SOLO GARRITA
El mundial tuvo su jornada inaugural negra con los dos partidos del grupo A. Los espectadores imparciales que no era nuestro caso se habrán aburrido mundialmente, para evitar la inexactitud de aludir al carácter olímpico de este tedio en particular. El resto debió conformarse con el compromiso emotivo y las ganas, aún carentes de sustento para abonar expectativas y entusiasmo. Pero seguramente de este juego de implicancias y su impacto conmovedor, se trate el rol de hincha. Aun frente a un encuentro soporífero, el tiempo voló y las pulsaciones se multiplicaron para los simpatizantes convocados a sendas citas. Ya todo volverá a la normalidad, una vez que la razón restituya la homeostasis.
En concreto, ambos encuentros fueron una exhibición de impotencia ofensiva, de ausencia de sorpresa y cambio de ritmo. También, salvo excepciones, de un ahorro de capacidades técnicas y habilidades. Y si debemos elegir uno de los dos partidos de la jornada por su apego a estas (de) limitaciones, ese es precisamente el partido de Uruguay.
En los papeles, o más precisamente en el propio pizarrón, Uruguay se paró con mayor audacia y capacidad creativa. Pero la pelota no es de papel y tiene sus caprichos, aunque si se sigue alivianando, pronto lo parecerá. Con una línea de tres defensores, asentados sobre el rol de líbero de Lugano y el apoyo a ambos lados de Victorino y Godín, dejaba más espacio tanto para lucha en el medio como para la posible creación, la que precisamente fue su mayor ausencia. A diferencia de Francia, que jugó con cuatro en la última línea con Sagna, Gallas, Avidal y Evra, en la que Sagna y Evra se quedaban atornillados sin proyectarse salvo por excepcional sorpresa, como en un par de escaladas del último que pudo capitalizar Ribery. La cautela del equipo de Domenech nunca supuso, sin embargo, audacia del equipo de Tabárez. La cautela común dejó al espectáculo bajo cautela.
Tampoco vimos mayor dominio oriental en el medio, a pesar del teórico hombre de más en esa zona, sino exactamente lo contrario: quien mantuvo el dominio prioritario de la pelota y la posición en el campo fue el conjunto galo. Tal vez, por el carácter bastante flexible de su esquema de juego que, como era esperable, se estructuró sin enganche definido y con un solo delantero real poblando también el medio campo. Allí se dio casi toda la disputa prioritaria con las líneas de cada equipo bien pegadas entre sí, tanto como distanciada la pelota de los delanteros.
Pero volviendo a la zona defensiva, podría pensarse que Uruguay se defendió bien con tres en el fondo. Más bien creo que la tibieza ofensiva de Francia es lo que explica que, aún no teniendo la pelota, Uruguay evitara pasar sobresaltos muy significativos. Inversamente, no hubo en la última línea francesa indicios de gran solvencia y tampoco capacidad uruguaya, sobre todo en lo que a abastecimiento de los delanteros se trata. Bastó que en un par de ocasiones del primer tiempo, Forlán, por lejos el mejor celeste, quebrara la cintura para autofabricarse espacios y la sensación de peligro rondó el arco francés. También en la situación más clara de todo el partido en la que el rubio pudo liquidar pateando a quemarropa desde el punto de penal.
El medio uruguayo dio batalla de igual a igual por el medio del medio, es decir, en un círculo de 20 o 25 metros de diámetro, pero perdió por ambas bandas en las que se vio superado. No sólo por algunas dificultades de los Pereira (Alvaro no desentonó en la lucha sobre todo en el segundo tiempo) sino por la ausencia de motor creativo de Nacho González. Uruguay no tuvo hilo conductor. Fue algo así como un equipo inalámbrico (de muy baja señal, digamos de paso).
González, en ningún momento, logró realizar siquiera un ápice de su exhibición ante Israel en el Centenario. Tal vez porque Israel no tiene en lo futbolístico, un ápice de su ferocidad militar y fue una especie de Caperucita en el bosque del Parque de los Aliados. Pero lo cierto es que con el apagón creativo del enganche, Uruguay nunca tuvo nafta. Y menos aún luego de que, sustitución por Lodeiro mediante y después de apenas 15 minutos del ingreso del último, se quedara sin siquiera el tanque vacío aunque sea para hacer bulto.
De todas formas, cuando el fútbol es una cinchada de incapacidades, cuando las impotencias son parejas y distribuidas también puede haber ganadores y perdedores, aunque no fue el caso, o en otros términos, hasta puede haber goles. Esa posibilidad estuvo para Francia a los 6 minutos del primer tiempo, si luego de la escalada de Evra por izquierda y del aprovechamiento de las dudas en la salida de Victorino por parte de Ribery, hubiera encontrado en Govou algo de puntería en las puertas del área chica. También a los 18′ de ese período, cuando Muslera le sacó del ángulo un tiro libre a Gourcuff que se preveía centro o a los 15′ no fallara un cabezazo de Anenka. Para el otro lado, pudo ser de Forlán en esa etapa con el remate que se fabricó o si el rebote que dio el arquero, a pesar de haber sido dirigido casi a las manos, caía por casualidad en los pies de Suárez.
La tónica del segundo período fue casi idéntica, con mayor dominio territorial y de pelota francés, aunque la única situación de verdadero peligro de gol la tuvo Forlán con toda la defensa francesa distraída ante un saque lateral largo y una cesión de Suárez. Nunca hubo oportunidad de aprovechar la altura de Abreu porque no había quién mandara centro alguno. Fue útil, sin embargo para desviar en la barrera un débil tiro libre de Tití Henry en el último minuto de descuento que resultó de una irresponsabilidad de Lugano. Ya se lo veía al capitán patotear a los rivales y en la última jugada no encontró mejor expresión del estado anímico general y propio que bajar una camiseta blanca a tres metros del área, cuando estaba rodeada de cuatro uruguayos.
Tal vez Francia haya acumulado algún mínimo merecimiento mayor, pero en ningún caso le sobró un solo lujo, salvo el de los 5.000 euros diarios por habitación que paga en su alojamiento. ¿Conviene el resultado? Pudo ser peor, sobre todo por los últimos quince minutos del partido y peor aún si el otro duelo hubiera tenido un ganador. Ninguno de los próximos rivales mostró particular destreza ni potencialidades para amedrentar a nadie. Al contrario, México y Sudáfrica también convocaron al tedio, aunque tal vez en menor medida por los goles o las jugadas de contragolpe. Pero habrá que repensar estrategias si se aspira a algo más que cazar algún rebote o esperar alguna ingenuidad contraria.
Ahora lo único que puede convocarse es la convicción. Tal vez visite la concentración uruguaya en Sudáfrica.
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