferta de aquellos valores hoy inexistentes en la programación de los partidos políticos uruguayos.

Este cambio sí sería absorbido de inmediato por el mercado, y allí surgiría probablemente el principio de una transición más ordenada y menos costosa. *

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