El desafío americano recreado
El conocimiento de lo realmente nuevo en proceso y la capacidad de discutirlo sin que esas cosas sean fagocitadas inmediatamente por la política es uno de los desafíos más importantes de esta transición de la cual nos ocupamos con cierta desesperanza. Luego vendrán las leyes siempre consecuentes y un poco después los asuntos relativamente tribales; entre ellos los económicos.
Así que lo esencial consiste en forcejear para que esta transición uruguaya no sea inundada por temas ajenos a esa dimensión de cambios interplanetarios. El riesgo mayor para una joven República es desencajarse de ese proceso dinámico de información-comprensión-discusión-comunicación-discusión, de lo realmente nuevo.
Lo nuevo desde muy lejos
Y lo nuevo, inevitablemente, surge de afuera. Y eso nuevo, también inevitablemente, refiere a las nuevas relaciones que los hombres van construyendo para sortear los riesgos del holocausto.
Los últimos datos de la realidad económico política internacional son suficientes para habilitar una inquietante hipótesis de reflexión. Antes de lo esperado y en velocidades desconocidas el mundo va consagrando el triunfo indiscutido de la democracia formato occidental y, paralelamente, vive con angustias no declaradas un realineamiento del potencial de decisión mundial que ya los EEUU no pueden manejar como antes. Importa recordar que se trata de una hipótesis, pero una hipótesis que el mercado está incorporando rápidamente. Por si fuera poco ahora el mismo FMI la acaba de documentar en un crítico informe publicado el miércoles pasado en el cual se advierte sobre el riesgo de insolvencia de su principal socio. Pero en un mundo que comienza a valorar la importancia del riesgo en la definición del presente, la mera insinuación de esa posibilidad incapacidad norteamericana de corregir su crisis estructural genera una novedad insoslayable para la conformación del presente. Sobre todo si esa hipótesis no es tan sólo un ejercicio intelectual más, sino que ahora, esa proposición aparece legitimada porque los mercados comienzan a manejarla. Y por si faltara poco, la dilución potencial de hegemonía norteamericana es una apuesta que está generando ganancias considerables a quienes especulan con ella. Los datos principales: la devaluación del dólar y en tanto de la capacidad de compra del salario de los norteamericanos; la profundización de los déficit presupuestales y, sobre todo, la incapacidad de abrir la economía al comercio de bienes y servicios. En síntesis, el temor o el motivo de especulación actual de los mercados consiste en develar hasta dónde «América» ha perdido las bases de su confianza en la competencia, nada más ni nada menos que la garantía constitucional original que asombrara en su tiempo a Tocqueville o que ciento cincuenta años después invitara a Rawls, descontándola, a intentar conciliar liberalismo y socialdemocracia en su recreación del optimismo histórico norteamericano. Nozick, Fried y Sen entre otros, confrontan el optimismo ralwsiano desde una visión más escéptica y beligerante. No es posible ya imaginar un tránsito más o menos afable desde el derecho hacia la justicia reconociendo la virtud de la competencia e intentando normar la permanente reincorporación del marginado a las condiciones de partida de la competencia. Con este escepticismo, derechas e izquierdas poblaron de construcciones bárbaras la posguerra. Hasta ahora. Ahora ya estamos en otra cosa y eso nuevo vuelve a ser sugerido por los mercados.
Paradigmas
La hipótesis de trabajo más dinámica ya no es aquella con la cual se construyeron los EEUU, aquella con la cual especularon con éxito los mercados durante el siglo XX. Aquello era el exitoso paradigma norteamericano de los dos últimos siglos triunfando nuevamente en competencia abierta luego de los 50. Ahora la sospecha y la paradójica especulación actual del mercado estriba en que la victoria ideológica y práctica de la democracia más su extensión universal está desdibujando bruscamente el diferencial de éxito «americano». Ahora la especulación se juega en los resultados de los modelos de predicción de riesgo que trabajan sobre la sustentabilidad de largo plazo de otros territorios y culturas que, lejos de contrariar el modelo norteamericano original, lo aceptan buscando prevenir en el origen mismo de su desarrollo, la aparición de los defectos que poco a poco fueron transformando el paradigma norteamericano en un modelo de conciliación defensivo.
Estos son algunos de los temas que más rápido que lo esperado se precipitan sobre los mercados y promueven datos y cifras asombrosas. Las del dólar y los déficit por cierto pero sobre todo, otras más significativas. Un poco después que los administradores de Fondos comenzaran a retirar capital de los EEUU, Stanly Fischer y el Banco Mundial repararon ese cambio de escenario reconociendo que la ubicación de los polos dinámicos de la economía internacional se ubican en China, India, Pakistán, Chile. En esos países habita el 40% de la población del mundo y su ingreso per cápita sin Chile oscila en rangos de U$S 2.000 – U$S 3.000, diez veces menos que el norteamericano. El crecimiento de los últimos veinte años en China e India oscila entre el 5% y el 7% acumulativo anual, tres veces más que el norteamericano. Pero, además, allí se producen dos fenómenos tan inquietantes como removedores: la afirmación institucional y democrática progresando en línea con una acelerada apertura y liberalización de los mercados. El segundo fenómeno obliga a pensar en el criticado igualitarismo ralwsiano ahora desde experiencias masivas producidas en la periferia del sistema: la mejora de la distribución del ingreso y el avance hacia la equidad es fantástico.
Otras regiones del mundo parecen haber dejado de buscar atajos. Importan tecnología institucional de los EEUU con costos enormes para sus culturas tradicionales. Concilian institucionalidad y derecho y competencia con religión ayudados en estos casos por la dominancia religiosa común. La virtud es la ambición del Smith moralista antes que economista. Las bases del desarrollo no surgen ya de políticas de industrialización forzosa ni de académicos paradigmas de distribución. Son la consecuencia de una afirmación institucional con tecnología económica elemental. Auxiliada, nuevamente, por el disciplinamiento religioso «no ganaré el cielo porque me lo proponga sino porque lo merezco, yo, aquel pobre a quien esta vida no le promete nada como no sea la invitación a competir».
Dos Uruguay y una sola pregunta
Ojalá que estas líneas activen una reflexión uruguaya que no sea sólo aquella que ahora atosiga a los administradores nacionales de fondos financieros. Los problemas para las grandes mayorías rebasan ampliamente la pregunta de algunos corredores de bolsa: ¿y si llegara a aceptar que los EEUU no pudieran defender realmente su moneda en la competencia de mediano y largo plazo, que les debo decir a mis ahorristas e inversores…? *
Claves
Datos del mercado norteamericano
Profundización de los déficit. Caída del dólar y el salario, fuga de capitales, incapacidad del Ejecutivo de disciplinar la política y abrir la economía realmente.
Hipótesis de dilución de hegemonías
Los problemas ya no son sólo de pérdida de competitividad sino de pérdida del diferencial original La competencia emergente no busca atajos. Esos países importan tecnología institucional porque dispone de elementos comunes con el modelo americano original: el disciplinamiento religioso por ejemplo.
Angustias
Los
administradores de capital no pueden obviar esta visión de riesgo.
Oportunidad
Quizás sean posibles aproximaciones nacionales a la reconstrucción del optimismo comenzando por dolorosos cuestionamientos básicos. La disminución del riesgo es un ejercicio prospectivo que debe resolver un problema esencial: mejora o desmejora el potencial de cambio para poder ubicarse en ese nuevo mundo.
Vínculos nacionales
Uruguay tiene dos formas y dos ámbitos para trabajar en esa línea: una, la del mercado que ya trabaja en esta dirección; la otra es incorporar esta discusión al quehacer político y cultural.
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