Galletas danesas

Ganamos, perdemos y siempre… perdemos. Parafraseando el viejo cántico de los equipos de fútbol de barrio de nuestro país que en su letra original decían «ganamos perdemos y al cuadro lo queremos». Pero en estos momentos de total abstinencia de triunfos, la modificación de la letra se impone.

Convengamos que en este debut frente a Dinamarca quedó libre de toda sospecha el honor, las ganas, el esfuerzo y la entrega; componentes todos ellos de la querida y vieja garra que ostenta una grifa reconocida en el mundo entero.

Pero debemos seguir conducciones dirigenciales nefastas, donde la falta absoluta de estrategia –a modo de ejemplo en la etapa previa del Mundial no se concretó ningún amistoso frente a un equipo anglosajón de peso internacional que hubiera sido necesario para una evaluación adecuada– nos lleva a recurrir a esta quiniela tentatoria dependiente de la casualidad.

Los primeros diez minutos del partido, Uruguay sorprende por su manejo de pelota, los tiempos y la distancia, imponiendo una supremacía que además desnudaba impericias y escasa plasticidad de jugadores robotizados, sometidos a un sistema que desnaturaliza la esencia misma de un deporte emocionante, vibrante y espectacular para transformarlo en dogmático, aburrido y sin imaginación.

Si la celeste hubiera encontrado un gol en los primeros minutos y hubiese logrado desbaratar estos planos esquemáticos que le causaban tantas dificultades, otra hubiese sido la historia.

Posteriormente la preocupación prioritaria fueron las soluciones defensivas, que hacían olvidar la intención de ofender, entrando a jugar la ley de las posibilidades donde de tanto machacar recibimos un gol al terminar el primer tiempo; nada agradable, pues el ánimo y la moral en el vestuario debería estar pautando soluciones definitivas para llevarnos los tres puntos, en vez de restablecer el marcador que a esta altura parecía difícil de lograr por las escasas posibilidades que tuvimos de mover el marcador.

Cuando todo parecía seguir siendo un monólogo atacante del equipo rojo, al minuto de comenzado el tiempo complementario, Darío Rodríguez, con una impecable volea al estilo de «Cascarilla» Morales o de Walter Gómez, hace ilusionar una vez más a todo un pueblo deportivo que sugería y ansiaba un triunfo más basado en lo emocional, que en lo racionalmente expuesto en el campo de juego.

En una actitud de reflejo natural observamos al técnico uruguayo y pensamos en una solución emergente del banco de suplentes.

Los delanteros uruguayos guapeaban y luchaban pero no recibían pelotas limpias. Todo lo contrario, la guinda venía siempre comprometida dependiendo de un error o de una mala posición defensiva. Uruguay, a esta altura, parecía más un taller de reparaciones mecánicas restableciendo el orden perdido, donde el lateral Méndez sufría el 2 contra 1 y hasta el 3 contra 1 con una confirmación plena de esta apreciación, al recibir los dos goles por su sector. Gustavo Varela debía desdoblarse en una función de ayuda a Méndez, y por el otro lado Guigou también establecía una función básica de ayuda y no de creatividad necesaria para quien juega haciendo esa tarea.

En definitiva Uruguay carecía de «choferes» para manejar el partido y paralelamente el esfuerzo desplegado dejaba sin oxígeno los «pulmones» de los jugadores orientales para controlar a estos daneses que más que jugadores parecían atletas. Estos además dejaban expuestos a nuestros representantes a una impotencia que va mucho más allá de esta actitud positiva que presentó la escuadra celeste.

En definitiva nos comimos la galletita, sólo que esta vez eran danesas…

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