La cohetería infernal, los garrones del palco y el gol de Hobberg ante Hungría
Por FRANCISCO CONNIO
El movimiento de público hacia el estadio fue «in crescendo» a medida que se acercaba la hora del partido. Pese a que se había dicho que el público concurriera con antelación para evitar aglomeraciones, el público uruguayo –fiel a su costumbre de llegar sobre la hora de cualquier acontecimiento–, entró a borbotones sobre la hora del partido por las bocas de entradas del coloso de cemento.
La clásica pregunta ¿se pinta? no podía faltar a la cita aunque todos, absolutamente todos los vendedores que vimos tenían sólo potecitos de pintura celeste y blanco. Por una vez los colores de Peñarol y Nacional quedaron a un costado y se mimetizaron con el celeste.
Y hablando de clásicos. Para este partido la hinchada de Peñarol ocupó la Colombes, mientras que la tricolor la Amsterdam. Y siempre es bueno prevenir … por las dudas ¿vio?
Pero hay que decirlo: la Amsterdam arrancaba con los cantos y la Colombes y el resto del estadio la seguía. También hay que decirlo que la bandera más grande de Uruguay se desplegó en la Colombes.
Y hasta en el apoyo a los futbolistas se jugó el clásico. Cuando en los altoparlantes anunciaron la alineación los más aplaudidos fueron Recoba, Cedrés y Montero. Después arrancó la Amsterdam con un olé, olé olé chiiinooo, chiiinooo». La Colombres segundos más tarde respondió con un «Gabyyy, Gabyyy (por Cedrés claro). Al final todo el estadio aplaudió al Chino cuando fue sustituido al final del partido.
Parece mentira, pero hasta última hora vimos a periodistas extranjeros acreditándose en la zona de ingreso al palco. Quizás la demora determinó este hecho que sin dudas fue inusual, pero hay que prever para no pasar sofocones.
Una muy buena idea fue obsequiar banderitas celestes a los espectadores en todas las tribunas del estadio. Eso evidentemente le dio un colorido distinto a las grises tribunas del Centenario cuando se agitaban alentando a los charrúas.
Y ni que hablar de las famosas olas. Una vez más estuvieron presentes en el Estadio Centenario aunque sólo se vio antes del partido y en un par de oportunidades durante el mismo. Muy pocas como para transmitir alegría a todo el estadio.
A las 17.35 llegaron los jueces al estadio Centenario acompañados por los árbitros compatriotas Marcelo Costa, Jorge Larrionda y Romeo Fernández. Todos muy bien vestidos y con la infaltable corbata. Es que hay que dar buen aspecto aunque en la cancha no suceda lo mismo cuando se sancionan las faltas.
Un dato del árbitro brasileño Antonio Pereira. A Uruguay ya le arbitró seis partidos por eliminatorias, las últimas dos fueron ante Chile en el Centenario y ante Paraguay en Asunción, triunfo y derrota respectivamente para el elenco celeste.
Quienes tampoco estuvieron ausentes en la fiesta del fútbol fueron los ya «famosos» revendedores, los que «sin asco» te ofrecían entradas a cualquier precio. Nos paramos para observar su «trabajo» y al menos en 20´ no colocaron una sola. A veces es duro el «yugo» pero todavía hay quien cae.
Sobre las 17.30 llegó la utilería de Bolivia, y allí, por la puerta que da a la Tribuna América contra Colombes comenzaron a bajar una pesada carga. Posteriormente por ese mismo lugar ingresó la selección boliviana.
Para los cabalistas que se juegan unos pesos a la quiniela. La selección uruguaya arribó al Centenario en un coche 206, matriculado con el número 55.518. Por su parte la selección del altiplano lo hizo en un coche de la misma empresa con el número 506 cuya matrícula era 55322.
Sobre las 19.30 llegó a la puerta del palco, muy elegantemente vestido el ex futbolista inglés Bobby Charlton. El campeón del mundo de 1966 llegó a Montevideo para participar de los festejos del Centenario de la Asociación Uruguaya de Fútbol, que precisamente se cumplen hoy.
Mas tarde «entró» a escena la gente de Tenfield, Enzo Francescoli y su cuñado el «vela» Yern. Con ellos llegó el delantero de la Juventus Daniel Fonseca, que rengueaba visiblemente. Al rato llegó Francisco Paco Casal acompañado de un amigo… cartón lleno.
Hay que ver lo que es el palco alto, lo que supuestamente es para que los periodistas puedan realizar sus tareas lo más cómodamente posible. Lo que más nos extraña es la «vocación» por el periodismo de tantas damas y chiquilines, que ocupan los lugares sin ningún pudor. Incluso si llegás a pedir por la butaca te miran como diciendo , ‘salí de acá que no tenés nada que ver!!! Digo… ¿cuándo se terminará ,no?
Y una situación risueña, aunque la sufrimos en carne propia. Pese a estar acreditado, tener marcado nuestro número de sector, fila y asiento igualmente no lo pudimos ocupar.
Cuando lo ubiqué me encuentro con que no tenía la butaca, se la había arrancado y quedaba el esqueleto de hierro. Cuando pregunté a una persona que presuntamente indicaba el lugar que te tocaba, para saber qué solución me daba, me dijo, «ah sí, está rota. Pero «sentate en cualquier lado que esto es un relajo…»Â¡bárbaro! le contesté … pero estamos de acuerdo en definitiva.
Para ponerle ritmo y color, casi cincuenta tambores desfilaron una vuelta olímpica dándole duro a las lonjas. La cosa evidentemente era contagiar al público de cualquier manera y ponerlo en clima para recibir a Uruguay.
Sin embargo, lo que más puso en clima a la gente fue la ensordecedora cohetería y fuegos artificiales que atronaron e iluminaron el Centenario de miles de colores cual estrellas fugaces. Fue un espectáculo dentro de otro y realmente valió la pena estar presentes para observar ese despliegue pirotécnico.
Sin embargo, algo que realmente puso una nota de nostalgia y emoción fue el relato de Carlos Solé por los altoparlantes del Centenario, del gol del empate de Hobberg ante Hungría en el mundial de 1954.
Los muchachos de la Colombres, específicamente los del talud, tuvieron algún inconveniente con los efectivos policiales antes de comenzar el segundo tiempo.
Se revoleó algún palo y en definitiva nos enteramos posteriormente que se llevaron detenido a un hincha, que por iracundo se quedó sin segundo tiempo.
Durante la interpretación de los himnos patrios el público dividió su sentimiento a rajatabla.
Cuando se entonó el himno boliviano los silbidos lo taparon.
Sin embargo en el uruguayo se hizo un silencio de golpe y todo el estadio cantó.
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