Como "el Flaco" (léase Ever Perdomo) no hubo ni habrá otro igual

Nuestro turf produjo siempre grandes jockeys, desde los tradicionales Fernando Pérez, Mingo Torterolo, Benjamín Gómez y Medardo Bonilla, famosos en los comienzos del siglo XX, pasando por Tolentino Espino (en vida de Juan Boga), Numan Lalinde, (muy elogiado por Doncaster), Arturo Piñeyro (el de sus años juveniles), Manuel de Santis (en vida de don Pepe Di Giuli), hasta Ever Perdomo (el preferido de Folle y el mejor que yo vi), Vilmar Sanguinetti y más cerca en el tiempo, la «fiera» Walter Báez y actualmente Pablo Falero.

Pero siempre se entendió que Irineo Leguisamo fue el más grande de todos, de todas las épocas y de todo el Río de la Plata, y sobre las proezas de El Pulpo, el Eximio, el Maestro, el Mago, el «Aprendiz», el Mono, como quiera llamársele, han corrido ríos de tinta. Por tanto, resulta interesante saber quién fue el maestro de Legui, si alguna vez lo tuvo, o quién era de entre sus colegas quién más admiraba el piloto salteño.

Nada mejor, pues, que reproducir qué dijo el «más grande» respecto de sus pares. Pensamos que hoy día los jóvenes, y quiénes no lo son tanto, deberían tener muy en cuenta sus consejos.

«Por entonces, dice Legui, había en Maroñas jockeys de sólido prestigio, como Pedro Moreno, los Tapia, los hermanos Batista. Timoteo Altez ­magnífico en los finales­, Antonio, luchador y parejo, Esteban Rodríguez (apodado el Burro Blanco) todavía lleno de múltiples recursos pese a sus años, y muchos otros. Pero a mi juicio el astro, el más respetado, el as de la baraja maroñense, era sin duda alguna Benjamín Gómez, el jinete más completo que yo haya conocido a lo largo de toda mi carrera en la pista. Benjamín lo sabía todo, y además adivinaba todo lo que podía quedar al margen de sus conocimientos, calculando y previendo las prácticas del arte de correr. ¡Por ello, viéndolo vencer, se pensaba en lo simple, lo fácil que es ganar las carreras en Maroñas! Yo trataba de imitarlo en todo lo que podía, en los detalles más simples pero puedo asegurar que en su arte de estribar y rematar maravillosos finales cabeza a cabeza no había quién lo igualara… Había «nacido» sobre un caballo, y desde el suelo era capaz de intuir, a fuerza de observarlo, cosas sorprendentes. Por eso que al galoparlo, unos minutos antes de correrlo, su herramienta de trabajo se entendía maravillosamente con él desde el pique. Ya en carrera se colocaba invariablemente en el pelotón como si fuera él quien diera las órdenes a los demás, observando el panorama en conjunto con una limpieza y propiedad que causaba estupefacción. Cuando era necesario aprovechar un claro, nadie dominaba como él el momento preciso, que era el que encaminaba la definición. Es que Benjamín Gómez había creado un personalísimo método dentro del difícil arte de jinetear puros de carrera. Corolario de estas observaciones fue mi perseverancia para calcarle lo más genial que hacía en la pista, todas sus «cosas», y la enseñanza teórica y práctica que impartía Benjamín Gómez era asimilada por mi al extremo de saber darle resuello a un pingo aflojándole el cuerpo, y en eso ya le había tomado el tiempo… Hoy, en el correr del tiempo, pienso en aquellos años jóvenes cuando mi admiración por Benjamín Gómez hizo que naciera en él una reciprocidad destinada inmediatamente a la comprensión de dos hombres que compartieron siempre la sinceridad de un gran afecto. Es que yo particularmente lo había hecho mi maestro y el modelo más perfecto en este oficio, en el que la fama y el fracaso suelen ganarse entre sí por el canto de una uña. «El tiempo fue corriendo y día a día se ensanchaba mi campo de acción en Maroñas. Venían a mí los cuidadores que gustaban de la novelería, de ir atrás de la banda del triunfador, del nombre de moda, cosa que ayudó mucho antes de convertirme en el jockey oficial de don Virgilio Da Silva, el hacedor de Sisley, ganador del Nacional en Maroñas y Palermo con Benjamín Gómez.» (Estas declaraciones de Legui, traducidas a un lenguaje que seguramente no fue el del coloquio con el autor pero que refleja fielmente su pensamiento, fueron con relación al período anterior a 1920, año en que se fue con Caid a Buenos Aires, ya que Sisley ganó en el 23).

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