Emigración coreana y el caballo de Troya
Argentina transita por la fase de grupos con holgura y suficiencia. La misma que decidió representar en el montaje de una obra relámpago con actuación estelar de De Michelis. Si ese pasaje efímero del partido que le costó el único gol recibido hasta el momento fue sólo una dilapidación circunstancial o bien, contrariamente, un síntoma de posible incubación de patología endémica, habrá que observarlo con atención cuando se enfrente a oponentes de mayor rigor. Entretanto, no debería desperdiciar la oportunidad de estimular el sistema inmunológico y desarrollar estrategias preventivas. Para Corea fue un regalo inesperado. Se encontró con un gol que ni siquiera se había propuesto buscar en un envío al bulto del propio arquero en el minuto de descuento. Llegó hasta uno de los dos únicos e impotentes delanteros en presencia de los cuatro defensores argentinos quienes, al igual que todo espectador, aún los hinchas coreanos, jamás sospechó de peligro alguno. Es que realmente no lo había. Fue un cabezazo hacia la nada y el posterior obsequio.
Si no fuera por algunas dudas o lagunas parciales en algunos pasajes de sus dos presentaciones, lo hecho hasta aquí por Argentina sería perfecto. En primer lugar, desde el punto de vista de la eficacia, si sumamos a los tantos de ayer las innumerables situaciones de gol producidas ante Nigeria, condición necesaria pero no suficiente para convertir, salvo que se enfrente a De Michelis y que sea éste quien se encargue de la ejecución filantrópica. En segundo lugar, desde un imperativo ético que exige luchar por el triunfo, independientemente de cualquier posible especulación, jugar a ganar o al menos vencer el miedo a la derrota que es justamente la derrota de la ética. Por último, desde una óptica estética, que aunque reconozca que la unidad de medida es el gol indiferenciado, le otorga un plus simbólico de valor a la manufactura de la gambeta, del caño y de la rabona en la acción individual y en el toque de primera en lo colectivo. Hasta el momento los albicelestes fueron quienes más se hamacaron para fabricarse espacios, que hicieron slaloms con el balón pegado al botín y tiraron sombreros y bicicletas, para desconcierto de sus rivales. No en el centro de la cancha sino desde las puertas del área y adentro también. Tanto en el primer partido como ayer, el fundamento de la solidez fue la pared.
Contra Corea comenzó a los 3´ entre Tévez y Di María aunque el disparo final desde la izquierda al primer palo resultó desviado. Tal vez el lector entienda que esta consideración resulta desmentida por el hecho de que los tres primeros goles (el de Heinze y los dos primeros ante Corea) fueron de pelota quieta y ayudados por groseros errores defensivos. También por el hecho de que ante Corea se goleó mientras ante Nigeria se terminó sufriendo. El uso del recurso de juego aéreo intenté destacarlo en mi comentario sobre el primer partido «la pelota que dobla», sin que contradiga por ello la triangulación colectiva y la superioridad creativa. Estas posibilidades combinadas se confirmaron ante Corea, aunque la cantidad de situaciones de gol mermaron e inversamente los goles se multiplicaron porque precisamente las situaciones de gol son condición de posibilidad y no de realidad. En el primer tiempo, además de la torpeza del 15´ con el gol en contra de Park Chu Young, no sólo propia sino de todo el fondo coreano, estuvo a milímetros de cabecear De Michelis en el primer palo. Fue una muy peligrosa jugada por arriba. La misma posibilidad se repitió cuatro minutos más tarde con el mismo cabeceador, aunque logró descolgar el arquero por poco. En el segundo gol en el minuto 32, además de haber cabeceado antes Burdisso en el primer palo, enviando de esta forma una suerte de nuevo centro hacia el segundo, se llegó claramente mediante el juego aéreo, aunque las ingenuidades defensivas son inmensas. No sólo el defensor Yong Hyung se quedó clavado habilitando mientras sus compañeros dieron el paso adelante, sino que miró la pelota y descuidó su marca, y que fue quien finalmente marcó el gol acompañado de tres jugadores argentinos más con posibilidades. También sucedió en el segundo tiempo en el minuto 58 cuando Heinze cabeceó solo un corner, aunque no logró darle dirección.
Pero no sólo jugó de arriba. Volvamos al primer tiempo y analicemos ahora por abajo. Además de la pared señalada a los 3´, cuatro minutos más tarde llegó Higuaín por derecha y remató mal al arco desde una excelente posición. A los 23´ una gran jugada personal de Tévez por derecha terminó en un centro que intentó ser conectado por Higuaín de chilena sin éxito en el borde del área chica. Cuatro minutos más tarde Tévez ejecutó el mejor tiro libre a centímetros del travesaño, luego de que Messi la abriera. A los 39´ Di María lanzó una bolea medida al ángulo luego de un despeje del arquero hacia adentro que logró recuperarse mandándola al corner. Finalmente a los 43´ Messi produjo la mejor jugada de ese tiempo partiendo desde mitad de cancha para combinar con Tévez que se la devolvió. Dribleando entre cuatro, se fabricó el hueco y trató de pincharla ante el ligero adelantamiento del arquero. Salió apenas rozando el palo. Una carga empírica de ejemplos suficiente para abonar la tesis de la multiplicidad de recursos ofensivos y de las buenas artes e intenciones albicelestes en general.
Pero pareciera que llegado un punto, no alcanzara esa acumulación de méritos ni los antecedentes para solidificar la convicción. Como si el error infantil del gol coreano pudiera ser algo más que una torpeza individual. No habría más prueba que la jugada del minuto ´57 en la que los coreanos la llevaron hasta con un taco desde el medio, como si fueran argentinos, dejando finalmente solo al zurdo Ki Hung que debe estar maldiciendo su perfil que lo llevó a definir cerrado al primer palo. Sin embargo, a pesar de lo limitado del riesgo real, son perceptibles las dudas y no son sólo de algún jugador aislado sino una falta de seguridad colectiva o de repentina debilidad defensiva. Este fantasma se instaló en algún pasaje de ambos partidos.
No cabe duda que en el balance final, será la superación de estas lagunas lo verdaderamente ponderable. Porque por abajo se encontraron las respuestas que hasta entonces sólo se concretaban por arriba. Avisaron en el 51´ con gran jugada colectiva. De Messi en mitad de la cancha para Tévez y pase con caño de primera para Maxi Rodríguez, cambio de frente para Di María entre los zagueros y centro al medio donde estaban Higuaín y Messi. Remate final débil de Higuaín que sacó el arquero al corner. Una entre las joyas de la elaboración colectiva y la sorpresa que se sucedieron. Como en el golazo a los ´76 con Agüero en la cancha, que junto con Messi armó paredes y remates que le quedaron a Higuaín para empujarla abajo del arco. O unos minutos más tarde donde Messi arrastró a cuatro defensores que lo rodeaban y pinchó la pelota para Agüero libre que envió un centro de primera, mientras todos se quedaban con Messi.
En un mundial de mezquindades, por arriba y por abajo, Argentina derrocha generosidad. En ambos arcos. Desde la formación del año ´86 que no se lograba semejante sumatoria de habilidosos y de potencia colectiva. Y si bien Grecia sorprendió con una victoria troyana, ni entrando el caballo a la cancha parece posible torcer una generosa desembocadura anunciada.
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