Lo que vemos y lo que queremos ver

Desde hace tiempo me preocupa en este fútbol nuestro de cada día el estilo de arbitraje de la mayoría de los jueces uruguayos. Muy en particular los de la última camada. Ellos tienen tanta responsabilidad como los propios futbolistas para mejorar el arbitraje. Y no se trata del tema de las jugadas polémicas que tanto dan que hablar. Que si fue penal o no, si hubo mano o no, si entró o no entró. En ese aspecto están en clara desventaja. En primer lugar porque para ellos «el fútbol es horizontal». Su plano de visión está a nivel del campo de juego. No tiene nada que ver lo que ellos ven –incluidos los líneas– con lo que los periodistas ven desde arriba.

Por si fuera poco las cámaras de televisión que enfocan desde todos los ángulos, la repetición una y otra vez de las jugadas, muchas veces los dejan en blanco. Sólo que ellos tienen una visión del juego que les impide tener esa misma precisión. Muy en particular porque esa visión para ellos es instantánea para los demás es retardada. Pero no es este aspecto el que realmente me preocupa. En primer lugar, en términos generales, las estadísticas indican que en el fútbol uruguayo se expulsa más por hablar que por golpear. En este aspecto hay también una responsabilidad de los futbolistas y se me ocurre que ya sería hora que éstos y los árbitros se reunieran para aunar criterios, para minimizar este riesgo. Aquí se trata sólo de un problema de educación. Si está prohibido hablar, bueno los jugadores deberán aceptar las reglas de juego, pero me parece que en este sentido se exagera y mucho. En especial porque además uno tiene la clara sensación que internacionalmente los mismos árbitros no utilizan el mismo criterio. Hoy y desde hace mucho tiempo en Uruguay, se utiliza el corte de juego, el golpe de destrucción futbolística con una reiteración que muchas veces asombra. Sin embargo en este aspecto no existe la misma severidad que en el otro y no tiene sentido. Como no tiene sentido lo que sucede con los técnicos en el Centenario en comparación con las canchas chicas. En estas últimas los técnicos están pegados al campo de juego y pueden transmitir sus instrucciones sin riesgo aparente. En el Centenario los han retirado contra el banco de suplentes y cuidado con la posibilidad de moverse de allí. El otro tema que marca una dualidad de criterios es la presencia del cuarto árbitro. Un asistente que es imposible por falta de lugar físico incluir en la mayoría de las canchas del fútbol uruguayo. Si estamos todos embarcados en la tarea de mejorar el tipo de fútbol que se practica en nuestras canchas, nadie debe eludir esa responsabilidad y, en mi opinión, los árbitros tienen una alta cuota para cumplir. Aquello de «proteger al habilidoso» lo he sentido desde hace muchísimos años y lamentablemente, muy pocas veces lo he visto aplicar. ¿Será posible que se expulse menos por hablar y mucho más por golpear? Yo creo que sí y no pierdo la esperanza de que así sea algún día.

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