Colores de Van Gogh (Juan Román Riquelme)

POR JOSE GABRIEL CARBAJAL

 

Ya lo había intentado.

En realidad, ya lo había hecho, salvo que la resolución de aquella jugada no había estado a su cargo, sino que terminaría en un pase a Cristian Giménez, remate recto, tapada a medias de Marcos y arremetida final de Gaitán para convertir el primer gol en el Parque Antártica.

Pero nada como la segunda jugada. De Maradona para acá, nada igual.

Recibió la pelota rodeado de adversarios, se los fue sacando de encima, con una finta para acá y otra para allá.

Fue hilvanando una jugada que sería extraordinaria, de forma pausada, sin apuro, con la serenidad y la tranquilidad de quien hace, de quien crea, con total prescindencia del tiempo que le demande y de todo cuanto lo rodea.

Como en una exagerada imagen cinematográfica, fue juntando a sus rivales, los ató a todos juntos a un único poste y luego los miró con desprecio, antes de sacarles la lengua y ponerse las manos detrás de las orejas.

Prendió un fósforo, incendió el entorno y se marchó.

Quebró la cintura al llegar a la media luna, hamacó el cuerpo hacia un lado, luego hacia el otro, volvió a pisar la pelota y a acariciarla un instante más y luego sí, sacó el latigazo seco, letal.

El cuero, se le metió al guardameta brasileño abajo, junto al palo derecho que le quedaba en ese momento, más lejos que Urano.

Fue una delicia ese instante. Una obra de arte. Perfección en todos los detalles, y perfección integral de la obra. Un goce espléndido.

Fue Riquelme y sirvió para que Boca se pusiera dos a cero en la mismísima cancha del Palmeiras y nada menos que en una semifinal de Copa Libertadores de América. Una joya única.

De esas que se van como se fue el oro peruano, la plata boliviana, el petróleo venezolano, el cobre chileno, pero que a diferencia de todas éstas, volverá dejándolos a los conquistadores del mercado futbolero, con la sensación que esta vez sólo han podido tomar un préstamo y por un tiempo determinado.

Y a la hora del gozo grande, esto es el de su selección, volverá para agigantar la historia de la camiseta celeste y blanca.

Será tal vez una mínima tomadura de pelo a los dueños del dinero y del poder. Tal vez por eso será sabrosa y bestial.

La Corona no podrá quedarse eternamente con su belleza impar.

Esas apiladas a sus rivales, su tronco provocador, displicente, incomparable, han sido un tiempo donde la capacidad de admiración parece escasa.

Sus movimientos son de una perfección que sólo alcanzan los bailarines del ballet.

La pelota al igual que nosotros, lo va a extrañar. Ella, mejor que nadie sabe del placer de haber podido dibujar en el aire esos trazos, esas parábolas, trayectorias perfectas y el éxtasis de sentir que por su «culpa» la mítica Bombonera aparece convertirse en un imaginario volcán porteño.

Se va repitiendo el camino del más grande. De Argentinos Jr. a Boca y luego a Barcelona. Como si esa fuera la ruta exclusiva de la magia futbolera.

Los mandamientos del fútbol que Diego dejó con su transpiración en la camiseta número 10, le están marcando el andar.

De un zurdo para un diestro, una pisada con veinte años de recorrido. De la zurda de Diego a la derecha de Juan Román.

El fútbol por suerte se hereda en la transpiración, en la mirada, en los orígenes comunes, en el aroma a humo que envuelve esos comienzos pobres, en la mirada pícara, en el corazón infinito.

Harían falta mil sentidos para comprender su dimensión.

Riquelme es… es el perfume del cedrón, el sabor de la oliva, la paleta de colores de Van Gogh. *

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