Venerar la pelota
Y ardió Troya. O mejor dicho el Parque Viera.
El Chengue Morales recibió una pelota en diagonal puesta en forma estupenda por el pie sensible del brasileño Casiano, encaró hacia el área, escapó a medias del arquero Nanni, que le hizo penal y no pudo continuar con la jugada.
Pero como Peralta no estaba jugando de marcador de punta entonces, aprovechó las ventajas de su posición para definir a «su manera».
Se llevó la pelota con «pachorra», casi al trotecito, tomándose su tiempo para definir, frenándose incluso al llegar a la raya y caminando por la cornisa que suponía que el arquero «bohemio» lo alcanzara y lo partiera en dos.
Al delantero tricolor lo querían cocinar a fuego rápido.
Su «pecado» es saber jugar mejor que casi todos los demás y encima hacerlo.
En un país que premia la tradición, la anestesia, la inmovilidad, los esquemas, el impedir, el prohibir, por encima del movimiento, del cambio, del riesgo de intentar, del hacer, del generar, lo que hizo Peralta fue una provocación.
Por su puesto que fue una provocación.
Una provocación que me gusta. Me provoca querer hacerlo o intentarlo al menos, me provoca difundirlo, me provoca defenderlo, me provoca ponerlo por todo lo alto.
Una provocación así es algo que nos hace falta.
Para intentarlo. No para destruir, como quiso hacer el arquero Nanni.
Resulta que ahora lo que está bien es que Nanni lo haya querido quebrar a Peralta y no que Peralta haya sublimado un instante de un partido de fútbol con su ocurrencia genial, auténtica, arriesgada.
Qué cosa, escribo la palabra arriesgada y no puedo menos que menear la cabeza de pensar que en esa jugada lo único que el «Chino» debió arriesgar es a que finalmente no convirtiera el gol. Y en realidad lo que debo decir es que lo que el once de Nacional arriesgó es que lo fracturaran y lo dejaran fuera de las canchas por un largo tiempo.
Para su pesar y el de todo el fútbol. Si Peralta hace lo que hace, los rivales tienen dos maneras de combatirlo: una marcándolo bien y la otra tratando de hacer algo mejor.
Pero como manda el «señor incapaz», es que lo que se aplaude es la bravuconada de los jugadores bohemios. En realidad son indefendibles.
Porque si les molesta lo bueno, lo bello, lo bien hecho, quiere decir que mañana deberíamos tolerar que uno de estos muchachos fuera al Louvre y ante la mirada leonardiana de «la Gioconda», decidan emprenderla con cuchillos, tijeras y uñas afiladas, contra el lienzo de Da Vinci.
Peralta no es Da Vinci y la metáfora peca de exagerada. Lo sé.
Pero más exagerada es la construcción de una idea en la cual haya que defender a quien, imposibilitado de evitar la clase de Peralta, se cree con derecho a desheredar al jugador tricolor.
Me propongo hacerle una sencilla pregunta: ¿qué fútbol prefiere usted, uno poblado de Peraltas o uno poblado de picapiedras y destructores?
Alfredo Di Stéfano tiene en el patio delantero de su casa en Madrid un pequeño monumento a la pelota, por todo lo que ésta le dio en su vida.
La «Saeta rubia» veneró mientras jugaba y sigue venerando a la pelota.
Si me da a elegir, el sábado el que veneró la pelota fue Peralta. ¡Qué vivan los veneradores de pelotas! *
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