Con clase se nace
Pueblo rebelde, si los hay, por naturaleza.
Con la indudable gravitación de caudillos, que le han dado a través de la historia, un tinte nacionalista muy claro.
Que es lo mismo que decir influencia notoria del Partido Nacional.
El de gente que trascendía hacia los hechos heroicos, con tal de establecer la defensa de principios y postulados sagrados, como el de la libertad y la dignidad.
Orgulloso de sus raíces, Melo no reniega de la leyenda de Aparicio, caído en Masoller.
O la de Wilson, criado y asimilado a través de la presencia de su padre Juan, médico que supo ser apóstol en aras de una vocación que debe entenderse como tal.
Melo.
Tradicional y orgulloso, el mismo orgullo que supo adquirir este personaje, que siempre expuso lo suyo a media voz y con perfil bajo, acaso para proteger un temperamento de acero y no generar algún malentendido ante el rival de turno.
Las comparaciones son malas y odiosas, pero hay ciertas cosas que no se pierden nunca y quedan adosadas al ser humano, como la marca en el orillo que lo identifica.
En este caso, orgullo y dignidad, además de la clase con las que nacen los cracks, que justifican ese adjetivo, dentro y fuera de la cancha.
Arbol que no se tuerce
De gurises teníamos un particular afecto por esos árboles que, a pesar del temporal de turno, se mantenían erguidos o desafiantes, con la testa arriba, prontos para otro donde mostrarían la misma entereza y fuerza para mantenerse derechitos, sin torcerse un ápice. Y nuestro personaje está forjado por esa madera.
Madera de la buena, que establece claramente diferencias con estos tiempos que corren, donde predomina la soberbia en la sociedad en su conjunto, con el consiguiente traslado, por ejemplo, al fútbol en particular, que no resulta una isla dentro de lo que ocurre en el país.
Y a este tipazo, que marca la diferencia en ese aspecto, tuvimos el gusto de conocerlo a su arribo a la capital.
Siendo un botija con las alforjas repletas de ilusiones.
Enamorado de lo que iba a ser su profesión.
El fútbol llenaba sus horas libres en aquel pueblo pleno de orgullo.
En el tradicional barrio «De Souza», ya se había corrido la bola de las condiciones que tenía «el Tony».
Buen manejo, rapidito de piernas, fuerte y sin hacerle ascos a la pierna dura de los grandotes y mayores que él, en edad y picardía.
Así lo descubrió Nacional y bajó a la metrópolis.
Mostró la hilacha al toque.
Campeón en Quinta y Cuarta, recibió el pronto llamado para subir a Primera División.
Un viejo zorro de este negocio, como Roberto Fleitas, no pasó por alto que un muy buen volante, con marca y manejo, podría ser un excelente lateral, con armado y llegada por las bandas.
Lo demás llegó por consecuencia directa.
Campeón Uruguayo, de América y del Mundo, con aquella formidable disposición, para meter el penal decisivo en Tokio, ante el PSV Eindhoven.
Luego fue tiempo de brillar en San Lorenzo de Almagro, Independiente de Avellaneda, con el que dio doblete en Tokio ganando la Recopa ante Velez. Campeón con Barcelona de Guayaquil. Estudiantes de la Plata. Ya de última desaparece, para surgir en esta Plaza de Deportes de Colonia, con el que obtiene lo que prometió al ser convocado: el ascenso a Primera División.
¿Y por qué jugar en la B a esta altura de la vida?
— «Porque adoro el fútbol, todavía me gusta y me divierte, es una forma de vida, ¿está mal?».
Por favor, que va a estar mal. En todo caso es un ejemplo de humildad. De orgullo y autoestima, porque la clase no se compra en la farmacia. Con clase se nace. Y si no que lo diga un campeón de la vida, como Tony Gómez.*
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