Los genes de Forlán
La Comercial, Goes, Jacinto Vera, La Figurita, Barrio Reus.
Una zona geográfica sin fronteras aparentes que fue cobijando diversos talentos integrados a todo tipo de manifestaciones.
Desde el poeta Líber Falco al doctor Juan Carlos Patrón. La bohemia de Carlitos Roldán, uno de los más grandes cantores del Río de la Plata.
Ubaldo Martínez, el sapo entrañable, dueño de la escena y la pantalla, que nos hizo matar de risa o llorar a lágrima viva a través de sus formidables actuaciones. De estirpe carnavalera, forjó su estilo de la mano de Pepino el genial José Ministeri, director de la murga Patos Cabreros.
Y si de carnaval hablamos, la Milonga Nacional sentó sus reales en el Yale. Y surge de inmediato en la memoria, el clásico del parodismo, mantenido por Negros Melódicos y Fígaros Armónicos, Gabys y Klaper’s.
Es obvio que al norte de esa región singular, transitaron los Roberto Darwin, que como nadie le ha cantado a Montevideo, junto a cracks emblemáticos de nuestro fútbol.
El «Tano» Porta, Los Faccio, Lorenzo Fernández, Lucho Borges, Lorenzo Barreto, Juan Carlos Corazzo. El Nino, como se le conocía, mostró la hilacha cuando no le crecía la barba todavía. Tras un breve pasaje por Wanderers, retornó al barrio, arreglando su ingreso a Sud América, en la añeja sede de Gral. Flores y Garibaldi. Veinteañero, de buena presencia, su pasaje por el barrio hacía suspirar a las vecinas de aquel entonces. Y en el verde césped se hacía notar. Centro medio de buen porte, manejo e influencia en compañeros y adversarios. Ya en la década del 30, Ferrou, Corazzo y Armiñana, dieron mucho que hablar. Tanto que esa línea media íntegra, comandada por Nino, fue adquirida por Independiente brillando en el fútbol argentino, junto a figuras como el paraguayo Erico, Zorrilla y Capote de la Mata.
Abandonado que fue el fútbol activo, siendo muy joven aún, Corazzo asume la dirección técnica, con pasajes destacados en clubes como Danubio y Defensor. Sin embargo, adquiere mayor trascendencia, al frente de los combinados celestes, que se abrazaron a la gloria.
Sucedió en Guayaquil, en 1959 en medio (¡cuando no!) de enormes dificultades de organización y con la ausencia de futbolistas de Peñarol.
Sosa, Troche y Silveira, Méndez, Ruben González y Mesías, Domingo Pérez, Bergara, Sasía, Douksas y Escalada. Equipo titular, Campeón invicto de América.
Sangre pura de cracks
En 1967 hubo que apagar otro incendio, siendo convocado otra vez para dirigir el combinado, el sempiterno Nino Corazzo. El Sudamericano se jugaba en Montevideo y el tema, esta vez, era la cuotificación de jugadores de los cuadros grandes. Pero cual un mago, que al cabo lo era, el legendario entrenador fue ensamblando una formación que a la postre, luego de una dramática definición ante Argentina, obtuvo de manera invicta, el título de mejor de América, Mazurkiewiecz, Baeza y Varela, Cincunegui, Paz y Mujica, Urruzmendi, Rocha, Oyarbide, Salvá y Domingo Pérez fueron los gallardos defensores celestes. Un tal Pablo Forlán formó parte de aquel plantel campeón, ingresado, incluso en aquella batalla decisiva ante los albicelestes, en lugar de «Piolín» Cincunegui.
Forlán, que llegó a ser hijo político de Corazzo y que había llegado desde su Mercedes natal, a principios de la década del 60.
«El Boniato’ como había sido bautizado por la hinchada de Peñarol, tuvo un meteórico pasaje desde la cuarta división al primer equipo. La infame lesión sufrida por Edgardo González, un lateral derecho excepcional, hizo que Roque Gastón Máspoli, a la sazón DT de los aurinegros lo ubicara en esa posición. La historia es conocida y no por ello, digna de destaque.
Campeón Uruguayo, de América y del Mundo, vistiendo la casaca mirasol.
Mundialista con la celeste, transfiriendo que fue el São Paulo, junto a Pedro Virgilio Rocha, marcaron una fantástica performance, con títulos y halagos harto merecidos, recibidos a través del exigente periodismo brasileño.
Defensor y Nacional, ya en el cierre de su brillante carrera profesional, recibieron su aporte de calidad y experiencia.
Ahora es el turno de Diego Forlán.
Que no las tuvo todas consigo, porque en sus comienzos en el mismísimo Peñarol y luego Danubio, en su fase formativa, pasó desapercibido.
En todo caso no llamó demasiado la atención. Si hasta anduvo por Cerrito y a nadie se le ocurrió, por lo menos, observar un par de actuaciones.
Al decir de un amigo que dio varias vueltas olímpicas y las sabe lunga «… a los que lo dejaron ir, habría que matarlos a todos…».
Pero como nada es casualidad y el tiempo pone cada cosa en su lugar, con su bolsito en riestre, un buen día Diego cruzó el charco y enfiló hacia Avellaneda, como lo hizo su abuelo Nino, con la diferencia que Corazzo fue a Racing y lo echaron, para después sufrirlo, cuando los tuvo de «hijos» jugando con la roja.
Diego Forlán fue crack desde el arranque en Independiente. Idolo y goleador de un equipo que sirvió de catapulta a la fama. Manchester United, Villarreal, El Atleti, El Mundial africano, el Balón de Oro.
Un presente sustentado en un pasado impresionante. Desde el pueblo al nieto, pasando por el padre, es indudable, ha corrido pura sangre de cracks.
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