En dos años la carne se encareció 2,6 veces y el salario cayó 23%
Los frigoríficos están haciendo un muy buen negocio con esta administración. En plena crisis de aftosa lograron que el gobierno negociara con Argentina (en realidad fue un pedido de SOS) la venta de asado que era imposible de vender en el exterior por su componente de hueso. Y lo lograron. Argentina se apiadó y compró en el orden de los 8 millones de dólares. Luego se fue recomponiendo la situación merced a lo realizado por los productores y a las negociaciones del gobierno, sobre todo con su par de EEUU. Una vez que recuperamos el estatus de país libre de aftosa con vacunación, los precios que estaban muy deprimidos en el orden de los 900 dólares la tonelada comenzaron a recuperarse. Hasta ese momento, comer carne en Uruguay era barato, la industria colocaba poco en el exterior y barato y por lo tanto los precios en el mercado (para poder lograr colocar una mercadería que podría eternizarse en las cámaras) eran accesibles.
La apertura de mercados rompió el idilio y generó un proceso de suba que fue imparable. Ya en enero de 2003 el kilo de la media res de novillo se pagaba a $32,53 es decir un $100 más cara que en enero de 2002.
Un año después, a $49,26 el kilo, pocos pueden creer en los precios de 2002.
Argumenta la industria que vende todo en el exterior y a muy buen precio (el promedio en realidad no es tan bueno, y alcanza a unos 1.250 dólares la tonelada).
El subsidio popular a la exportación
Con esos precios internacionales, es más negocio exportar puesto que no sólo no se pagan impuestos internos sino que además se recibe un 5,5% de devolución por parte del Estado como estímulo a la exportación. En pocas palabras, la población subsidia un plus en la ganancia al frigorífico. Nadie puede pensar que exista interés en vender en el país en estas condiciones, pero existen algunos cortes que no se colocan fuera del país (o a lo sumo de la región, como el asado), así como mercadería que por distintos motivos no reúne condiciones de calidad para exportar y se debe entonces colocar en el país.
Como el consumo ha descendido enormemente, los carniceros para no cerrar sus negocios decidieron importar carne de Argentina y/o de Brasil, ya que es mucho más barata. Al 30 de enero, el kilo de novillo en Río Grande se cotizaba a 0,60 dólares el kilo, en Liniers a 0,58 dólares y en nuestro país a 0,79. Los estudios realizados les permitieron concluir que podían abastecer al mercado montevideano con carne 30% más barata que los precios actuales a fin de intentar revertir una caída en el consumo fuera de lo común.
En efecto, según cifras de INAC, en noviembre se vendieron 4.300.000 kilos de carne bovina en Montevideo contra 7.042.283 de noviembre de 2001, es decir un descenso de 49%. Las cifras de diciembre, según aseguran fuentes de la gremial de carniceros, el descenso fue mayor.
Ello ya ha provocado el cierre de casi el 15% de las carnicerías que había el año pasado y, si nos remontamos a las 1.200 de la época de los 90, las casi 600 actuales quedan como testigos de una crisis sectorial muy grande y un descenso terrible en el consumo de carne por la población. Según el consultor de la industria frigorífica Alfredo López, el consumo de carne por persona-año en el país ha descendido de 65 kg por persona a 39, lo cual nos pone 4 o 5 kg por encima del nivel del consumo de los países en desarrollo (o pobres) no productores de carne.
Pero también existe otro drama. Si se tiene en cuenta que una pequeña carnicería con una superficie de venta de entre 30 y 40 metros cuadrados exige una inversión que no baja de los 40.000 dólares y que una de tamaño intermedio no se puede montar con menos de 100.000 dólares, las pérdidas en capital ocioso son cuantiosas.
Pero existen otras más difíciles de cuantificar como la desaparición de aportantes a la DGI y al BPS, así como la anulación de grandes clientes de las empresas del Estado, en especial UTE y OSE. Téngase en cuenta que una pequeña carnicería tiene un presupuesto mensual de electricidad del orden de los $5.000. Súmense a este panorama las fuentes de trabajo perdidas.
Nada de esto conmueve al gobierno.
La petición de importar carne, hasta el momento, oficialmente no ha sido denegada. Probablemente no lo sea nunca. Pero lo real es que a la industria no le sirve que se importe carne ya que surge un competidor nuevo en un mercado del que se ha apropiado y que al decir de un carnicero «el abasto interno le sirve de caja chica a los frigoríficos».
Mientras tanto, las perspectivas de que baje el precio de la carne no son reales, la Consultora Seragro también coincidió en que «el precio promedio de la carne exportada no tiene por qué bajar, del mismo modo, la que se vuelca al mercado interno, sigue el mismo camino».
El gobierno, que con otros productos ha anunciado que abría la importación para atemperar los precios internos que consideraba elevados, en esta oportunidad no ha recurrido al mismo mecanismo. O no le interesa el precio de la carne al consumidor uruguayo, o tiene razón el senador Korzeniak que desde estas páginas sostuvo que «existen dos grandes grupos en la industria frigorífica que no necesariamente representan a dos plantas sino que pueden hacerlo y de hecho lo hacen, nuclean a varias de ellas, que conformaron un oligopolio que fija las reglas de juego en el mercado interno y tienen influencia en el gobierno, uno de ellos estuvo muy ligado a Jorge Batlle en la campaña preelectoral y aparece como el Frigorífico Carrasco». *
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