La izquierda y la recuperación de activos
De a poco, a la uruguaya, se va conformando el escenario en el cual se completará el proceso de realización de pérdidas que comenzara no hace mucho y que aún dista de ser completado. Esto implica la distribución particular de una pérdida del ingreso nacional que se aproxima a los diez mil millones de dólares. A veces es bueno bajar los números a formatos humanos: si la distribución fuera aritmética y afectara a los dos millones de uruguayos mayores de 14 años, cada habitante debería contribuir con unos cinco mil dólares para liquidar la cuenta. En realidad este proceso se ha venido cumpliendo desde 1999 a la fecha. Hay datos suficientes para saber que la pérdida ha ido absorbiéndose con suma desigualdad, discriminando no sólo según riqueza sino, por nivel de corporativización que cada uruguayo posea. También sabemos que, llegado ese proceso a los umbrales de los sectores más corporativizados, este se ha enlentecido. Allí, en ese umbral de lo individual/corporativo se ha establecido la resistencia de aquellos grupos de ciudadanos que argumentan su derecho a no pagar sus deudas.
Lo de siempre ahora
Hay sectores y corporaciones especializadas en el método. En esas corporaciones y cerca de ellas hay individuos que conociendo la permisibilidad histórica del Uruguay respecto al pago de deudas corporativas, se han especializado en especular con estos escenarios de postergación infinitas de cobros de adeudos. Estos especuladores no son pocos.
Ellos no reinvierten sus excedentes de capital en financiamiento de su propia inversión, ni realizan previsión de años malos con capital propio, ni apelan a ningún mecanismo de seguro que les permita compensar eventuales pérdidas. Por lo contrario, en los procesos de expansión económica apelan al crédito, oficial o privado, mientras derivan sus excedentes hacia áreas alejadas de su negocio. Junto con ellos van los otros; los que se caen realmente del proceso y apelan honestamente a la solidaridad social. Pero estos, en este país, ya son los menos. El método es dominante y comprensivo.
Cuando llegan épocas como estas, ese método funciona espléndidamente: simplemente utilizan al sistema político para que éste por la vía de diferentes mecanismos traslade al conjunto social las deudas de los más corporativizados. Esta es una de las características más corrientes y terribles de estas crisis que, cada tanto, se instalan en estos países tan graciosos.
«No se puede…»
Empero, todo tiene un límite. Y ahora, esté método es muy gravoso de aplicar en un Uruguay empobrecido y habitado por ciudadanos más atentos. Pese a ello se intenta. Con enorme originalidad aquellos viejos especialistas de la elusión permanente logran explicarnos cada tanto porque no es conveniente cobrar las deudas. En general, hasta ahora, los uruguayos eramos generosos y solidarios. Ahora empezamos a entender en el dolor. La sociedad comienza a resistir que las corporaciones y los especuladores rompan los contratos con la facilidad de antes. La ciudadanía ha mutado con el susto. Pero además, al decir de Alfredo: …no se puede.
Los fondos, decisivo
Si hay algo vital actualmente para la conformación de cierto estado de garantías en la transición es lo que ha de suceder con el cobro de los adeudos bancarios cuya gestión será tercerizada en breve.
Este es quizás, el tema más decisivo pensando en la estabilidad financiera, política y social en la cual se dirimirá la confrontación electoral. Paradójicamente, la izquierda que tiene un interés particular que la transición y los primeros tiempos de su eventual gobierno se realicen en estadios de cierta estabilidad es, precisamente, la abanderada en la defensa del método corporativo.
Sin visión alguna de qué es realmente lo que se esta jugando en la batalla de los fondos de recuperación de activos, la izquierda se coloca en línea con los deudores. Siempre lo ha hecho. Pero el problema es que, además, lo hace ahora. En un momento especial dónde cada pronunciamiento, cada actitud suma o resta elementos decisivos.
Decisivo por la estabilidad y decisivo para quienes mañana probablemente ya no van a poder defender el método (y su propiedad lograda con este tipo de especulaciones) con sus habituales referentes políticos.
En concreto, en los días más delicados de aquel proceso de realización de pérdidas, cuándo hay que cumplir las leyes con las cuales, hace muy poco, los legisladores diseñaron una salida funcional a la crisis… justo ahora cuando cada actitud vale más que diez programas, la izquierda se opone a completar en derecho ese proceso de realización de pérdidas.
Coincide con blancos y colorados en crear otro engendro extraño y dependiente de la política para administrar carteras que el BROU necesita cobrar porque en caso contrario habrá que asistirlo nuevamente. Y habla por los deudores corporativizados de los bancos liquidados para trabar la única solución apta para encauzar el cobro de adeudos antes que nuevamente, una crisis bancaria le estalle en la cara a quién aspire a ser gobierno en unos meses más.
Es más, la minuta de comunicación en la cual se le pide al gobierno que considere la posibilidad de incluir en el fideicomiso del BROU aquellas deudas que los deudores de la institución mantengan con instituciones privadas es algo así como una convocatoria al delito; ni más ni menos que una invitación a que en el futuro se deje de pagar al República dado que con esto estos deudores pudieran arrastrar al BROU sus carteras siempre más expuestas al cobro llevado adelante por un privado.
Además de crisis, esto determina una estrategia inmanejable internamente para la izquierda en el futuro próximo. Este será, además, un instrumento que la derecha va a utilizar nuevamente en los momentos decisivos.
En general la izquierda parece no reconocer que, ahora y a diferencia de 1999 hay más ciudadanos atentos, asustados y empobrecidos a los cuales hay que asegurarles que no van a tener que pagar su cuenta y, además, la de los otros. *
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