APUNTES AL CARBON

Por si el recuerdo

Por si el recuerdo.

Y utilizamos la licencia literaria y de derechos respectivos, para hacer la alusión a un libro de cuentos del inolvidable Flaco Zitarrosa, donde el inmortal artista oriental se muestra en toda la dimensión de sus luchas espirituales, esas que el gran Alfredo nunca desmintió, en la búsqueda de sí mismo.

En la contratapa de ese trabajo, Galeano señala que «a nosotros, a los de por aquí, nos cuesta mostrarnos. En cosas del alma, somos hombres de decir callando o hablar al revés. Por qué será, no sé. Quizás por pudor, o por miedo, o quizás porque en el fondo sospechamos que no hay palabra que salve del dolor de vivir, ni anestesia que pueda».

Vaya dicho y surge el ejemplo, en función de lo que alguien nos deslizó en función de una columna anterior, en donde apareció como factor preponderante, el amor que quien esto suscribe profesa por el viejo y querido Uruguay Montevideo Fútbol Club.

Obviamente que lo que se pretendía con el comentario, era menoscabar tal sentimiento y, por consecuencia, el valor de la crónica de turno.

En realidad, de lo que se trata es de mostrarse tal cual es cada uno de nosotros y el tema pasa, más allá de la pelota, Uruguay Montevideo y ainda mais, por el lazo que une esos sentimientos, a las vivencias que nos han marcado de manera acompasada. Una camiseta. Un amor. Un barrio. Una vida, ni más ni menos, que si está atada a una pelota de cuero o el coro de una murga, resulta vital para mantenerse en el recuerdo.

De última, es un acto de amor que podemos expresar porque no somos hombres de decir callando o hablar al revés. Y vaya otro ejemplo.

Crack y buen vecino

Llegó a quemar sus últimos cartuchos con la camiseta de los celestes del barrio La Victoria, al mismo tiempo que se afincó en el reducto del Oeste, donde también estaba la cancha.

Camino de las Tropas y Simón Martínez. El kiosco policial, un aserradero enfrente, de donde aparecían los garrotes de dura madera, cuando se armaban los líos y la piñata tomaba color. El boliche del Gallego Isidro, lugar de recalada de troperos, payadores y algún maleante conocido, pero que hacía buena letra y se portaba como un señorito inglés, porque el propietario era mal arriado y aguantaba pocas pulgas.

Cuasi como el legendario Far West esta Zona del Oeste montevideano, enclavado en la frontera de Nuevo París y Paso de la Arena. Allí aprendí a querer a mi Gurú futbolero, que además desparramaba solidaridad y buenas acciones por todo el barrio. Crack y buen vecino.

Ramón Cantou. La Bordadora.

Tras su brillante trayectoria en Rampla y la propia Selección, seguía desparramando talento y clase en la dura Divisional B. Sin un gesto ante patadones mal intencionados, con su austeridad a cuestas, pícaro y hábil. Terrible jugador. Callado y bueno por demás, con su boina inseparable, dentro y fuera de la cancha, para cubrir una incipiente calvicie que lo tenía a mal traer.

Confieso que lo cruzaba a propósito (vivía a la vuelta de mi casa) para sentir el placer de escuchar el «Â¡Hola botija! ¿Cómo andás?». Más allá de no perderme una práctica y estar atento para alcanzarle la pelota, cuantas veces fuera necesario.

La Bordadora. Capaz de descoser la globa en el Centenario, Belvedere, el Parque Forno, el Nelson o el inexpugnable reducto celeste de Nuevo París. No existían pozos, matas de pasto, tierra o aserrín en el área, los días de lluvia y barro, que le impidiera llevarla atada en su empeine. Dribleando, pasando el útil con precisión milimétrica o poniéndola en los ángulos con suavidad, bien lejos del arquero y acariciándola, más que golpeándola. Pudo ser Campeón del Mundo en el 50. Debió serlo, pero igual seguirá dando vueltas olímpicas en mi corazón, por el afecto y admiración que se supo ganar. Por ahí son cosas chicas para el mundo pero grandes para mí, aunque felizmente, en cosas del alma no soy hombre de decir callando. Por si el recuerdo ¿no es cierto Alfredo? *

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