Nada nuevo en el Mundial

Ricardo Piñeyrúa, colaborador

 

Las finales de la Copa del Mundo sin la participación de Uruguay, tienen un sabor diferente, no llegan a tocar los sentimientos, es un espectáculo que se disfruta pero sin poner nada en él.

Quizás eso permita verlas con cierta imparcialidad, despojado de prejuicios y con la distancia, quizás no suficiente, de varios días en los cuales se ha definido el resto de los grupos y ya con seis de los ocho mejores definidos.

Futbolísticamente hasta ahora no ha dejado nada. Es un momento en el que no afloran nuevas ideas tácticas y probablemente se encuentre en retroceso en cuanto a la calidad de sus espectáculos.

La falta de grandes jugadores que sean capaces de vulnerar a los sistemas sustentados en la potencia física se está notando en este torneo y eso ha provocado que los más osados quedaran fuera en beneficio de los más conservadores.

La victoria de Inglaterra ante Dinamarca fue contundente, sin embargo, los daneses tuvieron el dominio del balón durante el 65% del tiempo de juego, pero no pudieron vulnerar el arco inglés.

Sin tener los datos estadísticos, me animo a afirmar que esa situación se repitió o aun fue mayor en los partidos de Argentina ante Inglaterra y Suecia, donde nuestros vecinos tuvieron la iniciativa y no pudieron llegar al gol.

El fútbol bello se fue quedando sin representantes y la esperanza queda centrada en España y Brasil, que son los que apuestan al talento y al juego para ganar.

Claro que Brasil no está en su mejor momento y España ante Irlanda mostró debilidades de convicción peligrosas en un Mundial.

El motivo está en la saturación de los talentos, porque si bien la FIFA habla y afirma que apuesta al buen fútbol, a la protección de los habilidosos y al Fair Play, sus dichos no se traslucen en hechos concretos.

Los intereses económicos de las cadenas de televisión, las marcas que visten a las selecciones, las posibilidades de nuevos contratos para técnicos y jugadores, son muy fuertes.

Ante esas presiones de agentes externos, se buscan resultados sin importar la forma o la estética, no importa jugar en forma atractiva, lo importante es no perder.

Los sistemas se cierran, las tácticas son conservadoras y los jugadores talentosos llegan agotados al Mundial y no influyen, pues ellos más que otros necesitan estar en plenitud para brillar.

El sometimiento a los intereses de Federaciones, Confederaciones y clubes poderosos, genera que se juegue en el peor momento, al finalizar temporadas muy largas y cargadas de partidos, donde los perjudicados son los grandes jugadores y el espectáculo.

En esta época de la globalización, todo está al servicio de la rentabilidad y el fútbol no escapa a la regla. La búsqueda de ella sin importar el daño, está castigando a los buenos jugadores y con ellos al propio producto que se pretende vender.

Para muchos jugar ya es una rutina y eso está haciendo que el torneo, por lo menos hasta ahora, haya sido gris, sin sorpresas futbolísticas y parejo, pero hacia abajo y hasta ahora sin un nombre que manejar para en él simbolizar la majestuosidad del fútbol.

No parece inteligente matar a la gallina de los huevos de oro, parece inteligente detenerse a pensar, ordenar calendarios, cuidar el producto y racionalizarlo, jerarquizando los torneos y dándole al Mundial, un lugar más adecuado que el de estar a la cola de las ligas nacionales europeas.

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