¡Que país generoso!

Pese a que estábamos ganando me sorprendió la pasividad característica de una hinchada poco bullanguera.

Para colmo, cuando me ubico en la tribuna y me dispongo a observar el trámite del partido, veo la primera postal de la mediocridad.

Un bicho, celeste, con una bandera uruguaya en su cabeza, recorría el borde del césped; el «Pato» Celeste es un símbolo de la idiosincrasia uruguaya. Un típico «figuretti» que no ha encontrado mejor forma de estar presente en la escena futbolera que vestirse de «bicharraco» y salir a hacer tiempo cuando la necesidad manda.

Pues bien, comencé a mirar el partido que, según los comentarios de los presentes era un partidazo de Uruguay, cosa que realmente no pude apreciar.

Hasta los 25´ había sido un encuentro interesante aunque no creo que si Uruguay hubiese jugado así el resto de la eliminatoria igualmente hubiese clasificado.

Siempre me confesé escéptica en cuánto a la clasificación al mundial, que todavía no es tal y por ese motivo miré el encuentro con la distancia de quien no se siente –pese a ser uruguaya– involucrada con ninguno de los equipos.

La gente gritaba, maldecía y coreaba cantos acerca de la situación de nuestro tradicional adversario con las Islas Malvinas. No se daban cuenta que nos estaban dejando empatar, ¿teníamos necesidad de mojarles la oreja?

La cosa se tranquilizó un poco con el entretiempo, pero no crean que demasiado porque apenas comenzó la segunda mitad del partido, Colombia –que jugaba casi paralelamente, y digo casi porque gracias al «bicharraco» celeste el match del Centenario había empezado con atraso–, le hizo el tercer gol a Paraguay.

Allí fue que, luego de un «corto descanso», se volvía a escuchar la palabra incentivo, tan mentada despues de la definición del Clausura.

Paraguay se está dejando ganar, decían, y ¿quiénes éramos nosotros para hacer una afirmación de ese tipo cuando justo frente a nuestros ojos estaban pasando imágenes de similar descaro?

¿Acaso Argentina no se estaba dejando empatar?

Para colmo, cuarto gol de Colombia y la soga nos apretó el cuello. La hinchada oriental comenzó a corear el más original y creativo canto: «Soy celeste, soy celeste».

Y otra vez la pelota a la casa de doña María; la parcialidad uruguaya arrancó a cantar: «los porteños son todos pu…», mientras yo rezaba para que pararan, no fuera a ser que se enojaran en serio.

El único argentino que realmente me mantenía nerviosa era Aimar. No sé por qué, pero se me había puesto en la cabeza que donde le dieran espacio nos iba a liquidar. Por suerte la cosa no pasó a mayores. Quedaban 8 minutos y medio cuando se corrió la noticia de que había finalizado el encuentro de Colombia. Realmente ahí caí que así había sido cuando vi al DT uruguayo, que corría hacia la línea de campo para informar a sus jugadores del pitazo final.

Pitazo que al parecer también terminó con lo poco que quedaba del partido del Centenario, ya que a partir de ese momento se convirtió en una simple pasadita.

Volví a casa cabizbaja y meditabunda y, como tantos otros que habían ido al partido, me dormí contando canguritos. *

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