Los celestes mostraron la realidad de su fútbol, carente de jerarquía
Hace unos días escribimos una columna que titulamos «Vamos a ubicarnos», en la que explicábamos lo peligroso de la euforia que generalmente nos llega cuando se va aproximando algún acontecimiento trascendente, como, por ejemplo, el de anoche. Después, a cada revolcón –últimamente son muy frecuentes– quedamos con el ánimo por el suelo y nos vamos muy tristes del Centenario.
La de anoche fue otra gran decepción para el público compatriota. Un equipo paraguayo con gran oficio, no sólo para defender, como todos le reconocen, sino también para hacer correr la pelota, cortar los avances rivales cuando la situación amenaza comprometerlo, y hacer que el reloj corra más de la cuenta para los adversarios, poniéndolos nerviosos y descontrolándolos. Nuestra selección jugó equivocadamente, a partir de una integración que no compartimos, con un solo hombre de punta, Darío Silva, completamente anulado por los zagueros centrales guaraníes, y poco a poco fue perdiendo la línea, mostrando un desequilibrio emocional que se acentuó en el segundo tiempo, luego del gol de Alvarenga, producto de un grave error de Carini muy bien aprovechado por Cardozo para habilitar a su compañero.
Uruguay no tuvo desborde, un poco porque los visitantes se preocuparon de impedirlo y un mucho porque no se buscó la subida de los laterales de manera adecuada. Si se colocó a Varela en la integración, ¿por qué no se lo lanzó casi nunca? Ese detalle limitó las posibilidades de llegada a los impulsos individuales de Olivera y Recoba, que si bien crearon algunas dificultades, pusieron en riesgo cierto a Chilavert sólo en contadas ocasiones, en las que el meta respondió con gran pericia.
El primer tiempo terminó con marcador cerrado, lo que fue estricta justicia. Paraguay dedicó sus mayores esfuerzos a defender, contragolpeando esporádicamente pero, de todos modos, fue el que estuvo más cerca de abrir el tanteador cuando, ya sobre el final, Cáceres remató apenas desviado tras un gran error de Varela.
La justificación del resultado
El complemento fue dominado abiertamente por los visitantes.
El ingreso de Alvarenga por Quintana fue un acierto indudable de Markarian, no solamente por el gol sino por que le dio más fútbol a su selección y complicó a una media cancha celeste que a medida que corrían los minutos se fue descontrolando completamente, salvo el aporte siempre importante de Gonzalo De los Santos. Empezaron los golpes, algunos alevosos, y si no tuvimos expulsados fue porque el árbitro español les perdonó la vida a Montero, Olivera y O´Neill, que cometieron faltas descalificadoras.
El saldo es desolador. Primero, como ya apuntamos, la alineación no fue la más conveniente para abrir a un enemigo que se sabía los puntos que calza a la hora de impedir el paso de los rivales hacia Chilavert. Silva muy solo, Recoba maltrecho y equivocado en sus remates de pelota quieta y en movimiento –además no le dio oportunidad a ningún compañero para probar algún tiro libre–, las puntas sin que nadie las utilizara, Guigou enojado y protestón, Fleurquin muy lento.
En fin, con esas actuaciones individuales, sin funcionamiento colectivo y con equivocaciones defensivas demasiado importantes, era muy difícil sacar el resultado que se necesitaba.
Se sumó además que los cambios de Púa no fueron acertados (se amontonó gente para avanzar por el medio y quedó afuera Regueiro, que era una carta trascendente para intentar algo distinto, como velocidad y potencia por la punta izquierda).
Paraguay manejó el encuentro, desde dentro del campo, y desde afuera por la inteligente variante que impuso, por ejemplo el ingreso de Alvarenga, por la seguridad infalible de su línea final, por la inteligencia de Acuña para manejar el contragolpe y el batallar incesante de Cardozo arriba. La tabla de posiciones marcaba las diferencias entre una y otra selección. La cancha se encargó de ratificarlas. ¿Que pudo empatarse en un par de acciones sobre el final? Sí. ¿Que pudieron ganarnos por mayor diferencia? También.
El partido dejó margen para seguir analizándolo, por ejemplo para desmenuzar la pobre actuación del árbitro García Aranda.
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