Simplemente clásico
Cientos de frases hechas se leerán y escucharán por estas horas intentando explicar lo que representa un partido clásico. Siempre es difícil definirlo en términos ajenos al lenguaje del fútbol, máxime aún cuando se trata de los dos equipos más laureados del fútbol más premiado del mundo.
Nunca importa quien llegue más arriba o más abajo en la tabla de posiciones, y ni siquiera – como en este caso – importa que el resultado del partido pueda resultar intrascendente para la definición del torneo, porque un tercero en discordia está a punto de quedarse con el cetro.
Importa solamente ganarle al de enfrente. Importa salir victorioso ante el rival de todas las horas, aún cuando esto no sirva para ser campeón; valga la aclaración que ganar el clásico implica evitar que el rival siga con chances.
Por la forma particular que el pueblo uruguayo tiene de vivir el fútbol, es que estos partidos visten al Estadio Centenario de lujo, y una verdadera fiesta envuelve al Parque Batlle y sus alrededores, tiñendo el verde habitual de rojo, blanco y azul por un lado, y de amarillo y negro por otro. Los hinchas ponen la escenografía para que los actores revivan el mágico espectáculo de la pelota, dueña y señora de la tarde.
Todos se aprestan para ver las pisadas de Peralta, las apiladas de Canobbio, o las certeras caricias con el pie de Bengoechea y Cassiano; la pasión ordena incluso premiar la entrega de Vanzini y de Rotundo, o incluso el tesón de Fajardo y Del Campo.
Y por supuesto, el corazón estará en la boca ante cada tapada de los arqueros, y las gargantas al rojo vivo cuando alguno de los goleadores cumpla con su excelsa misión.
Ellos son los protagonistas, todos los demás somos actores de reparto, y algunos simplemente extras, por lo que no podemos permitirnos el lujo de estropear la fiesta.
Es clásico, día de fiesta de los amantes del fútbol. Pero es eso, un partido de fútbol y nada más. Tengámoslo claro. *
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