ARTURO PIÑEYRO NACIO JOCKEY Y RESULTO UN FUERA DE SERIE EN SU RUBRO

"Dediqué toda mi vida al turf y quiero lo mejor para él"

Arturo Piñeyro fue un profesional del turf cuya trayectoria pasó la barrera del medio siglo. Se inició en Las Piedras un 8 de noviembre de 1946 y finalizó el 1º de febrero de 1998. Actualmente integra la Comisión de Carreras del escenario hípico de Canelones, ofreciendo a la causa del turf todo lo que aprendió en ese largo periplo en una de las actividades deportivas más apasionantes que existen. Tiene material para hacer un libro, pero en esta ocasión sólo contaremos algo de su rica existencia. Espera una pensión graciable, prometida por el titular del Ejecutivo y aprobada por las Cámaras de Senadores y Diputados. La misma que recibió Obdulio Varela y otras glorias del deporte.

–Cuéntenos algo, de su actuación de jockey de 1946 a 1950, de los 13 a los 17 años.

Tenía 13 años, pesaba poco más de 40 kilos, y un 8 de noviembre de 1946 aparecí en la pista con la chaquetilla de colores encima de un PSC. Mi tutor era Manuel Delorrio, pero mi primera carrera ganada fue con el célebre El Zorro II que cuidaba Hipólito García. Este pingo era la negociación del caballo de carreras, había intervenido 69 veces en la categoría de perdedores y 80 fue no placé… pero ese día ganó y nunca más. Obtuve el brevet de jockey con 50 triunfos y el 29 de febrero de 1948, debuté en Maroñas conduciendo a Blake una defensora del stud «La Florida», de Alfredo De Castro Pérez, e hice puesta con Roja. A ventaja mínima quedó la tercera. Don «Pepe» Di Giuli me ofreció montas de su selecto plantel y me quedé en la capital. Se ganaban más carreras, que las que se perdían.

Denso fue el mejor recuerdo. Corría cotejos de velocidad y entraba a la recta final último lejos. En Esta era una aplanadora y alcanzaba victorias que provocaban en las crónicas de Julio Folle (Doncaster), encendidos elogios.

Pero a veces, también iba por Las Piedras. El 20 de febrero de 1950, gané una carrera Internacional con un caballo de nombre Coraje, que cuidaba Angel Berro. Fue una prueba que se dio en llamarse de los seis hipódromos, porque tenían representación Palermo, La Plata, Rosario, Maroñas, Pando y el anfitrión. Actuaron, entre otros muchos buenos, Irineo Leguisamo, Salvador Di Tomaso, Angel Baratucci, Núman Lalinde, Gualberto Pérez, todas estrellas rutilantes del momento.

Pero el 19 de junio de 1950, con un temporal imponente, tuve que correr en Maroñas y Las Piedras en forma simultánea y me agarré una congestión. Había ganado en los dos hipódromos, pero tuve que abrir un paréntesis de veintitrés años, dedicándome a la cuida de los pura sangre.

–Cuéntenos algo, de su etapa como entrenador de los SPC.

–Obligado, me puse a cuidar, y me resultó mucho más complicado que ser jockey. Con Salamera, otra defensora del stud «La Florida», alcancé mi primer triunfo. Con Tartufo, obtuve doce victorias en un año. Cuidé caballos de «El Ranchero», «Don Andrés», caballerizas de larga fama y con las mismas supe salir airoso, aunque nunca tuve la suerte de sacar un crack. Realicé la primera experiencia en Las Piedras y en 1960 me radiqué en Maroñas con tres caballos: Azcuénaga, Disco Rojo y Saint Cloud. Todos muy buenos ganadores, aunque en carreras comunes.

Por entonces, como ahora programa Las Piedras, se invitó a jinetes que no estaban actuando, a intervenir en una prueba. Para seniors, como se dice. Yo entrené a muerte y rebajé más de veinte kilos. Pero la carrera no se hizo, por reducido número de jinetes.

Entonces, solicité permiso para volver a actuar. Todos me aconsejaban que no lo hiciera, que la imagen de «fenómeno» que había creado en mi actuación anterior, la iba a arruinar.

Pero finalmente, salió un permiso por tres meses.

–Cuéntenos algo, de su actuación de jockey de 1973 a 1980.

–Bueno, los mismos que me pedían que no corriera, cuando me vieron en acción vinieron a felicitarme. Arranqué de nuevo con 40 años y terminé con 65. Aunque no gané estadísticas, siempre estuve entre los diez más ganadores. Clásicos, casi todos… A nivel Internacional, gané con Legendario en San Pablo, el Gran Premio «Presidente de la República», un cotejo sobre una milla con participación de los mejores caballos del continente. Tomé la punta, regulé el tren de carrera a mi antojo y llegué a la meta sin pedirle el resto al tordillo. En esa distancia era un pingo excepcional, casi imbatible. El corrió otros tiros, pero su fuerte era ese. Otra vez, me invitaron de Argentina para intervenir en un cotejo llamado «Fustas de América», organizado por la Asociación de Periodistas de Turf de aquel país, que en ese momento presidía Fredy López, obteniendo el primer lugar. Actuaron representantes de casi todo el continente. Fue realmente impactante.

Y aquí con Riomar y Vienese, gané dos «Ramírez» consecutivos, que me llenaron de alegría. Como jockey me sentí realizado, lamenté mi enfermedad, pero son cosas del destino. Don José Di Giuli, me había confiado la monta de Luzeiro, para conducirlo en el Gran Premio «Brasil», cuando tuve que colgar la fusta. El hijo de ¡Socorro! se adaptaba perfectamente a mi manera de conducir, y el Mago de Echagoyen me confiaba que no podíamos perder. Fue el mejor caballo que monté, no era bueno para la lucha, pero tenía una atropellada de 200 metros, fulminante. Trayéndolo a tiro, pasaba de largo. Allá dominó temprano y quedó tercero a un cuerpo.

–Cuéntenos algo, de su actual función como integrante de la Comisión de Carreras.

Tabaré Hackenbruch, me ofreció el cargo, y a él no podía decirle que no.

Para mí, es el salvador del turf nacional, estando obligado a estar de su lado. Me tocó la tarea más difícil de todas las que he desempeñado. De maestro de la escuela de jockeys en Maroñas, tarea que realicé por veinte años, a esto que estoy haciendo ahora, nada que ver. Es como ser juez de fútbol y definir un partido con un penal. Se acuerdan de toda la familia.

Pero en fin, estamos metidos en el baile y vamos a seguir bailando.

Veo a Las Piedras cumpliendo a satisfacción su rol de sustituto de Maroñas, aunque éste es cada vez más necesario. Los pedrenses no pueden ofrecer posibilidades a toda la población equina que hay en el país y los otros escenarios tienen una actuación muy limitada. Hay público y caballos para que los dos mejores escenarios del Uruguay, cumplan sin perjudicarse, las tareas para las cuales han sido creados. Propietarios y profesionales, tendrán mejores recompensas.

Y el turf estará de parabienes. Esos son mis deseos y el esfuerzo actual, es para que la hípica nacional no muera nunca. Lo de Maroñas, es realmente traumático.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje