"La crisis bancaria era previsible pero no inevitable"
Existen elementos estructurales y coyunturales a los que se atribuye la crisis bancaria que ha sufrido el país.
El análisis del Instituto del PIT-CNT, dirigido por el economista Daniel Olesker, comienza por destacar en primer lugar la persistencia de una crisis productiva que en 2002 ingresó en su cuarto año consecutivo de recesión. A juicio de los técnicos, partiendo que el gobierno estimó que para fines de 2003 la caída del PBI acumularía un 23% en términos reales, ello afectaría la calidad de la cartera de créditos de los bancos y pondría «en duda su solvencia».
A esto debe agregarse el «explosivo» crecimiento del déficit fiscal en el 99 (4,5%), y «su rigidez a la baja en los años siguientes» pusieron en cuestión la capacidad de pago del país, en definitiva, debilitando la capacidad de asistencia del Estado al sistema financiero.
Pero también se incorporan factores implícitos al sistema en el estudio, entendiéndose que se terminaron de pagar los pecados cometidos en la salida que se le encontró a la crisis generada por la ruptura de «la tablita».
Hay que recordar que el Estado compró carteras prácticamente incobrables y que hubo sectores productivos que quedaron con un alto nivel de endeudamiento (los agropecuarios, por ej.) y que lograron superar el problema a través de sucesivas refinanciaciones.
«Esta forma de salida implicó el poner de manifiesto la existencia de un seguro implícito de depósitos ante las crisis de solvencia, por el cual el Estado asumía los costos de salvaguardar los derechos de los depositantes», afirma la investigación.
Pero también se apuntan otras causantes como la elevada dolarización del sistema, que «ante la caída de las reservas internacionales y la persistencia del déficit fiscal, cuestionó la posibilidad del Estado a cumplir con el rol de prestamista» y la baja productividad del capital financiero que priorizó las líneas de crédito al consumo y capital de giro. En definitiva no se apoyó al sistema productivo.
El clientelismo
Un sexto elemento, aunque no menor, ha sido la «consecuente» práctica del clientelismo político en la banca estatal bajo sus dos acepciones: nombrando como jerarcas bancarios a legisladores fracasados y gestionando la cartera de acuerdo al color político del solicitante.
La elevada exposición del sistema bancario al riesgo argentino, es otro elemento que no se puede obviar como un catalizador estructural y coyuntural así como las fallas que quedaron en evidencia en la red de seguridad del sistema (desde la falta de independencia del BCU con respecto al poder político hasta problemas estructurales serios como las fallas en la regulación y la supervisión).
Para el Cuesta Duarte, todos estos elementos hacía que la crisis del sistema fuera «previsible aunque no inevitable».
El momento
Los factores coyunturales determinaron el momento pero no son las causas de fondo como predica insistentemente el oficialismo.
Nadie puede restar incidencia a la imposición del corralito argentino que les llevó a retirar los depósitos que tenían en nuestro país.
También jugó su papel la aceleración de la devaluación dispuesta en enero de este año por Bensión y, sobre todo, la adopción de la flotación cambiaria el 20 de junio que determinó una maxi devaluación.
Sumémosle la creciente dificultad para acceder a los mercados financieros internacionales y las fallas en la seguridad como el otorgamiento de licencia bancaria plena al Banco Galicia Uruguay y la incapacidad para evitar los desfalcos o fraudes en los bancos Montevideo y Comercial.
Finalmente, se afirma que existió una clara «inoperancia del sistema político» y muy en particular que «el Poder Ejecutivo no fue capaz de ejercer una posición de liderazgo para enfrentar la crisis», carencia que continúa manifestándose en estos días. *
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