Aquellos fueron los días (II)
Las aventuras compartidas en los albores de los 60 con aquella banda entrañable de Montevideo Wanderers F.C., han merecido ser ilustradas en un libro.
De hecho lo hicimos en «Códigos y Esencias perdidos de un tiempo no muy lejano», editado por Arca. Sin embargo, es de recibo para nosotros, que nuestros lectores del diario plural sean cómplices de algunas pequeñas historias de vida, que no otra cosa ha significado para nosotros, el correr detrás de una pelota.
Personajes increíbles como Alfredo Corbo, que después de su pasaje por los bohemios, aterrizó en El Tanque, con toda la humildad del cuadrito de la calle Yaguarón, devenido a integrante de la añeja divisional B. A la sazón, comienzos de la década del 70, con múltiples carencias y un enorme entusiasmo.
Alfredito hizo de todo. Armando rifas, actividades diversas y rascando bolsillos para que a ningún compañero le faltara «la diaria».
Obvio, era el capitán de aquel equipo dirigido por Ebers Montuori en el inicio de la temporada del 72, y que luego tuvo al temperamental Eloy García como D.T. Al cabo se cumplió una actuación espectacular con visos de hazaña, pues hasta los tramos finales del certamen, El Tanque tuvo chance cierta de lograr el ascenso.
La misma institución que, fusionada con Sisley, ha retornado a la Primera División. La alineación base verdinegra, era con el legendario Juan Nichele bajo los tres caños, un tal Tabárez y Silva como zagueros. Tabárez no era otro que Oscar Washington, maestro y DT de la Selección. El mismo que la dirigió en el Mundial de Italia 90 y que lograra títulos como entrenador, con Peñarol, Boca y la escuadra celeste que lograra los Panamericanos disputados en Venezuela, en 1983, derrotando a Brasil en la final con un gol de Miguel Peirano. Equipo que como estratega, por ejemplo, tenía con la número 10 a Víctor Púa y al Niño José Luis Sosa, que hizo invulnerable el arco del campeón.
Walter Silva, el zaguero izquierdo acompañante de Tabárez en el recordado team de los 70, dejó el fútbol muy temprano, se dedicó a sus estudios de Derecho y hoy es un connotado abogado, radicado en Artigas.
De utopías también se vive
Cacho Ruiz Díaz, que también anduvo en tiendas bohemias, Harry Fleitas, el «Jaimito» del plantel, condiscípulo de este escriba en la escuela San José de Rincón del Cerro (¡l’enfant terrible!) y Corbo, integraban la línea media. Facello, Milton Martínez, Jorge Fanys, el artillero que se aburrió luego, de hacer goles en Grecia, Jorge Paz y Tato Santos, la base donde también alternaban Luis Cossú, el Gallego Verdún y Pepín Suárez.
Otro de los personajes de aquella legión inolvidable, del cual también hemos establecido referencias y mantiene pública notoriedad por sus emprendimientos, es Juan María Vanrell Delgado, nieto, nada más y nada menos que del doctor José María Delgado, figura emblemática del Club Nacional de Fútbol. Gracias a ese parentesco y nuestro atrevimiento, alguna vez accedimos al viejo palco oficial de las autoridades, en el mítico estadio Centenario. Es que, era otra época claro, a pesar de ser una figura política de la institución del Parque Central, Delgado no se perdía un fin de semana futbolero. Es decir, Nacional jugaba un día y allí estaba, pero también asistía al siguiente o anterior compromiso, donde era protagonista Peñarol. Y al grupo se sumaban Numa Pesquera, José Añón y el doctor Atilio Narancio, entre otros, además de Juan María y algún atorrante de sus amigotes, que dejaban el aula escolar para disfrutar de la magia maravillosa del fútbol.
Vanrell, que ha revitalizado, por ejemplo, la actividad boxística y es impulsor de «K.O. a las drogas», dando un alcance social a lo establecido en su oportunidad, por el doctor Tabaré Vázquez, cuando ejercía la Presidencia de la República, no cesa en su actividad y está aprontando un estreno imperdible, en su calidad de productor y empresario.
El 6 de agosto próximo sube a escena en la remozada sala del Teatro del Notariado, «Corazón de Boxeador» del joven y laureado escritor alemán Lutz Hübner, con puesta en escena de Jorge Denevi y la actuación del formidable Julio Calcagno y el joven actor Mauricio Chiessa. Imperdible.
Calcagno, que siempre tuvo el sueño de ser boxeador y fue admirador hasta el delirio, del fantástico Santos Pereyra. Excepcional pugilista que llegara al profesionalismo sin haber sido amateur, un campeón sin corona de la categoría liviano, capaz de llevar multitudes al Palacio Peñarol y al mismísimo Luna Park. Nada es casual en esta viña del Señor.
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