LO QUE VA DE AYER A HOY
El 16 de julio de 1950, aún hoy marcado a fuego en la piel de los brasileños, fue el día en que más fuerte se cantó, el verdadero himno futbolero oriental.
¡Uruguayos campeones de América y del mundo!
Omar Odriozola fue el autor de la memorable pieza.
Nacido en Paso de los Toros, realizó sus estudios de Derecho en la capital del país, vinculado a la grey bohemia que poblaba el ámbito del legendario Tupí Nambá, desaparecido café sito en la Plaza Independencia y habitado por intelectuales, artistas y cantores.
El primer día de noviembre de 1926, Día de Todos los Santos, los Campos de Nuñoa, fueron testigos de una nueva victoria de las huestes del mariscal Nasazzi, transitando la senda de la gloria y escoltado por los Scarone, Lorenzo Fernández y José Leandro Andrade, entre otros próceres.
Uruguay prolongaba en Chile los blasones de Colombes, logrando en forma invicta la Copa América, que se había disputado más allá de Los Andes.
Llegada que fue la noticia y en pleno festejo del acontecimiento, sus amigos vieron cómo Odriozola plasmaba su inspiración poética sobre unas servilletas de papel, escaso elemento que obligó a que los versos se terminaran de escribir sobre una puerta.
Había nacido el homenaje a los uruguayos campeones de América y del mundo. José Misteri, Pepino, inmortal director de la murga Patos Cabreros, a través de los acordes del tango La Brisa de Francisco Canaro, dio origen a la versión musical.
El tema se instala definitivamente en el imaginario colectivo, cuando en el siguiente carnaval, febrero de 1927, Patos Cabreros integra el tema a su repertorio, en el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas.
Vox Populi, vox dei
El Maracanazo, con artistas épicos, contra todo y contra todos, acrecentó la popularidad de la canción coreada por el pueblo, con bombo, platillo y redoblante, a pura marcha camión. Pero es cierto que toma mayor difusión a través del Mundial del 30, la lección de los veteranos olímpicos en el 35, en Santa Beatriz, el Sudamericano del 42 en Montevideo, sumando conquistas celestes al rico acervo de nuestro fútbol. Obvio que, en todas esas oportunidades, hubo manifestaciones populares fantásticas, con una afición acostumbrada a tales logros y que no entendía de otra manera la participación celeste en justas internacionales.
De hecho, en 1954, Uruguay pierde su invicto en torneos mundiales, pagando un precio muy caro en la ocasión, a circunstancias disímiles pero negativas a la hora de afrontar el famoso partido del siglo XX, como se ha calificado a la batalla futbolística ante Hungría, con derrota en alargue por 4 a 2: lo que le impidió a los celestes llegar a la final con Alemania.
Un equipo que por lesiones no contó con Obdulio Varela y Julio César Abbadie, nada más y nada menos, además de Oscar Omar Míguez, por un presunto tema disciplinario.
Uruguay terminó cuarto, porque la frustración no dio paso a la motivación y cayó ante Austria por 3 a 1.
Frustración que también caló hondo en la afición deportiva. Al regreso, según señalaba mi abuelo «fueron 14 a esperarlos…». Lo mismo sucedió hace 40 años, tras el Mundial de México, al regreso del plantel que tuvo a Luis Ignacio Ubiña como capitán.
Pero los tiempos han cambiado, se ha instalado otra cultura y otras canciones. Y la suprema necesidad de celebrar, de festejar y salir a la calle. Vox populi, vox Dei. La voz del pueblo es la voz de Dios.
Y la gente decidió este modo de
ser, de comunicarse y dar rienda suelta a un espíritu que acaso sea distinto, o no, a quienes como dinosaurios que somos, sosteníamos otros conceptos respecto a la maravillosa historia que nos legaron los viejos campeones.
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