A 52 años del Maracanazo
El cúmulo de sensaciones que despierta una gran conquista a nivel deportivo es impredecible, aun en aquellas ocasiones en que el resultado final ya se esté palpando o se avizore una grata descarga emocional, convertida en goce pleno.
Pero qué debió pasar en lo más íntimo de un jugador uruguayo, que enfundado en una casaquilla celeste, corrió en loca carrera de festejo, buscando el abrazo de un puñadito de compañeros y fue testigo directo del silencio más duro, más demoledor, más ingrato que sufriera un país en lo deportivo.
Fue en Maracaná, hace hoy 52 años cuando los Schiaffino, los Máspoli, los Míguez, y los Ghiggia sembraron el dolor más intenso para un equipo considerado imbatible, yendo en contra de lo imaginable, torciendo la historia del fútbol que se inclinaba porfiada, a darle a los brasileños un título seguro o casi, porque en ese margen de duda apareció esa magia, esa mística llamada garra charrúa que afloró de los corazones de los uruguayos para doblegar y arrodillar en el más majestuoso e imponente estadio construido para un evento deportivo.
Aún hoy, con cinco títulos del mundo a cuestas, con tantas Libertadores ganadas y con una larga lista de jugadores endiosados por el balompié mundial, Brasil no ha podido cerrar esa herida. Es que fue un duro revés, quizás el más grande que haya vivido el fútbol mundial, y podrán pasar almanaques y almanaques pero ese 16 de julio volverá siempre a aflorar latiendo, como latieron de felicidad aquellos jugadores celestes que lograron ese día enmudecer a un país y lanzar a la calle a gozar a un puñado de uruguayos que recostados al Río de la Plata, volvieron a demostrar las virtudes de un fútbol, hasta ese entonces linajudo, peleador y fundamentalmente glorioso y respetado en cualquier parte del globo terráqueo.
Tres «impactos» marcados a fuego
Brasil salió al imponente Maracaná que hervía en el bullicio de 200.000 mil almas, dispuestos a aplastar a los celestes que habían llegado a este decisivo partido a los tumbos y dejando una pobre imagen antes los mismos rivales que Brasil había aplastado.
El scratch alimentó su ego en la final, embuidos en una suerte de suficiencia desmedida pues ante Uruguay, era un mero compromiso marcado por el fixture, que lo separaba del título.
No dejarían a esa gente esperando. Querían que el reloj disparara lo más rápido posible. En las calles de Brasil se palpaba el Carnaval, en cientos, en miles de lugares las mesas estaban adornadas para una fiesta. Era cuestión de 90 minutos. Después todos festejarían por las calles en el gozo tan esperado por un pueblo muy confiado. Ni el más pesimista podía presagiar lo peor. A lo sumo un empate, jugando muy mal porque la suerte del fixture le daba esa ventaja. El empate lo ponía con la Jules Rimet en las manos. La historia se empecinaba en impedir cualquier obstáculo para que Brasil fuera el campeón, pero aparecieron once charrúas…
El coloso de Maracaná pareció inclinarse y partirse en dos cuando las 200.000 personas entonaron el canto sagrado del gol.
48′ gol de Brasil
El goleador Adhemir paró la pelota y le dio un pase medido a Friaca, quien ingresó como bólido para pegarle al balón de derecha venciendo irremediablemente a Máspoli. Se acercaba la hora del festejo.
67′ gol de Uruguay
El puntero celeste Edgardo Gigghia se fue por la punta dejando parado a su marcador Bigode y le dio un pase a Schiaffino que de derecha mandó al gol. Era el empate y a más de un brasileño se le frunció el ceño. No, no era nada, apenas un toque de atención pero igual eran campeones.
80′ gol de Uruguay
ePero a 10′ del final apareció la puñalada de la muerte. Ghiggia escapó una vez más a su marcador, avanzó rápidamente, se internó en el área y remató rastrero venciendo a Barboza. La pelota entró entre el poste de madera y el golero. Ghiggia declararía posteriormente sobre la jugada que » tocamos con Julio Pérez y me fui derecho al arco con poco ángulo; cuando un back me salía a cruzar Barboza se abría para cortar el centro, tiré al arco y entró. Barboza hizo la lógica y yo la ilógica…».
Después se «escuchó» el silencio más potente de la historia, los desgarrados corazones de los brasileños se enjuagaban en las lágrimas derramadas. Nunca una derrota dolió tanto y nunca un triunfo fue tan hazañoso. Por suerte allí había una camiseta celeste… pero del lado de la felicidad. ¡Qué no se olvide esa gesta! Aun hoy a tantos y tantos años de esa página gloriosa. *
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